(Parte III Aquí)
Como se usa El Holocausto según Bartov (IV)
Reseñando el último libro del historiador israelí Omer Bartov: Israel What Went Wrong? (lanzado en los Estados Unidos el 21/4/2026) llegamos a algunos temas fundamentales, a saber: el uso del Holocausto e Israel, el antisemitismo y la justificación del genocidio en Gaza. Estos asuntos fueron abordados en la introducción de la obra pero ahora el autor profundiza para comprender la situación actual, evitar el genocidio y apuntar a una salida que aleje al planeta del abismo de una guerra nuclear.
Bartov es uno de los más reconocidos, sino el más reconocido, de los estudiosos mundiales sobre el Holocausto, y señala que, precisamente, este terrible episodio, que la Alemania nazi y sus colaboradors llevaron a cabo en Europa hasta hace 80 años, ha cobrado últimamente un papel más destacado en el discurso público pero no como una remembranza del pasado sino como una advertencia imperiosa.
Omer Bartov sobre antisemitismo y sionismo (III) //El segundo capítulo de la obra de este reconocido estudioso del Holocausto y de la Segunda Guerra Mundial se titula “Antisemitismo y Sionismo” y es fundamental para comprender fenómenos que nos afectan en el Uruguay y dificultan la búsqueda de soluciones para superar las campañas de odio y justificación desatadas, en todo el mundo, bajo el fantasma del “ascenso del antisemitismo”. Desde mucho antes del 7/10/2023 y la masacre perpetrada por Hamas así como el ataque a Gaza por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) que se produjo a continuación, los múltiples críticos de Israel en todo el mundo enfrentaban acusaciones de antisemitismo. A jóvenes y humanistas, judíos y gentiles – muchos de los cuales habían sido criados bajo un amor incondicional por Israel y habían idealizado al país – se les decía que les motivaba el antisemitismo (y en el caso de aquellos que eran judíos se les decía que eran víctimas del odio a si mismos). “El vínculo entre el rechazo a las décadas de ocupación de tierras y opresión de millones de palestinos y el supuesto antisemitismo se había construido en Israel y después había sido exportado a Europa y los Estados Unidos – dice Omer Bartov – envuelto en el alegato subyacente de que las naciones de todo el mundo, que se habían mantenido al margen mientras seis millones de judíos eran asesinados, no tenían derecho a criticar al Estado judío que luchaba puramente por su supervivencia”.
Muchos judíos en todo el mundo y la mayoría de los israelíes – afirma Bartov – creen que hay una ola creciente de antisemitismo y que es legítimo referirse a Hamas como si fuera un equivalente de ISIS o al-Qaeda o aún de los nazis.
En este contexto, preparado por décadas de desinformación, manipulación y propaganda sionista, las manifestaciones a favor de los palestinos, o las críticas a la ocupación militar y colonización por parte de Israel de territorio palestino y sobre todo la destrucción de Gaza, son presentadas como antisionistas o antisemitas.
En tal sentido los ataques más virulentos y disparatados van dirigidos contra los judíos que se oponen al genocidio que lleva a cabo Israel y se llega a considerarlos como gentes “que se odian a si mismos” o que están “a sueldo de Hamas”.
En semejante contexto también se usa el Holocausto para justificar la violencia contra los palestinos y se produce una percdpción creciente a nivel mundial de que el sionismo es una ideología racista y colonialista,
de modo que Israel es un Estado ilegítimo y genocida que debe ser radicalmente transformado o enteramente desmantelado.
Por un lado se escuchan llamados de extremistas judíos en el sentido de establecer un Estado jaredí desde el Jordán hasta el Mediterráneo – o sea una versión religiosa del sionismo secular cuyo objetivo es un gobierno de mayoría judía absoluta de todo el antiguo Mandato Británico de Palestina (1920-1948).
Del otro lado provienen demandas para liberar Palestina, desde el Jordán hasta el mar, posiblemente para crear un Estado binacional, pero potencialmente para realizar la plataforma de Hamas, que procura el establecimiento de un Estado islámico en ese mismo territorio. Ninguna de esas visiones extremas deja lugar para una salida diferente.
En otras palabras – dice Bartov – el alegato de intento de genocidio por una parte parece legitimar el intento de genocidio por la otra parte, todo en nombre de la liberación, la autodeterminación, la justicia y la dignidad. Por esto es esencial considerar algunas cuestiones fundamentales en relación con el uso y el abuso del Holocausto, como acontecimiento histórico. ¿Fue único el Holocausto? y si lo fue ¿qué podemos aprender de él?
Sobre todo afirma el autor, una mejor comprensión del Holocausto, el antisemitismo y el genocidio debe ayudarnos, no solamente a percibir la crisis actual en Israel y Gaza más claramente sino también a trabajar por un nuevo camino de justicia para todos.
El consenso académico coloca al asesinato masivo de judíos por los nazis en el contexto de una serie de genocidios modernos, que comienzan tal vez con el exterminio de los pueblos herero y nama el África Sudoccidental Alemana (actual Namibia), en 1904. Asimismo se incluye la violencia colonial e imperial – como el genocidio de los armenios, en 1915, por el Imperio Otomano y los asesinatos masivos en el Congo Belga del Rey Leopoldo – antes de la Primera Guerra Mundial.
En la historiografía judía, el Holocausto ha sido contextualizado como culminación de una larga historia de violencia antijudía, cuya manifestación previa más inmediata fueron los pogromos masivos durante la desintegración del Imperio Zarista.
Para los historiadores, el carácter del Holocausto como fenómeno único es, al mismo tiempo, una verdad y una contradicción, porque ningún acontecimiento histórico es precisamente idéntico a otro y por otra parte ningún acontecimiento ocurre fuera de un contexto que solamente puede comprenderse buscando sus raíces, comparándolo con acontecimientos similares y evaluando sus relaciones con otros desarrollos simultáneos.
Al presentar un hecho histórico como si fuera único se lo extrae de la historia y se lo coloca en la metafísica, un área en la que los historiadores no se sienten cómodos. Por cierto, hoy en día, la mayoría de los historiadores admite que el Holocausto tuvo algunas caracteríasrticas únicas (campos de exterminio, vasto alcance geográfico e internacional, burocratización del genocidio) pero, al mismo tiempo, se inscribe en una trayectoria histórica peculiar, al margen de la cual no puede ser entendido.
Desde el punto de vista de la política contemporánea, la afirmación retórica acerca del carácter único del Holocausto se promueve en Israel – y por ende entre muchos judíos por el mundo – y en Alemania. Bartov señala que en este libro no analizará en profundidad las razones por las que en Alemania se insiste en la unicidad del Holocausto pero advierte que las élites intelectuales y políticas de ese país mantienen un justificado orgullo por haber zanjado la cuestión del “pasado nazi” que, tanto a nivel internacional como doméstico, ha tenido un precio político.
USO DEL HOLOCAUSTO EN ALEMANIA
Aparte de las condicionantes, que sobre la política internacional de Alemania han tenido y tienen los crímenes cometidos por el país en el pasado – por ejemplo limitando su capacidad para reconocer y responder a las malas acciones de otros actores – las actitudes
alemanas hacia Israel son mucho más elocuentes y resonantes en la escena mundial.
Aún antes del 7/10/2023, Alemania insistía en ser una firme defensora de Israel. En tal sentido calificó a los críticos de Israel como antisemitas y la antigua Canciller Ángela Merkel llegó a decir que la responsabilidad por el Holocausto era “parte de la identidad nacional” de su país y que la seguridad de Israel era una Staatsräson o razón de estado para Alemania.
Ahora bien, de acuerdo con la Oficina Federal de Estadísticas, en el 2023, más de 16 millones de personas, el 19% de la población alemana son inmigrantes y otros cuatro millones (casi el 6%) son descendientes directos de inmigrantes mientras que un millón adicional tiene por lo menos un padre o madre inmigrante. Esto quiere decir que más del 20% de la población se remonta personalmente a una historia enteramente diferente. Muchos provienen del sureste de Europa, de Siria y de Turquía, incluyendo 5,5 millones de musulmanes.
Sin embargo, la política alemana para la integración de los recién llegados insiste en que deben aceptar un aspecto cardinal de la identidad del país posterior a 1945, es decir, su responsabilidad por el Holocausto. Es por esto que hay quien ha dicho que el orgullo alemán por haber afrontado al Holocausto tiene una consecuencia perversa: le evita al Estado la necesidad de tolerar sus múltiples nuevos “otros”.
En la medida en que el rostro de Alemania cambia, su adhesión a una identidad nacional basada en el Holocausto puede volverse un obstáculo para la solidaridad social en lugar de ser un instrumento para crear una nación pos nazismo.
Pero hay otro asunto que vale la pena mencionar. A fines de diciembre del 2023, Sudáfrica presentó una acusación por genocidio contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ). Después de deliberar durante varias semanas, la Corte ordenó a Israel “tomar todas las medidas en su poder” para prevenir actos de genocidio en Gaza y
produjo una serie de medidas provisionales basadas en la posibilidad de que un genocidio estuviera ocurriendo o pudiera ocurrir.
En marzo del 2024, ante el deterioro de las condiciones humanitarias en Gaza, Sudáfrica elevó otra urgente solicitud a la CIJ requiriendo medidas adicionales. El 12 de enero, Alemania rechazó las acusaciones de genocidio formuladas por Sudáfrica, advirtió contra la “instrumentalización” de la acusación y anunció que intervendría como tercera parte para apoyar a Israel ante la CIJ .
Al día siguiente, Namibia denunció a Alemania por hipocresía, citando el genocidio que las tropas alemanas perpetraron en su país hace más de un siglo, crímen por el que el gobierno alemán no se ha hecho plenamente responsable. De hecho, Alemania reconoció su responsabilidad por el genocidio solamente en el 2021 y la forma en que se distribuirían las reparaciones que acordó pagar no han sido resueltas.
Por añadidura, el 2 de marzo, Nicaragua acusó a Alemania ante la CIJ por proporcionar equipos militares a Israel y, al mismo tiempo, dejar de aportar a la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (United Nations Relief and Works Agency for Palestine Refugees in the Near East, UNRWA por su acrónimo en inglés) una organización que proporciona ayuda para la educación, la salud, los servicios sociales y las emergencias, a más de cinco millones de refugiados palestinos que viven en condiciones muy precarias, en Jordania, Líbano, Siria, Cisjordania y la Franja de Gaza, después de haber sido expulsados o haber huído de sus hogares en 1948.
El papel de la UNWRA es fundamental porque es la mayor agencia encargada de aliviar la catástrofe humanitaria en Gaza. Israel ha acusado a varios integrantes de la Agencia de haber participado en la masacre del 7 de octubre pero nunca ha presentado pruebas e investigaciones independientes señalan que no existe relación alguna entre la UNWRA y Hamas.
La convicción de Alemania sobre la unicidad del Holocausto del cual se deriva su compromiso especial con Israel, ha puesto a este país en una situación moralmente criticable: durante mucho tiempo ha negado sus crímenes coloniales del pasado y sigue negando la culpabilidad de Israel en la destrucción de Gaza, incluyendo el asesinato y la muerte por hambre de decenas de miles de civiles palestinos.
USO DEL HOLOCAUSTO EN ISRAEL
Varios historiadores han demostrado que, en el caso de Israel, el Holocausto no fue al principio la ubicua referencia en que se transformaría más tarde. La actitudes públicas y educativas temparanas tendían a marginar a la Shoah como una parte vergonzosa y molesta de la historia judía y como un obstáculo para la creación de una nueva generación de orgullosos y valientes “nuevos judíos” en la Tierra Prometida.
Durante algún tiempo el foco se centraba en “los combatientes del gueto” que parecían haber sido la excepción al manido relato de que las masas judías fueron “como ovejas al matadero”. A pesar del impacto del juicio de Adolf Eichmann en Israel, en 1960, esta actitud solamente empezó a cambiar recién en 1980, entre otras cosas como reacción a la guerra de 1973, que por un breve lapso pareció una amenaza de aniquilamiento, y con el subsiguiente ascenso al poder del partido derechista Likud de Menachem Begin, en 1977.
Desde entonces el nuevo enfoque ha predominado de modo que la identificación y asociación con el Holocausto se ha transformado en un mecanismo de integración y solidaridad social entre los seculares y los religiosos, entre las comunidades Ashkenazis (judíos de Europa Central y Oriental, con tradiciones, lengua y cultura propias) y Mizrahim (judíos originarios del Medio Oriente, el Norte de África y parte del Asia central), entre los viejos y los jóvenes.
