El horror pesadillesco de la guerra, los despiadados e indiscriminados bombardeos contra una población civil incluso con terribles armas químicas, como la tristemente célebre bomba Napalm (gasolina gelatinosa) el veneno del denominado Agente Naranja TCDD (una dioxina altamente tóxica), el imperialismo desembozado y la heroica lucha de un pueblo por su libertad son los cinco pilares temáticos de “Pelotón”, el magistral drama bélico del realizador Oliver Stone, que, a cuarenta años de su fulgurante aterrizaje en las pantallas de las salas cinematográficas de todo planeta, fue recientemente reestrenado, en función única, en el complejo Movie Center, en una plausible política de
reposiciones que ha recuperado para las nuevas generaciones, a emblemáticos clásicos del cine, en toda su grandeza y esplendor visual y sonoro, acorde a las nuevas tecnologías de proyección.
Para mí, en lo personal, al igual que en el caso del reestreno de la magistral “Solaris”, la obra maestra del realizador soviético Andréi Tarkovski y ni que hablar de la ya legendaria “Ben Hur”, el épico drama histórico de William Wyler, volver a ver la obra cumbre de Oliver Stone en visualización perfecta y con una sonoridad envolvente y estremecedora, fue una experiencia realmente maravillosa. ¿Por qué? Porque este film es un crudo y desgarrador testimonio de uno de los conflictos bélicos más sangrientos del siglo pasado y porque, en el presente, la lógica del imperialismo vuelve a emerger como una suerte de pesadilla, merced a la política guerrerista y expansionista del presidente norteamericano Donald Trump en Oriente Medio.
Este formidable film bélico, uno de los mejores exponentes del ´genero de la historia del cine- que obtuvo con absoluta justicia cuatro premios Oscar entre ellos el otorgado a la Mejor Película- integra una trilogía creada por el cineasta, junto otros dos títulos no menos inolvidables y también removedores: “Nacido el 4 de Julio” (1989) y “Entre el cielo y la tierra” (1993).
Aunque el núcleo temático es el mismo, estos tres largometrajes son diferentes. Mientras “Pelotón” retrata toda la crudeza de la guerra y, por primera vez, en el cine, el padecimiento de los propios soldados norteamericanos de ocupación, “Nacido el 4 de Julio” describe, con visceralidad, el drama de la discapacidad de los soldados lisiados de guerra. En tanto, “Entre el cielo y la tierra”, es una película que denuncia el drama del desamparo de las víctimas civiles del conflicto, mediante la narración de un conflictivo y fallido romance entre un militar estadounidense y una mujer vietnamita.

Las tres películas permiten interpretar, como en ningún otro caso en la historia del cine, la naturaleza misma del conflicto, la pesadilla que lanzó Estados Unidos contra un pueblo que sólo aspiraba a su libertad y las graves secuelas de un conflicto que concitó rechazos entre los propios norteamericanos, durante las presidencias del asesinado mandatario John Kennedy, de Lyndon Johnson, del renunciante Richard Nixon y de Gerard Ford y culminó en 1975, con la derrota total de las tropas imperialistas y la toma de Saigón, capital de Vietnam del Sur, por parte de las tropas de Vietnam del Norte y los guerrilleros Viet Kong.
Fue un conflicto bélico de naturaleza geopolítica, en el cual Estados Unidos apoyó a Vietnam del Sur y Vietnam del Norte fue apopado por las los potencias comunistas: La Unión Soviética y la República Popular China, por entonces liderada por el Gran Timonel Mao Zedong, el líder ideológico que encabezó la revolución de los rojos, que triunfo el 1º de octubre de 1949, luego que sus tropas derrotaran militarmente a los nacionalistas que en lo sucesivo, se instalaron en la isla Taiwán.
Por supuesto, Olivier Stone visualizó el conflicto a través de su propia experiencia, ya que se alistó en el ejército de Estados Unidos como voluntario en 1967 y permaneció en sus filas hasta 1968, cuando comenzó a elevarse la mayor temperatura de la violencia. Por supuesto, estando en el propio escenario de los acontecimientos, comenzó a entender a cabalidad la naturaleza de la agresión militar de su país, así como el sufrimiento de la población civil y de sus propios camaradas de armas, muchos de los cuales eran jóvenes reclutas. En muchos casos, apelaron a drogas para infundirse valor a sí mismos y así afrontar la dramática contingencia de tener que combatir en un territorio que naturalmente no conocían y contra una enemigo complejo de identificar, porque, tanto sus aliados como sus enemigos eran vietnamitas.
En ese contexto, el realizador comenzó a hacer sus propia catarsis con “Pelotón”, a los efectos de procesar sus lacerantes trauma y mitigar las pesadillas devenidas de su propia experiencia en el teatro de guerra, luego de haber sido herido dos veces en combate. Su desafío fue desnudar la crudeza de un conflicto absurdo con connotaciones geopolíticas e ideológicas, así como la pérdida de la inocencia, ya que muchos jóvenes soldados viajaron a la Península de Indochina con la convicción que el conflicto de dirimiría rápidamente y que esta experiencia sería para ellos un mero juego de niños, casi una excursión de turismo pago en una región exótica que desconocían totalmente.

