“El agente secreto”: La impunidad de la barbarie

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El terrorismo de Estado, el poder de las mafias, el carnaval, el fútbol, la pobreza y el cine nostálgico son las seis vertientes temáticas de “El agente secreto”, el formidable film del realizador brasileño Kleber Mendonça Filho, que cuentas con varias nominaciones al Oscar, entre ellas Mejor Película y Mejor Película Extranjera. Obviamente, esta película aspira a empardar a “Aún estoy aquí”, el magistral largometraje de Walter Salles, que el año pasado se adjudicó la estatuilla dorada que se otorga a las Mejor Película de Habla no Inglesa.

La analogía que existe entre ambas historias es que están ambientadas durante la larga dictadura que padeció el pueblo brasileño, que se prolongó durante dos décadas. Esta temática ha sido poco transitada por la cinematografía del país del Norte, pese a que habilita múltiples lecturas que exceden a lo meramente político y transcienden obviamente a lo social y lo cultural.

Como se sabe, este régimen cívico militar se inició el 31 de marzo de 1964, cuando las fuerzas armadas manipuladas desde Washington por el imperialismo yanki derrocaron al presidente izquierdista Joao Goulart, quien posteriormente se exilió en Uruguay y luego en Argentina, donde murió en condiciones hartamente sospechosas. Si bien la versión oficial fue que el deceso fue provocado por un infarto, algunas investigaciones la atribuyen a un asesinato político perpetrado en el marco del Plan Cóndor.

El gobierno autoritario brasileño, que violó flagrantemente los derechos humanos como otros despotismos que asolaron al continente, aplastó a la oposición política y censuró a la prensa.

Adoptó el nacionalismo como ideología y el anticomunismo como paradigma y, en su condición del peón estratégico, recibió asistencia privilegiada de los Estados Unidos, por tratarse del país más grande del continente, el más desarrollado económicamente y con posibilidades de capitalizar su influencia a nivel regional.

En 1967, bajo una nueva Constitución, el régimen se institucionalizó a sí mismo, permitiendo el funcionamiento del parlamento, donde estaban representados únicamente dos partidos: la Alianza Renovadora Nacional, que era oficialista y el centrista Movimiento Democrático Brasileño.

Aunque el presidente era elegido por voto indirecto por el congreso, se celebraron cuatro elecciones parlamentarias, que fueron ganadas por el partido del régimen. Naturalmente, abundaron las denuncias de fraude, pese a lo cual la dictadura continuó hasta 1985, cuando fue electo Tancredo Nevez, en representación del Movimiento Democrático Brasileño, quien falleció antes de asumir. En su lugar fue investido José Sarney,  quien inició un largo período de estabilidad democrática que se prolonga hasta el presente. De todos modos, la dictadura dejó sus secuelas de asesinatos y desapariciones, aunque no fue un régimen tan criminal como el de Argentina y el de Chile.

Aun esta dilatada pesadilla originó varias producciones audiovisuales, entre películas y documentales, “Aún estoy aquí” es una de las dos propuestas que permiten asomarse al horror del terrorismo de Estado en ese país, que tuvo su correlato en otras naciones del continente sudamericano, entre ellas Uruguay, que fue sojuzgado por un gobierno autoritario cívico militar entre junio de 1973 y febrero de 1985.

Empero, a diferencia de este galardonado film, “El agente secreto” no transcurre en salas de interrogatorio estremecidos por los alaridos de los torturados procedentes de celdas contiguas ni en otros ambientes contaminados por la prepotencia, como la casa allanada del ex diputado izquierdista desparecido.

Esta nueva historia, que mixtura el thriller con el drama y por momentos con la comedia costumbrista, es una suerte de variopinto calidoscopio del Brasil del pasado y el presente, por más que está ambientada en 1977, en Recife,  durante el mandato dictatorial del militar Ernesto Geisel, uno de los cinco tiranos que detentó el poder entre la década del setenta y la primera mitad de la década del ochenta.

Por ende, está teñida obviamente de carnaval, de fútbol y de permanentes apelaciones al rico folclore de esta poderosa nación latinoamericana de variadas mixturas étnicas, entre la raíz afro y la europea, acorde con su intransferible impronta cosmopolita alimentada por la inmigración.