Desde esta perspectiva, el Holocausto es visto desde Israel no solamente como el acontecimiento que hizo posible la creación del Estado como una necesidad innegable y urgente sino que ha hecho de
este Estado una entidad única que opera bajo sus propias reglas y designios.
Bajo esta óptica, el Holocausto liberaría a Israel de cualquier compromiso con la comunidad internacional y le permitiría hacer su voluntad sin que ninguna nación pueda poner objeciones, debido a que “ellas” se mantuvieron al margen mientras los judíos eran asesinados en Europa.
Al mismo tiempo – asegura Bartov – la centralidad del Holocausto en la vida pública, la política y la educación israelí ha sustentado la solidaridad nacional en el miedo y la ansiedad acerca de lo que podría suceder. Esta base en el temor constante impide que la solidaridad se apoye en la mejora de la vida individual y colectiva.
La opresiva experiencia del miedo puede explicar varias antinomias: el cambio entre la obsesión por viajar a otros países como forma de librarse de las limitaciones de un pequeño país permanentemente amenazado y la fobia de que “todo el mundo está contra nosotros”; la insistencia en que la sociedad israelí es abierta y tolerante y la visión acerca de los palestinos y otros árabes, así como de los opositores políticos domésticos, como pasibles de ser totalmente destruidos; entre la afirmación de que las FDI son “el ejército más moral del mundo” y la concepción de que los militares son la herramienta despiadada de destrucción, con permiso “para hacer lo que sea” para eliminar al enemigo.
Por lo tanto, la tesis acerca del carácter único del Holocausto, además de ser incorrecta, tiene un precio. Por ejemplo, la ubicuidad por todos lados en Europa, después del fin de la guerra, de la consigna “nunca más”. Naturalmente esto tiene que ver con de que se habla cuando nos referimos a que nunca más debe ocurrir.
Si se trata del Holocausto es una aspiración de fácil cumplimiento dado que como acontecimiento histórico, aunque por cierto no como trauma personal y colectivo, ya es pasado y en la medida en que la historia no
se repite con exactitud no hay peligro de que aquel particular Holocausto vuelva a producirse.
Sin embargo, hay otras formas de interpretar la consigna del “nunca más”. Si como muchos judíos y seguramente el Estado de Israel entienden que significa “nunca más otro genocidio de judíos”, se puede decir que se ha cumplido, aunque el temor de que pudiera ocurrir ha tenido varias repercusiones políticas.
De hecho – dice Bartov – la fundación del Estado de Israel se suponía que serviría como garantía de que un genocidio judío jamás volviera a ocurrir. Esta fue una de las razones por las que, inmediatamente después del Holocausto, la comunidad internacional apoyó la creación de Israel aunque irónicamente se convirtió en el lugar menos seguro para los judíos después de 1945 y produjo otro Holocausto que está teniendo lugar. Tal suposición se ha transformado en el motivo y herramienta de la política nacional, así como un instrumento para conformar la mentalidad de sus ciudadanos.
LOS CRÍMENES Y LOS ORGANISMOS INTERNACIONALES
Como han señalado voces de sobrevivientes como Primo Levi y Jean Améry, si el “nunca más” se refiere a “nunca más genocidio” aún permite el asesinato masivo de cualquier población debido a la identidad que le atribuyan los perpetradores. Por ende se vuelve inválido, como se ha visto en los numerosos genocidios, asesinatos masivos y crímenes de lesa humanidad cometidos desde 1945 (basta mirar lo sucedido en el Cono Sur de Latinoamérica durante la década de 1970).
Es interesante señalar – sostiene Bartov – que esta consigna de “nunca más genocidio” fue la que se inscribió en el derecho internacional cuando, en 1948, las Naciones Unidas aprobaron la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, que se volvió obligatoria cuando un número suficiente de naciones la aprobó en 1951.
Durante décadas la Convención no se aplicó debido a la Guerra Fría. Solamente después del colapso de la Unión Soviética – que para
algunos suponía “el fin de la historia” – y debido a dos genocidios mayores que se sucedieron entonces la Convención reapareció en el escenario mundial: el Tribunal Internacional para los Crímenes en la antigua Yugoslavia (TICY) y el Tribunal Internacional para los Crímenes en Ruanda (TICR).
