La extraordinaria historia del Bund, el Partido Judío, Socialista y Antisionista

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 / En 1897, en un casino de Basilea, Suiza, Theodor Herzl, un periodista judío austrohúngaro convocó el Primer Congreso Sionista que promovía la creación de un Estado judío en Palestina. Ese mismo año, el 7 de octubre, en una casa de seguridad, en Vilna, Lituania, una docena de dirigentes obreros judíos fundaron la Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia (en yidis דישערִיי אלגעמײנערַ 

Yidisher Algemeyner :romanizado ַ,ארבעטער־בונד אין ליטע, ּפױלן און רוסלַאנד Arbeter-bund in Lite, Poyln un Rusland; el Bund, un movimiento político judío socialista e internacionalista que se opuso al sionismo y a las tendencias centralistas de los bolcheviques rusos. 

El Bund se alió con el movimiento social-demócrata ruso, en 1898, para lograr una Rusia democrática y socialista en la cual pudieran los judíos obtener reconocimiento legal como una nación minoritaria. Hasta 1903, el Bund fue reconocido como el único representante de los trabajadores judíos en el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, aunque muchos 

socialistas judíos entraron al POSDR directamente. El imperio zarista abarcaba además de Rusia, Ucrania, Bielorrusia, los países bálticos y Polonia y en esos territorios vivía el 80% de la población judía de Europa. 

El Bund fue una de las organizaciones de izquierda más importantes antes y durante la revolución rusa de 1905. Se organizó en favor de los derechos laborales de los judíos, defendió a los judíos del antisemitismo y se organizó con otros para el establecimiento del socialismo. 

  Lic. Fernando Britos V.

El Bund fundó escuelas, bibliotecas, organizaciones deportivas y el famoso Sanatorio Medem, que trataba la tuberculosis de los niños judíos pobres. Era una organización laica y promovía el idioma y la  cultura yidis (una lengua basada en el alemán medieval, con términos eslavos y hebreos, que utilizaba el alfabeto hebreo)

Durante el periodo de entreguerras, el Bund fue la organización política judía más fuerte de Polonia, en estrecha relación con el Partido Socialista Polaco y con los partidos y organizaciones socialistas de todo el mundo. Eran internacionalistas y decididamente opuestos a los etnonacionalismos como por ejemplo el que propugnaba el movimiento sionista. 

Aunque la mayoría de sus miembros fueron asesinados durante el Holocausto, los que sobrevivieron restablecieron organizaciones del Bund en Estados Unidos, Francia, Australia, Canadá, México, Argentina e Israel. 

Marek Edelman (1919-2009), que fue el último comandante de la Organización Judía de Combate en el levantamiento del gueto de Varsovia en 1943, sobrevivió, permaneció en Polonia toda su vida y condensó la postura del Bund con las siguientes palabras: “ser judío significa estar siempre con los oprimidos, nunca con los opresores”. 

Sucede que en abril de este año, la artista plástica y escritora Molly Crabapple, publicó en Nueva York un libro que desvela la extraordinaria historia del Bund como nadie lo había hecho antes. La obra se titula Here Where We Live is Our Country (Ed. One World, N.Y.). Ese título es una consigna del Bund que fue defendida heroicamente y sin claudicaciones: Aquí donde vivimos es nuestro país. El Bund, secular socialista y decididamente antisionista, luchaba por la dignidad e igualdad no en un lugar imaginario en Palestina sino donde vivían. 

Se trata de una historia ocultada pero de extraordinaria vigencia porque los bundistas habían sido proféticos en cuanto a lo que sucedería en Medio Oriente si el nacionalismo judío establecía un Estado a costa de la catástrofe de otro pueblo milenario. 

Crabapple fue capaz de unir una historia familiar de sus antepasados con una profusa documentación investigada en archivos de todo el mundo. Es una obra desarrollada con pasión, con amor y entraña una profunda reflexión sobre historia y moral. Como se dijo en The Guardian, “la relevancia de sus materiales para el momento actual es imposible de ignorar” . 

También ha sido un éxito de público inmediato: actualmente figura como la obra de historia y ciencias sociales más vendida en los Estados Unidos. Hay que destacar que en sus 480 páginas se brinda una abundante información acerca de personajes y acontecimientos que, hasta ahora, habían tenido un tratamiento superficial o habían sido sistemáticamente ocultados. Por eso, según Jason Stanley, se trata de una fuente esencial para la historia del antifascismo, sus conceptos y herramientas. 

Ahora me limitaré a destacar algunos aspectos cruciales de este libro que merece una amplia difusión. Una cuestión importante es la existencia de los archivos del Bund, que recopiló publicaciones, documentos e informes de la lucha de la organización en todos los frentes, político, sindical, social y cultural. 

Ese archivo estuvo en Polonia hasta 1930 y fue trasladado a Berlín, a causa de las persecuciones desarrolladas por el régimen derechista de los coroneles polacos. Allí se encontraba en una sede del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), en la calle Lindenstrasse. 

Cuando Hitler atacó a los partidos opositores, con los plenos poderes que obtuvo enseguida del incendio del Reichstag, la sede del SPD fue clausurada. Entonces un bundista polaco, Franz Kursky, consiguió entrar por un boquete de una casa vecina, empaquetó el archivo en 20 cajones y consiguió llevarlos clandestinamente hasta París. 

Cuando los nazis derrotaron a Francia, el archivo del Bund estuvo escondido por Salomón Kaminsky (el padre de Alfonso Kaminsky, el famoso falsificador de la Resistencia). Actualmente se encuentra en la Bibliotèque Nationale de France (sede Richelieu) donde lo consultó extensamente Molly Crabapple. Hay que advertir que se puede acceder al archivo en sala de lectura (mayores de 14 años) y que parte de esta valiosa documentación está digitalizada y disponible en Gallica.

Henryk Erlich

La obra sigue un desarrollo cronológico con pasajes intercalados de la presencia de los bundistas en distintos países y circunstancias. Incluye alocuciones de destacados dirigentes como Henryk Erlich (1882-1942) 

quien el 17 de noviembre de 1937, durante la conmemoración del 40º aniversario del Bund, ante 3.000 asistentes y delegados del Partido Socialista Polaco, denunció la pobreza brutal, el desempleo, la falta de esperanzas, los pogromos y los partidos polacos que se inspiraban en Hitler que “deseaban degradar al ser humano en ustedes, pisotear su sentimiento de autoestima, volverlos parias desprovistos de derechos legales y dignidad”. 

“Quieren privarnos – dijo Erlich – no solamente del derecho a vivir sino también de la posibilidad de defendernos y luchar”. El veterano luchador denunció a los partidos de la burguesía judía que hacía tratos con los nacionalistas para proteger sus cuentas bancarias y a los judíos ortodoxos que decían a los judíos pobres que el antisemitismo era un castigo de Dios por no ser suficientemente piadosos. 

Criticó a los sionistas que dijo estaban en bancarrota, no solamente en Polonia sino en Palestina, porque insistían tozudamente en que “hay un cierto tipo de ley por la que los gentiles deben odiar a los judíos” y que por lo tanto no había alternativa había que huir por lo que negociaban con las autoridades polacas para promover una expulsión masiva de los judíos. 

Entonces Erlich les dijo algo extraordinario: “ustedes deben ir más allá de los confines de su miseria judía… Miren a su alrededor y verán que los judíos no son los únicos que sufren. La enorme mayoría del país, polacos, ucranianos, judíos y otros, está sufriendo la crisis económica… a duras penas son capaces de mantener su existencia cotidiana. Dirijan su mirada más allá de las fronteras de Polonia, hacia el vasto mundo, y verán a 70 millones de personas languideciendo bajo la pesada bota del hitlerismo. No solamente los 500.000 judíos sino la totalidad del pueblo alemán se ha transformado en una nbación de esclavos… 40 millones de italianos se han vuelto una tarima para el “gran” Mussolini … y tal como en Alemania e Italia, millones de trabajadores de otros pequeños países que se han convertido en áreas reaccionarias están hundidos en privaciones y sometimientos”. 

