Omer Bartov sobre antisemitismo y sionismo (III)

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  El último libro del historiador israelí Omer Bartov fue presentado el pasado 21 de abril en los Estados Unidos (Israel: What Went Wrong?) y es un documentado estudio acerca de la terrible situación en Medio Oriente, las amenazas que pesan sobre el mundo entero y, particularmente, el abismo al que está siendo conducido por el sionismo. Esta es la tercera nota de la reseña que estamos efectuando para La ONDA digital. 

El segundo capítulo de la obra de este reconocido estudioso del Holocausto y de la Segunda Guerra Mundial se titula “Antisemitismo y Sionismo” y es fundamental para comprender fenómenos que nos afectan en el Uruguay y dificultan la búsqueda de soluciones para superar las campañas de odio y justificación desatadas, en todo el mundo, bajo el fantasma del “ascenso del antisemitismo”. 

A jóvenes y humanistas, judíos y gentiles – muchos de los cuales habían sido criados bajo un amor incondicional por Israel y habían idealizado al país – se les decía que les motivaba el antisemitismo (y en el caso de aquellos que eran judíos se les decía que eran víctimas del odio a si mismos). 

“El vínculo entre el rechazo a las décadas de ocupación de tierras y opresión de millones de palestinos y el supuesto antisemitismo se había construido en Israel y después había sido exportado a Europa y los Estados Unidos – dice Omer Bartov – envuelto en el alegato subyacente de que las naciones de todo el mundo, que se habían mantenido al margen mientras seis millones de judíos eran asesinados, no tenían

derecho a criticar al Estado judío que luchaba puramente por su supervivencia”. 

Se alegaba que los demás países del mundo tenían una obligación moral de apoyar a Israel. Cuanto más a la derecha se iba deslizando Israel más empeoraba la condición de los palestinos, más se endurecía la ocupación militar y la colonización mediante asentamientos ilegales en las tierras de los palestinos. 

En la misma medida en que estos fenómenos se agudizaban, más vehementes se volvían las quejas de los gobiernos israelíes en el sentido de que las críticas que se les hacían no eran otra cosa que una escandalosa proyección de prejuicios antisemitas. 

La mejor herramienta para confundir a los críticos y justificar los crímenes cometidos por la cruenta ocupación y la opresión de los palestinos por las FDI y los colonos, fue la definición de antisemitismo adoptada por la Alianza Internacional para la Remembranza del Holocausto (International Holocaust Remembrance Alliance – en adelante IHRA) en el año 2016. 

Esa definición fue el resultado de un esfuerzo europeo para promover el recuerdo del Holocausto y la educación para prevenir “el crimen de los crímenes” pero originalmente no fue concebida para servir como fundamento para legislar y sancionar. “Sin embargo – dice Bartov – se ha metamorfoseado en un instrumento para encubrir las críticas mediante leyes y presiones. La memoria de las víctimas del nazismo se ha empleado cínicamente para representar a los críticos de las crecientes violaciones del Derecho Internacional por el Estado de Israel como antisemitas (…) (muchos de ellos son judíos y no pocos son israelíes)”. 

Estudiosos del antisemitismo, el Holocausto y la historia de los judíos, han advertido desde hace tiempo acerca de la naturaleza problemática de la definición del IHRA. El problema no radica en la definición en si misma sino en los once ejemplos de antisemitismo que se presentan. Siete de esos ejemplos se refieren directamente al Estado de Israel y se convierten en un uso perverso de la definición para acallar y demonizar a quienes se atrevan a criticar sus acciones. 

Esa definición de antisemitismo ha servido para establecer leyes que penalizan la mera crítica hacia las acciones del gobierno Israelí, sus fuerzas armadas, sus operaciones de propaganda e incluso los crímenes que se les puede atribuir. De este modo, incluso la mera comparación de acciones israelíes con las de los nazis pueden ser consideradas antisemitismo. 

Las críticas a Israel no son en sí mismas antisemitas. Muchos israelíes han señalado, desde hace tiempo, que Israel ha instrumentado políticamente al Holocausto. Los sionistas han sostenido que Israel es un faro entre las naciones y debe ser considerado como un Estado superior. 

Muchos judíos, en todo el mundo, han rechazado al sionismo por razones teológicas e ideológicas y la comparación entre las acciones de Israel y las de los nazis no son desconocidas o infrecuentes. A quienes se oponen al sionismo, como es el caso del mismo Omer Bartov, no se los puede calificar como antisemitas. 

Además hay muchos israelíes – “tal vez no tantos como uno querría” dice Bartov – que se consideran patriotas y sionistas y se oponen fuertemente a las políticas del gobierno, incluyendo la opresión de los palestinos y su expulsión de los territorios ocupados por Israel. 

En su esfuerzo permanente por imponer la perversa definición del IHRA a otros gobiernos, Israel ha desarrollado desde hace décadas lo que el historiador denomina “la peligrosa predilección a colaborar con regímenes de derecha y a veces extremistas y partidos que no se preocupan por el antisemitismo o que tienen tendencias antisemistas ellos mismos”. 

USO PERVERSO DE UNA DEFINICIÓN DE ANTISEMITISMO Desde mucho antes del 7/10/2023 y la masacre perpetrada por Hamas así como el ataque a Gaza por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) que se produjo a continuación, los múltiples críticos de Israel en todo el mundo enfrentaban acusaciones de antisemitismo. 