La Corte Internacional de Justicia (CIJ), creada en 1945 como parte de la estructura de las Naciones Unidas, fue concebida para entender en disputas entre estados y para asesorar legalmente a la Asamblea General.
En este caso, también pasó mucho tiempo antes de que la Corte abordara casos de genocidio. En el 2019 entabló procedimientos contra Myanmar por el genocidio de los rohingya como lo solicitara Gambia y en el 2022 emitió medidas provisionales contra Rusia tras una reclamación de Ucrania. En el 2024 emitió exigencias provisionales a Israel sobre su guerra en Gaza, en respuesta a las denuncias de Sudáfrica.
Además existe la Corte Penal Internacional (CPI) o Tribunal Penal Internacional (TPI) que es un tribunal de justicia internacional de carácter permanente que se rige por el Estatuto de Roma (1998). Su misión es juzgar a las personas acusadas de cometer crímenes de genocidio, guerra, agresión y lesa humanidad. Tiene su sede en la ciudad de La Haya (Países Bajos). Israel, los Estados Unidos y un pequeñísimo número de países votaron en contra del establecimiento de este organismo.
Sucede que el Estatuto de Roma define como un crimen de guerra “la acción de transferir poblaciones en territorios ocupados” lo que abarcaba los proyectos de colonización y expulsión de los palestinos en los territorios ocupados por Israel que son una violación flagrante del derecho internacional.
Después de algunos devaneos, Israel y Estados Unidos (en el 2002), Sudán (en el 2008) y Rusia (en el 2016) declararon que no pertenecían al organismo y por ende no estaban legalmente obligados a acatarlo.
Estas notificaciones no evitaban que ciudadanos de esos países pudieran ser acusados por la comisión de crímenes establecidos en el Estatuto de Roma si los tribunales de sus países no pudieran o no quisieran juzgarlos, especialmente si los crímenes fueran cometidos en el territorio de países signatarios.
De ahí la orden de arresto emitida por la CPI en noviembre de 2024 contra el Primer Ministro israelí Benjamín Netanyahu y su Ministro de Defensa Yoav Gallant acusados del crimen de guerra de utilizar la hambruna como método bélico y de crímenes de lesa humanidad por asesinato, persecución y otros actos inhumanos durante la guerra en Gaza y en los territorios ocupados de Palestina (este país había adherido a la CPI en el 2015).
Naturalmente, la aplicación de las leyes internacionales está en función de circunstancias políticas así como del poder de los países involucrados. De todas maneras, esta estructura ha servido para resolver asuntos entre Estados y para establecer ciertos límites hacia sus conductas entre los mismos y, en menor medida, hacia sus propias poblaciones.
Retrospectivamente – asegura el autor – esto ha sido tanto una bendición como una maldición. Aunque aceptemos que el “nunca más” se refiere a los genocidios futuros en lugar del caso específico del Holocausto, la naturaleza peculiar de la “solución final” creó una imagen tan extrema y singular del genocidio que siempre se puede alegar que los futuros acontecimientos genocidas no son equiparables.
Dicho de otro modo, el Holocausto, que condujo al la Convención sobre Genocidio, también colocó la vara muy alta para identificar al genocidio como un acontecimiento de características similares en cuanto a claridad ideológica y eficiencia burocrática. Esto también creó una brecha en la definición de genocidio de la Convención que deja lugar para interpretaciones y para la idea que un genocidio tiene que parecerse al Holocausto para merecer esa calificación.
Con el paso del tiempo y desde la década de los 90, el Holocausto ha sido definido como el epítome del mal en casi todo el mundo. Ha sido un proceso largo y desparejo pero culminó, por ejemplo, en el 2005 cuando las Naciones Unidas, con motivo del sexagésimo aniversario de la liberación de Auschwitz, estableció que el 27 de enero sería el Día Internacional de Recuerdo del Holocausto. En 1995, el Parlamento Europeo había adoptado resoluciones con la obligación de recordar el genocidio de los judíos no solamente como conmemoración sino por medio de la educación.
Más problemático fue el hecho que, en noviembre del 2018, la Unión Europea se volvió un asociado permanente de la International Holocaust Remembrance Alliance (IHRA) cuya definición de antisemitismo ha sido empleada en forma perversa para acallar o perseguir a los críticos de los crímenes cometidos por Israel en Gaza y en los territorios ocupados de Palestina. (Esto ha sido analizado en un artículo anterior de esta serie en La Onda Digital: Cfr. OMER BARTOV SOBRE ANTISEMITISMO Y SIONISMO III).
Por otra parte, el reconocimiento tardío del Holocausto como acontecimiento importante del siglo XX ha tenido muchas tortuosidades políticas y morales. Por ejemplo, los países de Europa Oriental que aspiraban a incorporarse a la Unión Europea después del colapso de sus regímenes comunistas se han visto obligados a conmemorar el Holocausto lo cual los enfrenta a oscuros episodios de su propio pasado.
Muchos de sus nuevos “héroes” habían sido condenados, durante décadas, por haber sido archirreaccionarios, colaboradores de los nazis, dictadores o furibundos antisemitas (por ejemplo, Symon Petliura en Ucrania o Jozef Pilsudski en Polonia).
Estos retortijones de las derechas europeas han resultado en lo que se da en llamar “la competencia por ser víctima” y la proliferación mítica del “doble genocidio”, uno cometido por los nazis “que duró pocos años” y otro cometido por los comunistas sobre “nuestro propio pueblo” que habría durado décadas.
A menudo los derechistas sostienen que los comunistas se identifican con los judíos o eran apoyados por ellos, evocando la vieja terminología del judeobolchevismo o Żydokomuna, un estereotipo peyorativo anticomunista y antisemita que sostenía que los judíos colaboraban con la Unión Soviética. La idea tuvo origen en la propaganda anticomunista polaca (1919-1920) y se prolongó después por muchas décadas.
Otros efectos deletéreos del victimismo de los judíos afecta por ejemplo, a los inmigrantes en Europa y, al mismo tiempo, a las jóvenes generaciones de alemanes no inmigrantes que resisten la constante exhortación al deber de recordar el Holocausto que conlleva cierta atribución de culpa generacional o, por lo menos, de responsabilidad.
El ascenso de antisemitismo en la derecha alemana, que tiene otras causas políticas y socioeconómicas, no puede considerarse enteramente divorciado de este sentido de culpa impuesto a generaciones de jóvenes.
Una indicación de este sentimiento fue el entusiasmo con que fue aclamado el discurso del supermillonario Elon Musk cuando habló ante unos cuatro mil partidarios de la organización de extrema derecha Alternativa por Alemania, en un acto electoral el 25 de enero de 2025.
Esto se produjo justo semanas antes de que el partido neonazi duplicara su caudal electoral hasta llegar al 20% del electorado. Musk no solamente insistió en que estaba muy bien el orgullo por la cultura y los valores alemanes sino en que no se debían perder en el multiculturalismo que lo disuelve todo. Además destacó que había demasiado enfoque en las culpas pasadas y que había que superarlo.
Al apuntar específicamente a lo que la extrema derecha alemana ha denominado Schuldkult (culto de la culpa), Musk dijo que los niños no deberían ser culpabilizados de los pecados de sus padres, de sus abuelos y de sus bisabuelos. La multitud lo aplaudió frenéticamente.
Estos discursos de la ultraderecha europea cultivan la afirmación que el ascenso del antisemitismo se debe a los inmigrantes, especialmente de países árabes o musulmanes, así como a la izquierda. Pero las raíces del antisemitismo siempre han estado en la derecha, ya sea esta perteneciente al conservadurismo tradicional como al modo fascista.
El ascenso de la violencia antijudía en todo el mundo, a pesar de las declaraciones en contra, se asocia primero y sobre todo con la extrema derecha racista y con el supremacismo blanco.
La Liga Antidifamación (ADL) es una organización no gubernamental fundada por la organización B’nai B’rith en los Estados Unidos. Su objetivo principal es apoyar a los judíos contra todas las formas de antisemitismo y de la discriminación, por todos los medios legales posibles y campañas de información y sensibilización.
Se supone que la ADL también investigaba incidentes antisemitas fuera de los Estados Unidos y ha estado involucrada en campañas para proteger los derechos civiles para todos, incluyendo a extranjeros o inmigrantes o refugiados pero este último aspecto parece haberse desvanecido en la medida en que la creciente derechización de la colectividad judía y la influencia sionista la ha separado totalmente de la defensa de los derechos civiles de los afroestadounidenses y de los migrantes perseguidos por el ICE.
Según Bartov, la ADL registró diez mil incidentes antisemitas en los Estados Unidos en el año siguiente al 7/10/2023 pero el incremento parece deberse en buena medida al cambio introducido en la definición de “incidente antisemita” que utiliza ahora la organización porque incluye en los mismos los “cánticos y consignas antisionistas” provocados por el genocidio que Israel está llevando a caabo en Gaza y en los territorios ocupados de Palestina.
La violencia en Gaza – dice el autor – y la afirmación por Israel de que la oposición a sus acciones y el antisionismo son antisemitismo han dado permiso a los antisemitas para atacar a los judíos con la falsa afirmación de que, en tanto judíos, deben ser pro sionistas. También ha hecho
posible que los defensores de Israel atribuyan el antisemitismo no a la extrema derecha sino a los izquierdistas y a los musulmanes, en general.
En Alemania, por ejemplo, se produjo un aumento del 83% en incidentes antisemitas durante el año 2024 y aunque la policía atribuyó el 90% de los mismos a la extrema derecha, hay quien afirma que la violencia física y verbal proviene de la izquierda y, en especial, de los inmigrantes musulmanes.

Desde el punto de vista del panorama internacional y particularmente de lo que sucede en los Estados Unidos, en Brasil, en El Salvador y en algunos otros países, Bartov parece no haber relevado la importancia creciente del “sionismo cristiano”, es decir de la prédica y seguidores que algunas de las múltiples iglesias evangélicas y sus pastores o profetas, justifica los crímenes cometidos por Israel en nombre de una capciosa interpretación bíblica y de la interpenetración con el trumpismo, esto es con la ultraderecha autoritaria estadounidense.
EL HOLOCAUSTO COMO EXCUSA PARA LOS CRÍMENES
Como se ha visto, el Holocausto ha jugado un creciente papel en la autopercepción y la retórica política israelí. En forma paradojal, a medida que los sobrevivientes del infierno nazi han ido desapareciendo, la importancia de la Shoah en la vida pública israelí ha aumentado progresivamente.
En la actualidad, el conflicto con los palestinos, o más bien el dominio de siete millones de judíos sobre siete millones de palestinos por diversos procedimientos solo se ve a través de la lente distorsionada de un acontecimiento histórico que tiene muy poca relación con la realidad de la ocupación y la opresión.
El Holocausto sigue jugando un papel importante como excusa para la ocupación de territorios como bastión contra otra Shoah. Al mismo tiempo, para la mayoría de los israelíes en las décadas previas al 7/10, la brutal realidad de la ocupación permaneció oculta detrás de un
complejo de muros, cercas, puntos de control, portales y caminos restringidos. De este modo, la ocupación era presentada como una necesidad existencial y su verdadera naturaleza estaba escondida.
El dominio opresivo y antidemocrático sobre la mitad de la población y su efecto corrosivo sobre la mitad judía, fue reprimido como algo sin relación con un Israel, progresista, rico y orientado a Occidente. La catástrofe del Holocausto se volvió una gran hoja de parra para la mayoría de los israelíes que combinaba la autovictimización y la autoculpabilización con la autosatisfacción, la hubris (la extrema arrogancia) y la euforia del poder, de modo que un lado de la ecuación justificaba al otro.
Lo que durante mucho tiempo había sido el síndrome del “nunca más” se volvió exactamente su opuesto: el síndrome de “una y otra vez permanentemente” que puede considerarse como un terror irracional, internalizado y confuso, a otro Holocausto, siempre acechando a la vuelta de la esquina, del cual uno puede liberarse solamente azotando, hundiendo, destrozando y expulsando tanto las dudas propias como cualquier amenaza externa real o percibida.
Esta no es una condición mental o un abordaje histórico que conduzca a la tolerancia, la comprensión, la moderación o la reconciliación. Ni siquiera las fuerzas más liberales en Israel – dice Bartov – las que han trabajado contra el llamado Holocaustismo o Shoatiyut, han podido liberarse de la mentalidad dominante sobre el Holocausto, como se ha podido observar después del 7 de octubre con lo que ha sido denominado el hitpak’hut, una modalidad de la izquierda israelí que lleva a plantear la destrucción de Gaza y una regresión de cualquier postura tolerante hacia los refugiados palestinos que antes hubiera sostenido.
El trabajo para cimentar esta relación entre el Holocausto y la resistencia palestina a la ocupación y la opresión ha sido llevado adelante por Netanyahu y sus sucesivos gobiernos durante décadas, aunque en verdad tiene raíces más profundas que se remontan a 1948.
Bajo la dirección de Netanyahu, los representantes de Israel en todo el mundo han impulsado la definición de antisemitismo del IHRA que hace de la crítica a las políticas israelíes un equivalente al antisemitismo, al antisemitismo un equivalente a intento de genocidio y a la resistencia de los palestinos a la ocupación de sus tierras un equivalente a ambas cosas.
En mayo del 2025, cuando la carnicería y la hambruna en Gaza se volvió cada vez más difícil de ignorar, aún en Israel, el periodista Israel Frey, a pesar o tal vez por sus raíces en una estricta comunidad jasídica, se dirigió a sus compañeros diciendo que “el apoyo o el silencio frente a los asesinatos masivos es una mancha moral que debe ser reconocida … porque sin admitir el fracaso de la separación artificial entre la lucha judía interna por la democracia y nuestra actitud colectiva hacia el pueblo palestino y nuestra elección de la opresión, el despojo y el asesinato, un próximo colapso moral está a la vuelta de la esquina”.
Frey, de 38 años, ha sido arrestado antes por sus críticas al gobierno y a las FDI. Al comienzo de los ataques a la Franja de Gaza publicó un video en el que oraba por los israelíes muertos en los ataques del 7 de octubre y por los civiles muertos por las FDI. A raíz de esto su casa fue atacada y debió esconderse con su esposa e hijos. Sin embargo, los que han protestado por los horrores cometidos en su nombre son pocos y están separados.
Desde el punto de vista de los estudiosos del Holocausto, el 7/10 ha sido percibido por muchos como una crisis. En primer lugar porque, en la medida en que un número creciente de estos estudiosos condenaron las acciones israelíes en Gaza, fueron llamados anti israelíes, antisionistas y antisemitas; es decir, fueron colocados en el campo de quienes apoyan el genocidio de judíos. En segundo lugar, porque las acciones israelíes en Gaza parecen haber destrozado el marco legal creado en el derecho internacional para prevenir el genocidio.
En el mundo actual que habitamos – concluye Bartov – donde los partidos de extrema derecha, populistas, racistas, antimigrantes y a menudo violentos están en ascenso, y la fe liberal en la educación, la
tolerancia, la diversidad y la solidaridad humana parece estar declinando, la separación entre dos campos de estudio íntimamente relacionados (como Holocausto y genocidio) sería especialmente lamentable. Bartov sostiene que para que ambos campos sobrevivan y, todavía más importante, para enriquecer su mutua influencia sobre la discusión pública y la política, hay que revertir dicha separación.
“¿Será posible a esta altura? Pienso que si – dice el historiador – aunque hay un precio que habrá que pagar”. Ese precio ineludible y crucial debe ser la ruptura entre el estudio del Holocausto y las políticas del Estado de Israel. Esto no significa volverse contra Israel o aún contra el sionismo sino permitir que los expertos que han estado deseosos de confrontar las desafiantes cuestiones morales puedan desarrollar sus visiones críticas de Israel y condenar sus crímenes, especialmente cuando hacen referencia al Holocausto.
De hecho, “tal actitud puede ser imprescindible si hemos de tomar en serio las lecciones del Holocausto relativas a los actos inhumanos y rechacemos el uso abusivo de los males pasados para legitimar las políticas injustificables del presente. En esta forma, la bienvenida tendencia que empezó hace un par de décadas – aunque no en Israel – de estudiar y conmemorar el Holocausto ubicándolo en el contexto histórico más amplio de otros genocidios y crímenes masivos, se expanderá en lugar de resultar abandonado a favor de una preocupación etnocéntrica más estrecha”.
Por el Lic. Fernando Britos V.
GraficoPortada: Tomado de prensa internacional
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