“Su liberación – les dijo – no está en la pasividad y el servilismo, no en sueños vacíos edificados sobre la arena y las armas inglesas … sino en la comunidad de lucha con la clase trabajadora, en la lucha aquí donde viven, donde sus abuelos y sus padres han vivido… La salvación está aquí y no en otro lado, en una infatigable lucha por la libertad, hombro con hombro con las masas trabajadoras de Polonia”. 

La postura no era nueva. Treinta años antes, en 1907, en el American Star Hall de Brownsville, Estados Unidos, el recaudador del Bund Meyer London se dirigió a la multitud: “¿se dan cuenta que en la Polonia rusa miles de nuestros muchachos y muchachas judías están dando sus vidas por la libertad? Se dirigen a Dios no para que los conduzca fuera de Egipto, sino para ayudarlos a liberar Egipto”. 

La postura icónica del Bund sobre el sionismo la expresó el mismo Erlich en 1938. Mientras el Bund luchaba por el lugar de los judíos en Polonia, los sionistas junto con el gobierno derechista trataban de forzar a los judíos a abandonar sus hogares para irse a Palestina. Mientras el Bund promovía huelgas contra los pogromos, Ben-Gurion y Jabotinsky se pavoneaban por los escenarios polacos dando discursos que apoyaban las exigencias de los pogromistas. Los judíos debían abandonar Polonia. 

Después que el canciller polaco, el coronel Józef Beck, dijera que tres millones de judíos debían ser deportados, el líder sionista Chaim Weizmann le estrechó calurosamente las manos. 

En esos años (la década de 1930), Henryk Erlich escribió: “de hecho el sionismo siempre ha sido el hermano siamés del antisemitismo. El sionismo siempre ha contemplado la ley de la fuerza, de la acción nacionalista como ley normal de la historia y en esta ley ha basado sus perspectivas sobre la vida judía. En sus cuarenta años de existencia, el sionismo siempre ha aparecido como perdedor e inerme en presencia de cualquier movimiento victorioso por la libertad. Los sionistas se veían a sí mismos como ciudadanos de segunda clase en Polonia. Su objetivo era ser ciudadanos de primera clase en Palestina y hacer de los árabes ciudadanos de segunda clase”. 

Erlich previó el conflicto fatal que anidaba en el corazón del sionismo: el establecimiento de Israel llevaría a una guerra permanente con sus vecinos y con el pueblo que había despojado. “Si surgiera un Estado judío en Palestina, su clima espiritual sería: temor eterno a un enemigo externo (los árabes); lucha eterna por cada pedazo de tierra con el enemigo interno (los árabes) y una incansable lucha para exterminar el lenguaje y la cultura de los judíos no hebraizados de Palestina… ¿Es este el clima en que la libertad, la democracia y el progreso pueden desarrollarse? De hecho, ¿no es este el clima en que la reacción y el chovinismo suelen florecer?”. 

El Bund mantuvo un diario, el Folkstsaytung (Diario del pueblo) desde 1921 a 1939 y clandestinamente hasta 1943. Molly Crabapple trabajó con otros importantes archivos y bibliotecas, por ejemplo la Bronislaw Grosser Library, los archivos del Jewish Labor Committee, que están en la Universidad de Nueva York. El archivo Oneg Shabat, compilado por el sionista Emanuel Ringenblum en el gueto de Varsovia. El archivo del Bund en Swietdarzyska Strasse no ha sido encontrado hasta ahora. 

La historia de la participación del Bund en las revoluciones rusas de 1905 y 1917 (febrero y octubre), así como en la guerra civil de 1918 1921, está extraordinariamente documentada así como las típicas “historias desde abajo” que plantean la peripecia de decenas de personajes reales. 

Los enfrentamientos de bundistas, sionistas y comunistas en el gueto de Varsovia (y en otros guetos del Este europeo) están bien documentados así como la forma en que todos se unieron para enfrentar el asalto de los nazis cuando se produjo la lucha final en 1943. 

Por ejemplo, antes del levantamiento los sionistas negociaban con los alemanes para trabajar en granjas polacas; los bundistas lo consideraban una traición a la patria porque ayudaban a reemplazar a los trabajadores polacos que eran enviados a Alemania como esclavos. 

En los últimos días de la lucha en el gueto, cuando Mordechai Anilewicz y su compañera se suicidaron antes de ser capturados por los nazis, la jefatura de la Organización Judía de Combate la asumió un bundista Marek Edelman que había sido uno de los fundadores de la misma. 

Edelman se negó siempre a irse a Israel; fue un famoso cardiólogo. Los sionistas nunca le perdonaron de tal modo que, cuando el Primer Ministro israelí Rabin fue a Varsovia para la conmemoración del 50º aniversario del levantamiento del gueto (en 1993) prohibieron expresamente que Edelman hiciera uso de la palabra. 

El Holocausto diezmó severamente a los bundistas. Durante la guerra, Estados Unidos y otros países mantuvieron cuotas mínimas restrictivas para la recepción de refugiados. El bundista León Feiner llevó a Londres, en 1942, desde Varsovia, un pormenorizado informe acerca del exterminio al que se sometían a los judíos, gitanos y eslavos en los territorios ocupados, la acción de los Einsatzgruppen, las grandes matanzas, la destrucción de los guetos. Nadie hizo nada para socorrer a los masacrados o para ayudar a los refugiados. 

Cuando terminó la guerra se establecieron numerosos campos para las llamadas personas desplazadas. Solamente en Alemania había nueve millones de trabajadores esclavos provenientes de todos los países y regiones. Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Polonia y otros países no tenían interés alguno en recibir refugiados y mucho menos a los bundistas porque en la Guerra Fría (que empezó aún antes de mayo de 1945) eran considerados como escoria comunista o socialista. 

Por su parte, los sionistas enviaron numerosos reclutadores para atraer gente joven a Palestina. La Agencia Judía, la British Jewish Legion, la Haganah y la banda paramilitar Irgun lanzaron a sus propagandistas para promover el traslado a Palestina, todavía bajo el Mandato Británico. Contaban con el apoyo de los estadounidenses, británicos y franceses como para hacer una leva forzosa. Ante las presiones y el reclutamiento forzado, los bundistas protestaron. Por ejemplo, 150 firmaron una declaración en el campo Feldafing, en Baviera, denunciando la prepotencia de los reclutadores sionistas. Reclamaban la libertad de movimientos para los desplazados. 

De todos modos, a pesar de la prepotencia y el ofrecimiento de diversos beneficios, el reclutamiento no fue exitoso. La mayoría de los desplazados deseaban irse a los Estados Unidos, no a Palestina. El 30 de marzo de 1947, por ejemplo, el Congreso de Sobrevivientes en la zona de ocupación estadounidense estableció que quienes evitaran el reclutamiento “serían eliminados de toda vida social y política”. Ben-Gurion reconoció que si los Estados Unidos hubieran abierto las puertas después de la guerra, las masas judías “habrían ido allá y no hubieran venido aquí”. 

La administración de los campos de personas desplazadas despidió a todos los funcionarios judíos que no eran sionistas, estableció multas, desalojó gente y suspendió raciones alimenticias y tratamientos médicos a los que se negaban a embarcarse para Palestina. Según Crabapple, los bundistas más afortunados consiguieron visas para Melbourne, Johannesburg, París y Montevideo. 

Los bundistas en el campo de Eschwege protestaron por semejante violencia. En Grugliasco, cerca de Turín, el secretario del comité del campo, el bundista Jacob Friedman fue destituido y denunciado a la policía italiana como criminal (la policía no lo encontró y encerró a su hermano). 

El periódico Unzer Shtime señaló que “judíos que fueron corrientemente las víctrimas del fascismo y el terrorismo fueron capaces de desarrollar los tipos de violencia que los sionistas ejercen en los campos contra los bundistas y otros rivales políticos no sionistas”. Bundistas del campo Bad Reichenhall denunciaron que los sionistas azotaron en público a un hombre que se negó a la leva y tomaron fotos para aterrorizar a los demás.

En un campo cercano a Ulm, a orillas del Danubio, los sionistas golpearon a los padres ancianos de hijos que evitaron el reclutamiento. Estos procedimientos continuaron hasta abril de 1949. Para entonces los reclutas de los campos de personas desplazadas eran la tercera parte del ejército israelí. 

En 1948, Shloyme Mendelsohn condenó los métodos sionistas para reprimir a quienes no les apoyaban: “que amarga ironía que después de la terrible destrucción que el fascisnmo acarreó al pueblo judío, los métodos terroristas de estos ahora triunfan en la vida judía… Es como si los carniceros hubiesen infectado a sus víctimas con esos gérmenes durante la carnicería”. 

En 1947, el Bund se reconstituye en Nueva York. En su primera conferencia hicieron un llamado por una Palestina secular y democrática, con autonomía cultural y constitucional protegiendo los derechos en forma igualitaria y dijeron que los sionistas debían renunciar al objetivo de un Estado judío independiente. 

El Bund siempre había apostado por el socialismo que significa un mejor futuro para toda la humanidad. Si el sueño del socialismo se vuelve realidad, no hay necesidad de huir; si el sueño se disipa, como muchos otros de los mejores sueños de la humanidad, entonces no hay donde correr. La ilusión de un pequeño “estadito” rodeado de enemigos no es un amuleto contra el antisemitismo y el exterminio. En 1948, Leivik Hodes escribió que la filosofía del Bund dependía de su fe fundamental en la solidaridad. 

En sus conclusiones, Molly Crabapple señala que la opresión raramente promueve la compasión y el genocidio no es una escuela para el desarrollo personal. La historia – dice la autora – está llena de casos de refugiados traumatizados que fueron radicalizados por movimientos que les prometieron la redención mediante la violencia. Que muchos sobrevivientes se hayan vuelto sionistas no es excepcional. Es humano y banal.

Esto es así – dice – cuando un grupo carece de poder pero el poder es fluido. Los judíos ahora tienen un ejército y entonces, aquellas fantasías impotentes sobre destruir Amalek se han transformado en las bombas de fósforo blanco arrojadas en Gaza, en los campos de tortura y en las fosas comunes llenas de pacientes cancerosos fusilados con los catéteres aún en sus brazos. 

El sionismo ha sido muchas cosas pero, entre ellas, fue la ideología de uno de los pueblos menos poderosos de la tierra. En 1942, los jóvenes sionistas del gueto de Varsovia fundaron la Organización Judía de Combate. Exactamente cinco años después del levantamiento del gueto, en vísperas de la Pascua de 1948, los paramilitares sionistas limpiaron étnicamente a 15.000 palestinos de Haifa. ¿Fue el mismo sionismo el del gueto de Varsovia que el de Haifa? y ¿qué nos dice esto acerca de la ideología de otros pueblos oprimidos hoy en día? 

Sin un conjunto claro de ética respecto a la vida humana, las víctimas de hoy se transforman en los asesinos de mañana. Los oprimidos se vuelven opresores en el momento en el que el poder cambia. 

El Bund protestó por la Nakba y reclamó el retorno de los palestinos expulsados. “Veteranos de incontables exilios, los bundistas vieron la Nakba como lo que era: el crímen fundacional de la empresa sionista. Nacido del violento despojo de otros pueblos, Israel se encadenó a sí mismo en un ciclo siempre creciente de represión y resistencia. Su propia violencia lo envenena y el cáncer hará metástasis hasta que no quede nada”.

Lic. Fernando Britos V.

 

 

 

 

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