Desde mucho antes del 7/10/2023 y la masacre perpetrada por Hamas así como el ataque a Gaza por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) que se produjo a continuación, los múltiples críticos de Israel en todo el mundo enfrentaban acusaciones de antisemitismo. A jóvenes y humanistas, judíos y gentiles – muchos de los cuales habían sido criados bajo un amor incondicional por Israel y habían idealizado al país – se les decía que les motivaba el antisemitismo (y en el caso de aquellos que eran judíos se les decía que eran víctimas del odio a si mismos). Aquí articulo anterior II

Al definir a las críticas a Israel o al sionismo como antisemitismo se ayuda a la dirigencia israelí para practicar el racismo más violento. También sirve para “limpiar” la imagen de líderes y partidos racistas, extremistas o derechistas, de todo el mundo, para aparecer como puros y limpios. 

Al describir a las opiniones de izquierda – que se oponen a la opresión, que promueven la igualdad y la solidaridad – como antisemitas, contribuyen a legitimar a los que rechazan los derechos humanos, e incluso a los que se proponen practicar políticas autoritarias o racistas para perseguir a sus propias minorías, a sus opositores y a sus críticos. 

El Uruguay ha caído desprevenidamente en esa trampa promovida por el sionismo, como lo hemos analizado en otro artículo de esta serie. 

Ante el uso perverso y represivo de la definición de antisemitismo del IHRA han aparecido otras definiciones de antisemitismo como la Declaración de Jerusalén sobre Antisemitismo (JDA) y el Documento Nexus que establecen distinciones claras entre lo que es el antisemitismo y las críticas hacia el Estado de Israel. 

La Declaración de Jerusalén sobre el Antisemitismo por ejemplo – es una herramienta para identificar, confrontar y concienciar sobre el antisemitismo tal y como hoy en día se manifiesta en los países de todo el mundo. Incluye un preámbulo, una definición y un conjunto de 15 directrices que proporcionan una guía detallada a quienes tratan de identificar el antisemitismo para elaborar respuestas”. 

La ha desarrollado un grupo de académicos especialistas en la historia del Holocausto, los estudios sobre el judaísmo y los estudios sobre Oriente Próximo, “con el fin de hacer frente a lo que se ha convertido en un reto cada vez mayor: proporcionar una orientación clara para identificar y combatir el antisemitismo y proteger a la vez a la vez la libertad de expresión”. Este documento es asequible en www.clacso.org 

LA JUDEOFOBIA O ANTISEMITISMO SEGÚN BARTOV 

En el mundo pagano los judíos fueron encasillados debido a su insistencia en adorar a un Dios único así como por su autoidentificación como “pueblo elegido”. También eran rebeldes e independientes. 

Bajo el dominio griego, las élites judías se helenizaron pero, en 166 antes de nuestra era, los macabeos se levantaron contra la dominación extranjera. La conquista de Judea por los romanos hizo que los judíos cayeran bajo la dominación de la entidad política y militar más poderosa, del mundo antiguo. 

Los romanos toleraban las costumbres y religiones de las distintas regiones siempre que aceptaran el gobierno imperial. Sin embargo, en lugar de hacerlo, los judíos volvieron a rebelarse y esto resultó fatal para su permanencia en Judea. La Gran Rebelión Judía se extendió entre el 66 y el 73 de nuestra era y terminó con la destrucción del Segundo Templo y la caída de la fortaleza de Masada. Los “fanáticos” como ellos mismos se hacían llamar no hacían compromisos ni negociaban, la cosa era vencer o morir. Por eso, cuando los romanos penetraron sus defensas, mataron a sus mujeres e hijos y se suicidaron. 

Como resultado de esta fe mesiánica, profundamente no judía, se desató un proceso histórico que lanzó a los judíos a dos mil años de exilio. Flavio Josefo, un general judío helenizado, se hizo coaborador de los romanos y escribió esa historia que permaneció ignorada muchos siglos hasta que los sionistas la revivieron como ejemplo de un martirio nacionalista. La vida autónoma de los judíos en Medio Oriente se terminó después del fallo catastrófico de otra rebelión entre el 132 y el 136 de nuestra era, esta vez dirigida por Bar Kokhba. 

La destrucción del Templo y el exilio de los judíos fue un acontecimiento traumático. Aún antes de esto muchos judíos vivían en ciudades como Alejandría o Roma y muchos se expandieron por la Europa cristiana tras las huellas de las legiones romanas. Sin embargo, la mayoría de la

judería mundial pasó a vivir en dominios islámicos, no solamente en Mesopotamia sino en Al-Andalus (la España musulmana). 

Grandes cambios demográficos sobrevinieron cuando se completó la Reconquista en la península ibérica y en 1492 los “Reyes Católicos” expulsaron a los judíos de España u obligaron a su conversión forzosa al catolicismo. 

En un proceso más o menos paralelo, la mayoría de los expulsados de España (Sefarad), los sefaraditas, se radicaron bajo el Imperio Otomano (incluyendo los Balcanes) y en la medida en que expulsiones y persecuciones se registraban en Europa Occidental y Central, los judíos fueron inducidos a radicarse en Polonia y Lituania. 

Durante largos siglos una nueva civilización judía se desarrolló en la diáspora. Este nuevo judaísmo no tenía tiempo para desarrollar la pasión suicida de los fanáticos de Masada sino que los judíos europeos cultivaron un ethos de adaptación y supervivencia como minoría en un medio extranjero. 

Ese medio había dejado de lado el paganismo y adoptado el cristianismo – que era originalmente una secta judía que proclamaba la conducción por el Mesías, el Hijo de Dios – que a diferencia del judaísmo procuraba difundir su prédica a toda la humanidad. 

Mientras los judíos esperaban por la llegada del Mesías, lejos de la Tierra Prometida, el cristianismo se expandía o era brutalmente impuesto, a lo largo y a lo ancho de toda Europa y más allá. 

Judíos y cristianos mantenían una relación ambivalente. Para los cristianos, los judíos eran culpables de haber denunciado a Jesús y pedido su crucifixión pero también habían sido testigos de esos hechos cardinales y protagonizado algunos de los casos más críticos de conversión al cristianismo.

Para los judíos, el cristianismo era un falso desarrollo del sectarismo del Segundo Templo, que planteaba un riesgo real a la continuidad de la fe judía, sus tradiciones y comunidad. 

En la vida real, la sociedad cristiana llegó a depender de los judíos para tareas prohibidas a los cristianos – no solamente la usura y el préstamo de dinero – sino que también despreciaba a los judíos como corruptos, impuros y aún demoníacos. 

Los judíos interactuaban con los cristianos en el comercio, artesanías y manufacturas y también en administración inmobiliaria, pero despreciaban a los gentiles considerándolos ignorantes, brutos y mal educados y les temían por su poder y por su capacidad potencial de atraer a los judíos alejándolos de su fe. 

Cuando se producían grandes crisis, como la Peste (la Muerte Negra) durante el siglo XIV, o cuando se produjeron las Cruzadas en los siglos XI al XIII, los judíos eran candidatos a ser masacrados. En otros casos notables, comunidades judías enteras eran expulsadas, como pasó en Inglaterra en 1290 y varias veces en Francia entre los siglos XII y XVI, así como en España en 1492. 

En otras épocas, sobre todo en Polonia, los judíos progresaron como servidores de la nobleza, financistas de los gobernantes o como comerciantes, mercaderes o tenderos en las crecientes ciudades y poblaciones. 

De hecho, en el siglo XVIII aproximadamente el 80% de todos los judíos del mundo residían en la Confederación de Polonia y Lituania. En 1880, los judíos europeos eran el 90% de la judería mundial y después del Holocausto solamente eran el 35%. Para el año 2020 ese porcentaje cayó al 9%. 

El caso de Polonia fue muy especial. Allí los judíos tenían sus propias organizaciones gubernamentales, sus instituciones legales y derechos especiales concedidos por los reyes. En vastas regiones orientales del reino los judíos se beneficiaron de amplios privilegios otorgados por los magnates polacos. 

Los monarcas y nobles polacos procuraban atraer a los judíos a sus dominios concediéndoles ventajas económicas y legales pero esto suscitó un gran resentimiento entre los campesinos y poblaciones cristianas. 

Los judíos a menudo arrendaban o administraban los latifundios de la nobleza (que prefería vivir en las ciudades y no en las remotas comunidades rurales). Los siervos y los campesinos eran regidos por los judíos. En los pueblos y las ciudades en tanto, los judíos eran vistos por los pobladores mayormente cristianos, como competidores en el mismo nicho socioeconómico. 

Para la nobleza polaca los judíos eran esenciales, para administrar sus posesiones y desarrollar la economía en territorios lejanos, como artesanos, manufactureros, comerciantes e intermediarios que vinculaban las aldeas remotas a los mercados locales. 

Esto significaba la existencia de una relación constante entre los judíos y sus vecinos cristianos. La noción del shtetl, como población exclusivamente judía que existía en espléndido aislamiento, fue siempre más un mito o un producto de la imaginación literaria que una realidad social. 

De todos modos, fuera de esos contactos comerciales, los judíos a menudo querían mantenerse apartados y los cristianos frecuentemente preferían permanecer lejos de los judíos. Lo que les mantenía apartados a ambos eran las creencias religiosas y el resentimiento socioeconómico de los cristianos, así como los rígidos límites que establecían las colectividades judías entre ellos y sus vecinos. 

Sin esos límites, los judíos podrían haber terminado como los armenios locales, que cumplían funciones socioeconómicas similares pero que, al ser cristianos, terminaban asimilándose a la población polaca.

Los judíos eran mantenidos aparte y también optaban ellos mismos por mantenerse apartados. Las sospechas y las repugnancias eran tan mutuas como comunes eran las interacciones. “Por cierto, esta no era una relación simétrica; los judíos eran una minoría viviendo en un universo cristiano y la cristiandad, en gran parte, estaba basada en el rechazo teológico hacia el judaismo y los judíos”. 

Además, había un aspecto más oscuro, místico – “por no decir diabólico” – en esta relación. Tan tempranamente como el siglo XII, los judíos empezaron a ser acusados de asesinatos rituales, especialmente en las pascuas. 

“La combinación entre esta acusación como “libelo de sangre” y la asociación de los judíos con el diablo y todo lo sucio, amenazante y antinatural, junto con el resentimiento socioeconómico y las divergencias religiosas, se extendieron hasta el mundo moderno”. 

Esto proporcionaba el combustible para la incitación a la violencia y las ocasionales erupciones de la misma contra las comunidades judías, que servían para desviar la rabia popular contra los gobernantes hacia este habitual chivo expiatorio. 

En tal sentido, los judíos se transformaron en el permanente Otro de la Europa cristiana y llevó a percibir el mundo fuera de la propia comunidad como siempre potencialmente asesino. 

La Ilustración, así como su versión judía, la Haskalah, prometía liberación y emancipación pero también amenazaba con minar los valores centrales y las estructuras sociales que mantenían a la Europa cristiana y a su población judía juntas y separadas desde la desintegración del Imperio Romano. 

La secularización erosionó los principios sociales, culturales y espirituales, que subyacían en las sociedades cristianas y judías y derribó los muros de separación entre ellas, asociados primero y sobre todo con la fe religiosa.

El resultado fue una ansiedad en ambos grupos por mantener su propia fibra moral y su tejido social, así como acerca de los peligros de una interacción sin inhibiciones entre ellos. De este modo, la era moderna permitió a los judíos dejar el gueto y reunirse con el resto de la sociedad pero, al mismo tiempo, trajo al mundo el antisemitismo. 

Este término, acuñado y popularizado especialmente en la década de 1870, difería de la vieja judeofobia en que expresaba una respuesta a la emancipación de los judíos en lugar de la alienación o ajenidad de los judíos y por eso se dirigía contra “la sangre judía” tanto como contra la religión judía. 

En conjunto, la secularización (el desvanecimiento de las prácticas religiosas tradicionales), la emancipación (la concesión de derechos igualitarios a los judíos) y la asimilación (la transformación de los judíos en europeos tanto en su apariencia externa, como en sus normas, convenciones sociales y relaciones) parecían plantear una amenaza para ambos grupos. 

Para los judíos, este nuevo mundo planteaba potencialmente el fin de una identidad judía separada, profundamente arraigada como lo había estado en la colectividad, en la fe y en los límites estrictos en relación con la sociedad cristiana. 

Para los cristianos, las múltiples amenazas de la modernidad – urbanización acelerada; desintegración de la autoridad patriarcal, religiosa y comunitaria; la pérdida de profesiones tradicionales por la industrialización; y la creación de una nueva, empobrecida, regimentada y alienada clase obrera – llegaron a asociarse con el ingreso de los judíos a la tendencia predominante de la sociedad y su dominio de las empresas que la modernización había creado o potenciado, tales como la producción masiva, las cadenas comerciales, los nuevos medios de comunicación y la banca internacional. 

A partir de estos procesos históricos creció una plataforma antisemita para las nuevas organizaciones políticas de la sociedad de masas. Ahora podían conseguir que los nuevos medios impresos difundieran

sus mensajes, a menudo conspirativos (no muy distintos a los que ahora pululan en las redes). 

En la medida en que los nuevos estados nacionales trataban de forjar una identidad nacional a partir del zurcido de diversos grupos étnicos, sociales, linguísticos y religiosos, los judíos jugaban un papel esencial como extranjeros insidiosos que obstaculizaban el camino para moldear 

una nación unificada. 

“Los judíos son nuestra desgracia” era el eslogan acuñado por el historiador y politólogo alemán Heinrich von Treitschke (1834-1896) que se convirtió en el lema de combate del nuevo movimiento antisemita. 

Esos judíos no eran los tradicionales, fácilmente identificables por su atuendo y vestimentas, sino hombres y mujeres que se presentaban y hablaban como el resto de la sociedad pero que ahora, para los antisemitas, bajo esa apariencia se encontraban todos los males del capitalismo y de lo que considerban su enemigo mortal: el comunismo. 

El objetivo de “el judío” – como lo exponía una de las primeras y seguramente de las más exitosas piezas de fake news, titulada Protocolos de los Sabios de Sion – era el dominio del mundo. 

Junto con la adopción de prejuicios e imágenes pre modernas y con las fobias y ansiedades contra la modernidad, apareció un elemento nuevo: “el racismo científico” que intentaba hacer creíble y respetable la división de la humanidad en razas separadas, atribuyendo la superioridad a los “arios” y promoviendo la “higiene racial”, para proteger a las razas superiores. 

El temor a la miscegenación y a transformarse en nativos se desarrolló sobre todo en los países colonialistas, en sus colonias africanas y asiáticas, y sentó las bases para la ideología nazi que surgió desde el fin de la Primera Guerra Mundial. 

En cuanto a los judíos, no solamente se sentían amenazados por el nuevo antisemitismo – que al principio aparecía como un movimiento

marginal y potencialmente efímero – sino también por una crisis de identidad que respondía a muchas causas: la erosión de sus propias colectividades, tradiciones y figuras de autoridad, así como por la creciente porosidad de los límites auto impuestos. 

Esa crisis de identidad tenía mucho que ver con la cuestión de ¿quiénes eran los judíos? ¿Una religión, una raza?, o ¿eran miembros patrióticos que profesaban la fe mosaica en distintas naciones? , o ¿eran heraldos y promotores de una revolución social que terminaría con todas esas categorías? 

Aunque el antisemitismo moderno se convirtió en una plataforma política y en una moda intelectual en su tiempo, también mantuvo mucho de las tradiciones antijudías que se habían acumulado en Europa durante siglos de propaganda teológica e incitación populista al terror – desde las Cruzadas a la Peste, pasando por la rebelión de los cosacos en el siglo XVII y los pogromos salvajes que se destaron durante la desintegración del Imperio Ruso. 

Una de las respuestas al antisemitismo fue el sionismo que nació en una época de creciente etnonacionalismo, es decir la idea de que los grupos étnicos debían formar naciones y esas naciones debían constituirse en Estados. El sionismo concluyó que los judíos no eran solamente una religión o un grupo étnico sino una nación que merecía un autogobierno en un territorio propio. 

Los judíos – sostenía el sionismo – eran un pueblo anormal, que vivía por todos lados como una minoría despreciada que estaba destinada a soportar la violencia de sus vecinos o la asimilación a los mismos. Por lo tanto, no había otra opción que normalizar su existencia en un territorio propio en el cual fueran mayoría. 

En forma similar al antisemitismo, el sionismo también fue producto de los nacionalismos que se desarrollaron en Europa del Este y Central a fines del siglo XIX y adoptó muchos de los atributos de tales nacionalismos. Simultáneamente, era una respuesta contra esos nacionalismos y el nuevo antisemitismo que apuntaba, precisamente,

contra aquellos judíos que deseaban formar parte de la sociedad europea e incorporarse a la nación en la que vivían. 

Si a los judíos se les designaba como la desgracia de naciones recientemente unificadas, como Alemania, entonces era mejor que ellos crearan su propio y exclusivo Estado-nación concluían los sionistas. 

Para comprender los orígenes y la puesta en práctica del Holocausto así como para desvelar la retórica actual sobre antisemitismo y su relación con el Estado de Israel, es imprescindible abordar la historia del pensamiento antijudío. Muchos argumentos se han manejado en los últimos ochenta años acerca del papel del antisemitismo en el genocidio que cometieron los nazis contra los judíos. 

Bartov sostiene que hay quien ha dicho que el Holocausto fue la culminación de los odios de vieja data y esa es la concepción más común actualmente en las discusiones públicas. Otros han relegado al antisemitismo a un papel marginal, señalando que había países mucho más antisemitas que Alemania antes de que el nazismo llegara al poder y que la ejecución de la “solución final” fue el resultado de una peculiar dinámica institucional del Tercer Reich más que el resultado de un imperativo ideológico determinado. 

También se ha sostenido que mientras que Hitler estaba obsesionado con los judíos, esta no fue la razón por la que él se ganó el apoyo del pueblo alemán; sin embargo, una vez que llegó al poder, el régimen se dedicó a una intensa propaganda antisemita que alentaba el apoyo a sus políticas raciales de remover, primero del Reich y de los territorios conquistados, a todos los judíos y finalmente a su exterminio. 

En el interior de Alemania, el nazismo procuró ahorrarle a su población los aspectos más brutales de la “solución final” por temor a que la opinión pública se volviera en su contra. 

Eso es parcialmente cierto, porque la población alemana sabía que algo terrible estaba sucediendo y como pasó con lo que acontecía en el Frente Oriental se reaccionaba con indiferencia ante las persecuciones

y los crímenes. Esa indiferencia después se transformó en pavor y miedo cuando llegó el Ejército Rojo. 

En el Este de Europa ocupada las circunstancias eran distintas: la población local no solamente sabía de las atrocidades sino que fue exitosamente movilizada para asistir en la matanza y de este modo se facilitó mucho el asesinato masivo cometido por las muy estiradas fuerzas alemanas (que combatían en el frente y debían dejar a los colaboradores locales o a los policías de los Einsatzgruppen la función genocida en la retguardia). 

En Europa Occidental la matanza fue menos visible pero allí también los alemanes encontraron gran número de voluntarios colaboradores entre los policías y los integrantes de los aparatos burocráticos de los distintos países ocupados o aliados del Eje. 

En parte, la colaboración fue funcional a la adaptación hacia el ocupante pero, en lo relativo a las políticas antijudías, también reflejó un deseo de librarse de los judíos locales y, en el caso de Europa Occidental, de deshacerse especialmente de los inmigrantes judíos y de población refugiada que había conseguido huir antes de Alemania y Austria. 

En los últimos años, algunos especialistas han aducido que el Holocausto fue una aplicación al interior de Europa de políticas coloniales de exterminio o como un elemento en el gran impulso colonialista del Tercer Reich en Europa del Este. 

Desde estas dos perspectivas – sostiene Bartov – el papel del antisemitismo puede aparecer como menos relevante o puede integrarse en una argumentación más general acerca del papel del racismo en las dinámicas eliminacionistas. 

Sin embargo, la amplia participación de las sociedades europeas en varios aspectos del asesinato masivo de judíos parece indicar que tanto el antisemitismo moderno como sus profundas raíces premodernas jugaron un papel en la implementación de la “solución final”.

Desde luego, el Holocausto puede ser entendido como una manifestación extrema de racismo o de las políticas raciales nazis contra muchos grupos pero dichas políticas se aplicaron en forma más consistente contra los judíos. Por ejemplo – señala Bartov – los nazis asesinaron a millones de rusos como subhumanos aunque trabajaron con los fascistas croatas que eran eslavos y organizaron una división completa de las Waffen SS con ucranianos que también eran eslavos. 

Aunque el argumento del historiador es consistente hay que destacar que los nazis se favorecieron con la colaboración de fascistas eslavos no porque su eslavofobia no fuera fuerte sino por necesidad, el estiramiento de sus fuerzas requería no ser remilgados y aceptar de buena gana a esos socios menores. La contradicción 

nazismo-comunismo era en suma más fuerte que la de arios-eslavos. 

La relativa facilidad con la que los nazis establecieron e implementaron el genocidio de judíos en numerosos Estados y naciones, incluyendo a muchas que nunca adoptaron el nazismo o el fascismo pero que tenían su propias tradiciones antisemitas, sugiere que el Holocausto no puede 

ser descripto simplemente como otro genocidio colonial y que el antisemitismo no puede ser considerado como marginal. Lo de la “descripción simple” que aduce Bartov da para profundizar, no para controvertirlo sino para complementarlo. 

Bartov reconoce que en el exterminio de los judíos intervino fuertemente el hecho de que se les identificaba con los bolcheviques, con los comunistas, que eran en realidad el enemigo mortal del fascismo y el nazismo. Seguramente el anticomunismo fue uno de los ingredientes fundamentales del Holocausto y el principal en la guerra de aniquilamiento que los nazis emprendieron contra la Unión Soviética. 

DESPUÉS DEL HOLOCAUSTO: DE LÍDICE A TANTURA 

Para muchos judíos que habían hecho suyo el mensaje de la Ilustración, la emancipación y la creciente asimilación se volvió contra ellos y no solamente bajo el nazismo. No todo empezó con la llegada de Hitler al poder. La Primera Guerra Mundial ya había demostrado a los judíos

cuan poderoso era el antisemitismo en las mentes de muchos de sus compañeros de armas y como podía desplegarse en los altos rangos militares y políticos. Al final de este ciclo que se extendió desde el último tercio del siglo XIX hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, muchos judíos pensaron que las nociones de emancipación y asimilación habían muerto junto con los millones de asesinados. 

Las mayores comunidades judías en la Unión Soviética, los Estados Unidos e Israel, desarrollaron diferentes versiones de la identidad y de la existencia judía post-Holocausto. Además de recibir a muchos sobrevivientes del Holocausto, Israel absorbió a gran cantidad de judíos de Medio Oriente y del Norte de África, que debieron abandonar sus hogares, en parte a causa de la hostilidad local que se produjo por el establecimiento de Israel y la Nakba. 

Para muchos sobrevivientes del Holocausto, especialmente los jóvenes, el sionismo parecía ser la senda natural para comenzar una nueva vida después de la destrucción de sus familias y comunidades. La organización judía que operaba en Palestina mandó emisarios a los campamentos europeos de personas desplazadas (millones en la inmediata posguerra) para difundir el mensaje sionista y reclutar hombres y mujeres jóvenes para trabajar y luchar en el nuevo Estado. 

Muchos países europeos recién liberados del nazismo apoyaron al sionismo como una forma de compensación por los “años oscuros” de la ocupación y el colaboracionismo pero también les venía bien verse librados de miles de personas desplazadas y ayudaron a romantizar la “resurrección judía” en la Tierra Prometida. 

Como los Estados Unidos no admitieron plenamente el ingreso de inmigrantes judíos hasta 1948, la migración a Palestina parecía la opción más viable aunque los británicos se oponían y bloquearon barcos que los llevaban. 

Unos 30.000 de estos sobrevivientes fueron rápidamente reclutados por la Haganá, que se transformaría en las Fuerzas de Defensa de Israel

(FDI), combatieron en la guerra árabe-israelí de 1948 y fueron casi la mitad de las bajas que se produjeron entonces. 

Aunque Bartov no lo refiere en esta oportunidad, hay que recordar que muchos de esos sobrevivientes del Holocausto, por ejemplo los que integraban la Brigada Alexandroni de las FDI cometieron crímenes de guerra equiparables a los de los nazis. 

Fue el caso de Tantura, una pequeña aldea de pescadores palestinos, cercana a Haifa. En 1948, tras la creación del Estado de Israel, cientos de aldeas palestinas fueron despobladas, en el proceso que los palestinos denominan la Nakba, marcada por desplazamientos forzados, violencia y pérdida. 

Tantura, la aldea pesquera sobre el Mediterráneo, es el título de un documental del director israelí Alon Schwarz (2022). La película se refiere al asesinato masivo de civiles palestinos, sobre todo los hombres jóvenes, que cometieron las tropas de la Brigada Alexandroni tras ocupar la aldea. 

Estas acusaciones surgieron principalmente del trabajo de Teddy Katz, un estudiante de posgrado de la Universidad de Haifa que, en la década de 1990, presentó una tesis de maestría basada en 140 horas de entrevistas grabadas con veteranos israelíes y residentes palestinos. Su investigación sugería que entre 200 y 250 hombres de Tantura fueron ejecutados tras la ocupación de una aldea donde no hubo combates (hay mapas que indican las fosas comunes en que fueron sepultados los asesinados a sangre fría; las fosas fueron ocultadas bajo una playa de estacionamiento). 

La tesis de Katz desató una tormenta de controversia en Israel. Veteranos de la Brigada Alexandroni lo demandaron por difamación, lo que llevó a Katz a retractarse parcialmente de sus afirmaciones bajo presión, aunque luego reafirmó su investigación. Su trabajo fue desacreditado, su título académico fue revocado y su carrera quedó destruida.

Sin embargo, las grabaciones de sus entrevistas permanecieron, y es aquí donde Alon Schwarz se basó para producir Tantura. El director, un exoficial de inteligencia militar y empresario tecnológico convertido en cineasta, utilizó esas grabaciones como una herramienta central para reabrir el caso y explorar no solo lo que ocurrió en Tantura, sino también por qué la Nakba sigue siendo un tema tabú en la sociedad israelí. 

Según un palestino sobreviviente los israelíes rodearon la población y se llevaron aparte a grupos de hombres, sin que se supiera qué suerte correrían. El último grupo era de unos cuarenta hombres. Uno de los que se llevaron los era Taha Mahmud al-Qasim, que regresó más tarde y contó que un judío había preguntado al grupo: «¿Quién habla hebreo?». Cuando Taha respondió «yo», el judío dijo: «Mira cómo mueren y ve a contárselo a los demás». Después, pusieron a los otros hombres contra un muro y les dispararon. 

En la actualidad, sobre las ruinas de la antigua aldea se alzan dos kibbutz y un complejo recreativo privado con el mismo nombre. 

Desde la perspectiva sionista, el Holocausto era la prueba final – y en su época incontrovertible – de la necesidad de un Estado-nación judío.Las grandes masas de judíos que los sionistas habían esperado llevar a Palestina para ser una enorme mayoría en el nuevo Estado, no existían pues habían sido asesinados por los nazis. 

La población indígena de Palestina, que paulatinamente había llegado a percibirse como un pueblo que se merecía tener su propio Estado, resistía en forma creciente la ocupación de las tierras por los sionistas, que se hacía bajo una consigna evidentemente falsa, la de traer pobladores desde el exterior para “un pueblo sin tierra para ocupar una tierra sin pueblo”. 

La guerra árabe-israelí de 1948 resultó en la creación de un Estado con mayoría judía por otros medios distintos que la decuplicación de la inmigración: sino por la expulsión violenta de la mayoría de la población palestina del Estado judío.

Se suponía que Israel sería la solución de “la cuestión judía” de una vez y para siempre. Un Estado donde los judíos tendráin soberanía, seguridad y prosperidad, formando parte de la comunidad internacional como integrantes normales. 

La normalización de la existencia haría que ya no se ocuparan como se alegara de de la administración de capitales, de préstamos y usura, desconectados de la tierra en la que vivían, sino que se convertirían en campesinos y soldados, policías y obreros de la construcción, una nueva especie de judíos, saludables en cuerpo y alma, los Sabras. 

De hecho, Israel nunca resolvió los problemas que condujeron a su nacimiento. Al deshacer dos milenios de exilio – sostiene Bartov – Israel nunca consiguió normalizar la existencia judía como lo deseaba el sionismo. Al pretender crear un Estado de mayoría judía a cualquier precio, creó un enorme problema de refugiados palestinos cuya existencia se niega a reconocer. 

Al comprometerse a salvar a los judíos de futuras amenazas existenciales, el sionismo creó un Estado que arraiga su propio sentido de identidad en su afirmación de que vive, precisamente, bajo ese tipo de riesgo existencial que es el resultado en gran parte de la misma política que intentaba removerlo. 

Además, habiendo tenido mayoría judía durante las dos primeras décadas de su existencia, su ambición por hacerse de territorios adicionales (el Eretz Israel, el gran Israel basado en especulaciones bíblicas, que abarcaría el Líbano, parte de Siria, parte de Irak y la totalidad de Cisjordania, por lo menos), se transformó después de la guerra de 1967 en un país con la mitad de su población integrada por palestinos, ninguno de los cuales con plenos derechos y la mayoría de ellos sin derecho alguno. 

Para los palestinos, aún para los que reconocían los peligros que corrían los judíos en Europa y el impulso consiguiente para procurar un refugio seguro, cada etapa en los éxitos del sionismo desde fines del siglo XIX hasta el establecimiento del Estado de Israel fue vista como un

riesgo existencial creciente para su forma de vida y su identidad nacional. 

Los levantamientos que los judíos percibieron como asonadas, en Jerusalén y Jaffa en 1920 y 1921, en Hebrón y en todo el país en 1929, como un esfuerzo mayor y eventualmente exitoso para obligar a los británicos a revertir su compromiso con hogar nacional judío en el levantamiento de 1936, los palestinos los vieron como una serie de intentos desesperados para proteger sus tierras de una apropiación colonial bajo la protección del mayor imperio del mundo. 

Sin una conducción, una organización, una financiación y conexiones internacionales como las que tenían los sionistas, los palestinos terminaron como perdedores, aún cuando los sionistas se percibían a si mismos como una minoría asediada y el último remanente de un pueblo perseguido y exterminado en sus lugares de origen. Esta fue la historia de una tragedia que generó y perpetuó otra tragedia. 

Por esas razones, al haber procurado un hogar seguro para los judíos de todo el mundo, Israel se ha vuelto el punto más inseguro del mundo para los judíos, con el deseo de los palestinos de regresar a sus hogares y el testarudo rechazo de Israel a compartir la tierra, como cerno de una violencia sin fin. 

Después de haberse proclamado como la respuesta definitiva al antisemitismo, Israel es ahora la mejor excusa para los antisemitas de cualquier lado, por ser una nación cuya adicción a la violencia y a la opresión, su recurso a su gran poder y su apoyo financiero, y el constante recurso a los horrores del Holocausto como excusa para una violencia sin límites contra los palestinos, hacen que aún sus partidarios más tenaces se estremezcan con incomodidad, horror o disgusto. 

Más aún, precisamente por su imagen auto promovida como respuesta justiciera al Holocausto, Israel no puede aceptar su responsabilidad en la injusticia de la Nakba y la ocupación, “percibe cualquier crítica sustancial de sus políticas y ni que hablar de la manera en que fue creado, como un detrimento de su derecho mismo a existir y como un servicio al fundamento de antisemitismo moderno”.

En los años previos al 7 de octubre del 2023, el gobierno israelí había desarrollado una política con múltiples objetivos simultáneos, destinada a reforzar sus esfuerzos para crear asentamientos, aumentando la supresión de palestinos, tanto en los territorios ocupados y en el mismo Israel y presionando a gobiernos extranjeros para prohibir o estigmatizar pronunciamientos anti israelíes como antisemitas. 

Este esfuerzo alcanzó el éxito en el parlamento (Bundestag) alemán en el 2019 cuando este adoptó una resolución contra el movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) y adoptó la definición de antisemitismo 

del IHRA. Aún más crucial fue la orden ejecutiva sobre antisemitismo que adoptó Trump. 

Independientemente de que algunos integrantes de la derecha israelí realmente crean que limitar la política expansionista implica un riesgo existencial, el Estado ha efectuado internamente un gran esfuerzo para persuadir a su población de que cualquier concesión a los palestinos significaría el fin de Israel. 

El sentimiento siempre presente en el público israelí de que en lo fundamental “todo el mundo está contra nosotros”, que en muchos sentidos es la contracara del discurso antisemita, creó una retórica que ha crecido mucho después de la masacre de Hamas y la campaña de aniquilamiento de Israel en Gaza. 

Bartov atribuye la penetración de esa retórica en los Estados Unidos, al hecho que desde la década de 1980, el Holocausto se ha convertido en un punto focal para las jóvenes generaciones de judíos en todo el mundo. Muchos de ellos ni siquiera conocen las tradiciones, la religión o la historia judía, pero tienden a definirse como descendientes de víctimas del Holocausto y como víctimas potenciales de otra catástrofe anti judía. 

Los aspectos de esta forma de pensar reflejan lo que el historiador Salo Baron señaló como “la concepción lacrimógena de la historia judía” que precede al Holocausto por varios siglos. Esta concepción ha permitido estrechar filas para preservar la existencia pero también ha generado la enemistad de sus vecinos. En este sentido, no es el antisemitismo que

existe actualmente en su versión moderna el que conecta a los judíos hoy en día sino más bien la subsistencia de una relación de larga data entre los judíos y su entorno, bajo la premisa de la percepción de una catástrofe pasada y futura. 

“Esto no quiere decir – afirma Omer Bartov – que la realidades del presente no sean significativas. Desde el Holocausto, los pronunciamientos antisemitas, así como las alegaciones de antisemitismo, invariablemente asociadas con “la solución final”, han llegado a jugar un papel importante en la política contemporánea. Este es, especialmente, el caso cuando se considera la relación entre Israel y el antisemitismo. Precisamente porque la cosmovisión del sionismo fue el producto de las mismas ansiedades acerca del impacto del antisemitismo, su principio fundamental es que ofrece la única respuesta posible a ese odioso sentimiento e ideología”. 

Partes de esta argumentación (el Estado de Israel o Estado de los Judíos para salvarse de la extinción, la asimilación o el asesinato masivo) ha sido internalizada por un gran número de judíos en todo el mundo, incluyendo a los que jamás considerarían emigrar a Israel. Muchos judíos que viven fuera de Israel tienen una percepción rudimentaria del sionismo como componente esencial de su identidad y un refugio seguro en tiempos de crisis y emergencia. 

La asociación entre el ataque de Hamas del 7/10/2023 con el aniquilamiento (“la mayor masacre de judíos desde el Holocausto”) tiene que ver con esto. También lo tiene el sentimiento entre muchos judíos de que otra vez las víctimas judías son presentadas como culpables de su propio aniquilamiento, toda vez que los críticos presentan a la ocupación de los territorios palestinos como la causa de fondo del ataque de Hamas y la respuesta de las FDI como genocida. 

Sin embargo, esto no basta para aclarar porqué las afirmaciones sobre “un feroz resurgimiento” o “una ola sin precedentes” de antisemitismo han sido aceptadas en forma acrítica en los Estados Unidos y en Europa, a pesar de la ausencia de evidencias sustanciales.

Tampoco explica porqué ha habido aquiescencia a la violencia policial contra las universidades estadounidenses, convocada por sus autoridades contra sus propios estudiantes, lo que ha producido un claro efecto de temor y un deterioro de la libertad de palabra y de la libertad de cátedra que puede ir mucho más allá del caso de Israel o Palestina.

Por Lic. Fernando Britos V

 

 

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