En ese contexto, el protagonista de este relato intertextual es Marcelo (Wagner Moura), quien emplea una identidad falsa, quien arriba al lugar a bordo de su  VW Escarabajo amarillo. Empero, esta intriga reserva la primera sorpresa ya en los primeros quinces minutos, cuando el hombre de detiene en una estación de servicio emplazada en la ruta para cargar nafta.

Inmediatamente, observa el cuerpo cubierto por diarios, que el empleado del comercio atribuye a un padrón que fue ultimado por el sereno para evitar que robara aceite.

Sin embargo, lo más sorprendente es la irrupción de un patrullero con dos policías, que parecen más preocupados por indagar a Marcelo, pedirle documentos y revistar su vehículo que por el óbito, como su la muerte por esos lares fuera alto cotidiano. Los agentes le piden una “colaboración” económica al hombre, corroborando que se trata de policías corruptos y no dos funcionarios que cumplen sus tareas sin esperar ningún beneficio adicional.

Esta secuencia comporta un golpe de efecto, a lo cual se suman variados comentarios en torno a las desapariciones que se registran durante el carnaval, que aparentemente era usado como pretexto por la dictadura para asesinar opositores y atribuir estas muertes a la violencia derivada de la gran fiesta popular, ya sea por invidentes aislados o ajuste de cuentas entre delincuentes.

En realidad, el joven protagonista, que es ingeniero y trabajaba en una universidad estatal, es una suerte de fugitivo, porque es perseguido por sicarios pagados por un  magnate derechista que es parte del gobierno, que ejerce una rigurosa vigilancia sobre aquellas personas que no sintonizan con el régimen. 

Empero, como es viudo y tiene un hijo pequeño que está al cuidado de sus abuelos por vía materna, se propone reunirse con el niño y huir del país, con la ayuda de una organización de derechos humanos que actúa desde las sombras. Su suegro es propietario de un cine, que proyecta películas que hace medio siglo fueron éxitos de taquilla. Este es, por supuesto, el guiño cinéfilo que propone el cineasta para los nostálgicos.

Todo el relato es fruto de la investigación de dos empleadas de una oficina estatal de archivo, quienes tienen a su cargo -varias décadas después-  la tarea de escuchar y registrar el contenido editado de audios testimoniales, que incluyen información relevante sobre la historia del personaje central de esta trama.

Marcelo, que son es realmente un militante de izquierda, es perseguido más que otra cosa por su condición de intelectual universitario comprometido con su trabajo, pero también por haber enfrentado a un empresario corrupto y fascista, que le pone precio a su cabeza.

En ese contexto, es recibido por una organización que ayuda a disidentes y fugitivos del régimen, liderado por la popular  Doña Sebastiana (Tânia Maria), una mujer con amplia experiencia en la materia que le aporta alojamiento, alimentación y apoyo logístico y hasta le consigue trabajo en una oficina de identificación y la emisión de documento dependiente de la Policía, que es regida por un personaje amable pero más bien siniestro encarnado por Robert Diógenes), porque es funcional a la dictadura. Allí, el hombre, que claramente queda bajo la cobertura del enemigo, lo cual le permite también hurgar en archivos muy reservados.

Si bien el protagonista no es propiamente un agente secreto como lo imaginamos los amantes de la literatura y el cine de espías, es sí una cuña metida en el propio corazón del sistema, que hurga en archivos de acceso muy restringido que busca vestigios de su pasado y de su propia madre, que le son desconocidos.

De algún modo, al tener acceso, aunque este sea restringido, a información rigurosamente clasifica, también actúa con cierta impunidad, ya que para los empleadores es un trabajador de toda confianza, ya que se presenta con una identidad falsa.

En otra línea narrativa, un militar retirado y su hijastro fungen como sicarios, con el objetivo claro de asesinar a Marcelo por mandato del poderoso magnate. Sin embargo, este dúo a su vez contrata a otro asesino a sueldo para que cumpla con esa faena, con la más absoluta impunidad.

Queda claro que la dictadura, al igual que sus aliados capitalistas, solían contrastar a terceros para perpetrar crímenes. No en vano, hay cadáveres amputados que flotan en el océano. Incluso, al practicar una autopsia a un tiburón, aflora una pierna que aparece en su aparato digestivo. Es decir, era habitual que se confundieran desapariciones con trasfondo político con muertes accidentales o por meros incidentes carnavaleros. En ese marco, hay un guiño cinematográfico a “Tiburón”, el clásico del cineasta Steven Spielberg, que por entonces de exhibía en las salas de cine brasileñas y también en las uruguayas. El impacto de esta película en las audiencias sumado a la aparición de una pierna que fue amputada precisamente por un escualo, desata una suerte de paroxismo en la población y particularmente en la prensa, que explota hasta donde puede el morbo popular y la fantasía, transformando a los tiburones en una suerte de verdugos, pese a que el verdadero verdugo es el régimen, que perpetra sus fechorías a menudo desde las sombras.

En tal sentido, el realizador apela al humor negro y a la fantasía, atribuyendo a los medios de prensa una suerte de terrorismo para amedrentar a la población, cuando se afirma que una pierna amputada atacó a una pareja de homosexuales en un parque. Empero, más allá de la represión padecida por las minorías sexuales durante la dictadura azuzada por la Iglesia Católica y particularmente por las organizaciones evangélicas, el país siempre ha tenido importantes estándares de libertad en esta materia, los que tiene su expresión más explícita en el carnaval.

El film denuncia no sólo las maquiavélicas operaciones de la dictadura cívico militar, sino también la existencia de mafias funcionales al poder, que, a cambio de dinero, desempeñan el trabajo sucio con total y absoluta impunidad.

A diferencia de lo que sucede en la galardonada “Aún estoy aquí”, en esta historia no se observa despliegues de tropas ni militares en actitudes amenazantes. Sin embargo, el autoritarismo sobrevuela el ambiente, aunque la mayoría de los personajes se mueven con una aparente libertad y sin mayores cortapisas.

Esta película, que no omite apelaciones al humor, tanto por las situaciones como por los estereotipos, tiene algunos momentos de particular tensión y acción y suspenso propias de un thriller, cuando el protagonista está a punto de ser asesinado en plena oficina. En esta coyuntura, los trabajos sucios fallidos se saldan con otras muertes para encubrir las aviesas intenciones que subyacen bajo la superficie del cuadro dramático.

Sin embargo, en esta película testimonial Kleber Mendonça Filho apela más al terror psicológico que el terror convencional, en la medida que alguien que es perseguido siente miedo por él, pero particularmente por sus afectos, con mayor énfasis en su hijo, porque sabe que su país está hegemonizado por un poco de poder que no tienen límites y que puede hacer lo que le plazca.

La película se desarrolla en varias líneas temporales que incorporan  abundantes flashbacks, con el propósito de reconstruir el pasado del protagonista y su presente, en una dinámica que recrea lo sucedido a través de los testimonios registrados en audios, que son escuchados varias décadas después por una funcionaria pública, quien se manifiesta profundamente conmovida por una historia de sensible raigambre humana.

Los espectadores que planeen visionar esta película con la expectativa que les deparará un epílogo complaciente, deberían abstenerse de verla, porque quedarán decepcionados. Si bien el relato no está inspirado en hechos reales como en el caso de “Aún estoy aquí”, la obra retrata, aunque con superlativa sobriedad, la violencia de un gobierno dictatorial que asoló al país, aunque el revisionismo histórico ha estado virtualmente ausente en las últimas cuatro décadas, desde que, en 1985, asumió el primer gobierno electo encabezado por José Sarney que otorgó continuidad democrática hasta el presente. Aunque se han reportado menos de 500 víctimas de la dictadura, lo que denotas que el régimen fue cuantitativamente menos criminal que los de  Argentina y Chile, lo cierto es que las apelaciones al pasado parecen ser mínimas y el único que exacerbó los ánimos fue el ex presidente derechista Jair Bolsonaro, quien reivindicó y hasta justificó los desmanes perpetrados por sus padres militares.

“El agente secreto” es una película de superlativo valor testimonial, que rescata un pasado oscuro con todas sus singularidades, sus silencios, los complicidades y sus impunidades, En tal sentido, el epilogo de este relato resulta contundente, en torno a la tendencia a borrar de la memoria colectiva las miserias de un pasado sin dudas ominoso.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

 

FICHA TÉCNICA

El agente secreto. Brasil, Francia, Alemania y Países Bajos 2025. Dirección y guión: Kleber Mendonça Filho. Fotografía: Evgenia Alexandrova. Música: Mateus Alves, Tomaz Alves de Souza.

Edición: Matheus Farias y Eduardo Serrano. Reparto: Wagner Moura, Gabriel Leone, Udo Kier y Maria Fernanda Cândido, Carlos Francisco y Tania Maria.

 

 

 

 

 

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