Por ende, en su magistral trilogía, la mirada del cineasta se aparta radicalmente de la visión complaciente que había ofrecido hasta ese momento Hollywood, que tenía un abordaje meramente patriotero, en tres ejemplos concretos como “Los boinas verdes” (1968), “Fuimos soldados” (2002) y la segunda entrega de la saga de “Rambo”, de 1985, que son tres auténticas bazofias.
La larga guerra comenzó en la década del cincuenta, cuando los vietnamitas derrotaron y expulsaron inicialmente a los franceses. Las víctimas fatales entre civiles y militares de ese país asiático se estiman en entre un millón y tres millones de personas, los marines de Estados Unidos muertos o desaparecidos fueron más de 60.000, a los cual se suman otros 75.000 soldados que quedaron inválidos o con discapacidades severas, lo cual totaliza aproximadamente 135.000 víctimas. Este último tema es el que alimentó la historia que se relata, con singular intensidad dramática, en “Nacido el 4 de Julio”.
Por más que estas tres películas integran un tríptico que podría ser inscripto en el género bélico, es claro que esta guerra tuvo implicancias políticas. Oliver Stone es un referente en el género político, con films que sacudieron la modorra de la industria y molestaron al statu quo. Tres casos concretos son “JFK”, que cuestiona la versión oficial sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy, acaecido, en noviembre 1963, en Dallas. En efecto, basándose en el informe Garrison, elaborado por el fiscal James Garrison, sugiere que los autores del magnicidio fueron miembros del servicio de inteligencia norteamericano, que estaban vinculados a exiliados cubanos anti-castristas. El propósito habría sido detener los esfuerzos de Kennedy por modificar la política exterior de su país, a los efectos de comenzar a descongelar la Guerra Fría entre los bloque ideológicos hegemónicos.
Otro film político referente de Stone es “Nixon” (1995), que narra los entretelones del conocido Caso Watergate, de espionaje político a la sede del Partido Demócrata. El episodio, que vulneró las garantías democráticas de la potencia del Norte, y fue revelado a través de sucesivos artículos publicados por dos célebres periodistas en el diario Washington Post, culminó con la renuncia del presidente Richard Nixon, que estaba a punto de ser destituido por el Congreso, con los votos incluso de su propio partido.

La otra película que sería pertinente citar es “Salvador” (1986), que recrea la peripecia real de un corresponsal que cubrió la guerra entre la guerrilla salvadoreña y el ejército y critica la desembozada injerencia de Estados Unidos en el conflicto.
Es decir, se trata de un cineasta crítico, quien, aunque ha incursionado en otros géneros, siempre con foco en el drama, tiene una predilección por el cine trasgresor y que suele incomodar al sistema. En ese marco, incluso rodó varios films documentales que agitaron el avispero, como “Comandante” (2003) y “Buscando a Fidel Castro (2004), centrados en el líder revolucionario cubano y “Al sur de la frontera”, en el que narra la experiencia de la Venezuela bolivariana y del inolvidable ex presidente Hugo Chávez Frías y “Lula”, un documental de 2024 que narra el ascenso del humilde obrero metalúrgico de líder sindical a la presidencia de Brasil, sin soslayar la persecución política y la prisión ilegal a la cual fue sometido.
Por supuesto, estos trabajos audiovisuales molestaron mucho a los gobiernos de su país de la época, porque ensalzaban, con razón, a dos auténticos referentes de la izquierda latinoamericana.
Si bien “Pelotón” no se inspira en ningún hecho real concreto, abreva de la experiencia de su director en esa guerra e incluso el propio Stone hace una brevísimo cameo en una escena en la cual aparece vestido de militar en una tienda de campaña.
El protagonista del relato, que es un personaje de ficción, es Chris Taylor Charlie Sheen), un joven universitario de familia acomodada, quien se alista en forma voluntaria, con la apócrifa convicción que su presencia de este flagelado país asiático era un acto de patriotismo. En ese contexto, es destinado a la Compañía Bravo, perteneciente a la vigésimo quinta división de infantería ubicada en algún lugar cercano a la frontera con la también padeciente Camboya, que sufrió, al igual que Vietnam, los ataques y los bombardeos norteamericanos.

