SABER VIVIR
Por Luis Fabre
Todos comenzamos a percibir el mundo desde nuestro lugar de aparición en el mismo. En la actualidad, la primigenia protección y educación provista por la especie este se percibe en tres dimensiones ya que, como bien escribió el colega Paul Virilio, al horizonte , que viene de horizontal , la era espacial le agregó la percepción humana vertical. Previamente, desde mucho tiempo atrás, los fenómenos de la física que vienen de lo material, alimentados por las matemáticas, ingresaron a la abstracción. Integralmente, junto a otras ciencias y, sobre todo al arte, constituyen los universos simbólicos de la humanidad que, amplificados inconmensurablemente nos trajeron a la configuración actual, del sistema sociedad-globo. En éste, cada vez más complejo, en cualquier lugar, sin pretenderlo, somos protagonistas. Papel para el cual, según el filósofo F. Nietzsche, tenemos que “aprender a mirar, a pensar y hablar”. Sobre todo viviendo en esta civilización que, producto de la sociedad del rendimiento, ahora es la sociedad del cansancio. Así la describe exhaustiva y minuciosamente Byng-Chul Han, también filósofo pero coreano, con ese título. Este pensador contemporáneo nos remite implícitamente a aquel genio. Eso sí, con una actualizada, atinada prescripción, destinada a oponer resistencia a la saturación de informaciones, sugerencias, consejos y mandatos desde la infinidad de medios de comunicación en el contexto global que habitamos. Agrego de mi parte que estos, plagados de opiniones y afirmaciones encontradas, en lugar de aportarnos certezas producen… incertidumbre!
Es aún más serio
La exacerbación de la comunicación provista por la globalización se incorpora_ bajo el paradigma del desarrollo individual anticipado por la “autopiesis” el siglo pasado cuando no se avizoraba la pandemia actual de la competencia en toda actividad humana _ a la voluntaria acción personal por sobresalir. Sin percatarnos, la asunción de muchas obligaciones trueca la libertad personal en una nueva esclavitud donde somos el amo de nosotros mismos. La tarea de vivir con la búsqueda incesante del éxito reservado a unos pocos es la principal productora de insatisfacción vital y enfermedades neurofísicas. De ahí la validez de la prescripción “en lugar de exponer la mirada a los impulsos externos, se debe guiar con sabiduría”*.Lo bueno, si breve, dos veces bueno.
*Byng-Chul Han “La sociedad del cansancio” 2012 Editorial Herder Barcelona. España
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Cuento de otro pueblo, que podría ser el mío
Por Luis Fabre
Sábado en una mañana de diciembre, allá por 1965, un barrio más de Fray Bentos. Le llamábamos Hollywood pues había muchos artistas. Calles de tosca con aromos en las veredas y su olor imborrable en el recuerdo. -Mamá me voy al campito a jugar a la pelota con los gurises. Allí nos juntábamos, pisando para elegir mitad para cada lado y arquero para el ingrato último puesto. Dos camisas hacían los arcos y entre goles que van y vienen, puteadas y alguna pelea, todo terminaba bien. La calle era nuestro ámbito vital, la necesidad de tener amigos, de sabernos amigos. En las dos cuadras ocupadas en nuestros juegos se oía: ”Hoyito y quemita pal hoyo y la bolita”, “chanta vale cuatro”,”Dale, te cambio la birre por dos bolitas cachadas”. En ocasiones jugando a la “cabezeada” con la pelota de goma, otras a la “tapadita” con figuritas o también al “sapito”. Juntos tirábamos los trompos; había uno de guayabo con bruta púa que se “dormía “zumbando! _“Bo Carlitos, decía el pájaro Canzani, jugamos a los cowboys, pero yo hago de indio, ta?
Cae la tarde y hay una tregua, es la hora del baño con el “Primus“o el Collerati que calentaba el agua y, en el mejor de los casos, el calefón. De tardecita volvíamos a la vereda bien limpios, con brillantina en el pelo, camisa con ballenitas, pantalón corto con tiradores..y las sandalias. Entonces, hasta bien entrada la noche el intercambio era de nuestras anécdotas, cuentos y fantasías. Televisión? Todavía en blanco y negro había un solo aparato en el barrio donde asomados a la vidriera veíamos el canal 9 o el 7 de la Argentina. Paradójicamente, si había tormenta se podía ver sin bruma en la pantalla!
No todo tiempo pasado fue mejor pero fomentamos ciertas normas que en mayor o menor grado, hemos mantenido.Lo que inconscientemente hacíamos era ejercitar el pensamiento, la reflexión y la tolerancia.El diálogo era nuestro modelo de confrontación; buenos receptores y espectadores activos, con dosis de ingenuidad. En una de esas juntadas, sentados al cordón de la vereda, alguno dijo _“Vieron que andan diciendo que se termina el mundo” ante lo que, evaluando la magnitud del hecho, todos quedamos cabizbajos y pensativos hasta que, rompiendo el prolongado silencio, solo habló “el Gringo” _ “ y bueno, si se termina no importa, yo me voy pá Mercedes”.
Extractado del Autor, mi primo Héctor Viera, Técnico Agropecuario radicado en Fray Bentos
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PRECARIEDADES
Alfredo Falero[i]
La condición de precariedad aparece como tema de discusión en videos, libros, artículos periodísticos desde hace tiempo y no es para menos. Una característica de la vida social en el siglo XXI parece ser precisamente que todo se vuelve transitorio: el trabajo, la pareja, la pertenencia a una organización social, el lugar donde se vive, para mucha gente ese carácter de fugacidad de todo configura una situación permanente. Y eso significa también una verdadera mutación cognitiva en la forma de vivir respecto al siglo XX.
Ya no se trata solo de una aceleración tecnológica real y de experimentar una aceleración general del tiempo (esto último no es nuevo) sino de un cambio en la organización social donde todo adquiere carácter precario, transitorio, inestable que afecta directamente la vida cotidiana. Es decir, a nivel personal, por ejemplo un cambio imprevisto en la trayectoria laboral no es sorprendente, puede ocurrir mañana mismo y el individuo debe ser capaz de “gestionar” esa condición. La capacidad de “empleabilidad” es una necesidad práctica y una preocupación constante.
Claro que hay “precariedades” y “precariedades” y allí está la clave para realizar un rápido análisis de lo que está ocurriendo. La clase social, la posición que se ocupa en las relaciones sociales (asumiendo además que toda la sociedad se ha convertido en una gran máquina productiva) permite sobrellevar la condición de precariedad en forma diferente. Se puede tener más respaldo económico, se puede contar con más capital social o red de relaciones, se puede tener por herencia o capacidad de ahorro un lugar relativamente seguro donde vivir, se puede tener mayor capital cultural y todo eso alivia o diluye transitoriamente los efectos materiales y mentales de la precariedad. El problema es que esa condición varía mucho dentro de las sociedades y entre sociedades considerando regiones centrales de acumulación y regiones periféricas como la nuestra.
La condición de precariedad puede ser extrema en un inmigrante o en alguien que vive de changas en un barrio periférico de una ciudad, pero particularmente la inserción laboral marca de forma dura el tema. Principalmente en un contexto de “uberización” de la fuerza de trabajo, es decir, cuando la incorporación de tecnología se aprovecha para modificar brutalmente la condición laboral. Hace algunos años (en 2011) el libro “El precariado” del académico británico Guy Standing tuvo cierta influencia cuando abordó el tema de frente. Teniendo presente la realidad europea y las políticas neoliberales, señalaba la expansión de lo que calificaba como una “nueva clase social” con imprevisibles efectos perturbadores.
Ese precariado –que podía llegar a un cuarto de los trabajadores (en América Latina sabemos que eso puede ser mucho más) implicaba tres características sustantivas: el carácter inseguro e inestable de la relación de trabajo, su condición de sobrecalificación cuando ocurre con sectores medios y la expansión del marco laboral de terciarización que antes parecía solo vinculado el sector “servicios” y que venía expandiéndose. Dejando de lado aquí la caracterización como clase (lo cual es discutible al diferenciar sólo ese grupo de otros trabajadores), el fondo de la cuestión permitía colocar sobre la mesa un tema de enorme trascendencia.
Pensado en términos de proyectos sociopolíticos, pueden existir diferentes políticas para el precariado. Para el espectro de derecha política la mejor política puede ser mantener en los hechos un márgen de precariedad laboral pues tiene un efecto de disciplinamiento y baja en el precio de la fuerza de trabajo en general mientras se plantean falsas soluciones. En estas falsas soluciones, muchas veces también pueden extraviarse progresistas en las confusiones sobre los límites de lo “posible” en el mundo de hoy.
Por ejemplo se puede argumentar que el problema de fondo es que la educación no puede perder tiempo en “filosofía” (entendiéndola como arco amplio de todo lo que no es conocimiento instrumental) y se necesitan formaciones concretas ya para lo que requiere “el mercado”. O se puede decir que el problema es no fomentar la “cultura emprendedora” no solamente a nivel educativo de la sociedad en general, sino más en general. Porque si alguien es “emprendedor” puede siempre con su “actitud” de impulso constante a pesar de las caídas, crear un “nicho” y resolver sus problemas laborales.
Además, la precariedad implica incertidumbre generalizada y en este contexto alguien del campo político puede presentarse como “outsider” y erigirse como falso salvador señalando que el problema –nuevamente- es el Estado que siempre gasta mal, en quien no debe hacerlo o no se lo merece (léase pobres, aunque no siempre es explícito) mientras se le debería quitar obstáculos a las energías innovadoras y de inversión del capital (puro pensamiento mágico). Y si se hace lo correcto, la solución seguro aparece en el horizonte. Ejemplo: Milei en Argentina.
Por supuesto, en estos casos, se suele soslayar en el argumento que la precariedad, el tipo de contrato, la temporalidad flexible de permanencia frente a o que podrían ser condiciones de trabajo más seguras por ejemplo, pueden generar no sólo mayor explotación sino divisiones entre trabajadores por la ultracompetencia. De este modo, la precariedad laboral se convierte en una eficaz forma de dominación al implicar fragmentación y trayectorias permanentemente inestables y contingentes. En América Latina y el Caribe la OIT estimaba ya antes de la pandemia que al menos 140 millones de personas trabajaban en condiciones de informalidad, lo que representa alrededor de 50% de los trabajadores. Nuevamente: piénsese lo que eso significa en términos de precariedad, de vivir eso como un problema personal de formación y trayectoria y logros y no colectivo y de construcción de futuros alternativos.
Es necesario entonces abrir algunas puertas para pensar el tema de otra forma. Una es la enorme potencialidad de la organización colectiva, de sentirse parte de algo compartido por mucha gente que podrían proyectar sus derechos y que actualmente, por diversas razones, no aparece como horizonte posible. Mientras esto no ocurra, la política puede no estar demasiado preocupada por imaginar alternativas reales y solamente apueste a recurrir a parches compensatorios que maticen situaciones críticas que no solucionen nada de fondo. Dicho sea de paso, la discusión no es ajena a la edad jubilatoria: en este contexto, su aumento puede significar agravar la condición de precariedad de la vida.
Otro punto para un tema que es muy extenso, es considerar que usualmente se lo toma a nivel académico y por los medios alternativos de comunicación por los efectos sociales que produce, por ejemplo por su relación con la salud mental. No está mal, claro, el problema es olvidar la precaridad como producto de dinámicas de poder del capital y en consecuencia no tocar el fondo de la cuestión. Decía Franco “Bifo” Berardi en “El tercer inconciente” que la parálisis de la imaginación y el entumecimiento no fueron efectos del virus, sino de la impotencia prolongada de una sociedad. Y la rabia impotente es una condición altamente patogénica, es decir, capaz de causar enfermedades. Revertir esa impotencia con organización colectiva es por ahora el único antídoto contra este otro virus que es “social” pero tan letal como el otro.
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[i] Dr. en Sociología, docente e investigador.
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