Allí se enfrenta a un panorama realmente espelúznate, cuando advierte que sus compañeros de armas, por orden de sus mandos, no dudan en incendiar aldeas y quemar vivos a sus habitantes y en ejecutar a prisioneros civiles sin piedad ni mayores miramientos.
La cerrada jungla, que está colmada de trampas colocadas por los guerrilleros del Viet Kong, parece cerrarse como una suerte de inmensas fauces que se degluten a los soldados, que, si no se protegen adecuadamente y no tiene claro qué terreno están transitando, pueden pisar una mina explosiva, fosas camufladas con objetos punzantes y diversos “cazabobos” instalados en territorios o en chozas de aldeas, como explosivos ocultos en juguetes, linternas o radios, trampas mecánicas que contenían púas de bambú afiladas y untadas con sustancias tóxicas y hasta balas modificadas, que eran municiones abandonadas en forma deliberada, vaciadas y llenadas con potentes explosivos.
Empero, la violencia también campea entre los soldados, con reclutas maltratados, ninguneados y hasta calificados como cobardes, odio racial y desprecio por los soldados que provienen de contextos pobres o marginales.
Radicalmente espantados de miedo, los soldados se arrastran bajo la lluvia, hundíos en el fango y atacados por serpientes, hormigas y sanguijuelas, lo cual configura un panorama dantesco.
Al frente de la compañía están dos sargentos radicalmente diferentes: Barnes (Tom Berenger), un hombre duro, fanatizado y un homicida en potencia y Elías (Willen Dafoe), un militar bastante más equilibrado emocionalmente, que se abstiene de maltratar a sus subordinados, a quien la pesadilla de la guerra no ha transformado en un salvaje trastornado. Obviamente, por razones lógicas, ambos se odian y se disputan el liderazgo de la tropa. Hay una secuencia, magistral por si resolución artística, que ilustra el afiche de la película, en la cual el sargento Elías es abandonado y dado por muerto, aunque en realidad había sido ametrallado por Barnes y todavía estaba con vida. Esos brazos alzados al cielo clamando por ayuda en medio del infierno de un bombardeo aéreo y perseguido por sus enemigos, pueden ser parangonados con un Jesús crucificado por el pecado de la violencia y la injusticia del ser humano.
Por supuesto, abunda más el miedo que el valor y el absurdo de estar luchando en una guerra injusta, con soldados drogados y radicalmente alienados, que demandan ser sacados cuando antes de ese espacio geográfico de pesadilla, donde, además de enfrentar al enemigo, en muchos casos invisible, deben luchar contra la hostilidad de la naturaleza y con la violencia y la corrupción de sus propios jerarcas militares.

En este caso, el narrador es el propio protagonista. Aunque es el relato de una pesadilla, la narración, que es un ejercicio de memoria, es una suerte de catarsis contra el dolor, la culpa y el cuestionamiento a las mentiras de un imperialismo que, en el marco de la Guerra Fría, sembró la violencia y la tragedia sobre un pueblo cuya única aspiración era ser libre y no ser presa de la sujeción a imperios extranjeros.
En una época casi sin tecnología y sin digitalización, “Pelotón” logra plasmar en la pantalla el terrible fantasma de la guerra y toda la alienación del ser humano, cuando erróneamente se convence a los jóvenes que un conflicto que se dirime a miles de kilómetros de distancia de su territorio, es un tema que le atañe directamente, por una irracional lógica de patriotismo mal extendido.
Lamentablemente, más de medio siglo después, Estados Unidos, que no pudo imponer su supremacía en la Guerra de Corea, que fue sometido en Afganistán luchando contra organizaciones casi tribales y que sufrió una aplastante derrota en Vietnam, sigue sin aprender las lecciones de la historia.
Vietnam, como lo corrobora “Pelotón” y también lo denunció la magistral “Apocalipsis ahora” (1980), de Francis Ford Coppola, fue una tragedia colectiva de proporciones, pero también fue la epopeya de un pueblo en armas que luchó enconadamente contra el invasor y colonizador de origen anglosajón.
“Pelotón” es un hito histórico de la cinematografía universal y un quiebre en el discurso complaciente del cine comercial, que, durante años, maquilló la realidad y convenció a más de una generación que la carnicería valió la pena. En la década del sesenta, los movimientos pacifistas se organizaron para resistir la prepotencia del Gran Garrote imperialista y para comenzar a demoler el delato mentiroso de una nación de raigambre conservadora y de vocación expansionista, que aun se cree predestinada a regir los destinos del planeta. Este film, sin dudas superlativo, fue la primera bofetada que le asestó el cine al apócrifo discurso mítico de una sociedad que se cree superior y depositaria de una paradigmática civilización, más allá que en sus entrañas albergue miserias humanas, como la pobreza de vastos sectores de la población y el aun subyacente odio racial.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Pelotón (Platoon). Estados Unidos 1986. Dirección. Oliver Stone. Guión: Oliver Stone. Música: Georges Delerue. Fotografía. Robert Richardson. Reparto: Charlie Sheen, Tom Berenger, Willem Dafoe, Kerith David, Forest Whitaker, Johnny Depp y Kevin Dillon.
(Síganos en Twitter y Facebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA
Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.
Otros artículos del mismo autor: