Se reestrenó “Tommy”: Lisérgico retrato de un mundo decadente

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La revolución del amor, a través de la música y el juego, los traumas de la infancia, la sordera y ceguera real y simbólica, los falsos dioses, el fanatismo, el consumismo y la mercantilización de la fe son los siete sustentos temáticos que desarrolla “Tommy”, la ópera rock fílmica alegórica del inolvidable maestro británico Ken Russell, que merced a la política de retrospectivas tuve la oportunidad de volver a ver, cincuenta años después, en una de las confortables salas de Cinemateca Uruguay, en el marco del ciclo dedicado al musical moderno, liderado por el crítico y gestor cultural argentino Fernando Peña, quien tuvo a su cargo la selección de la programación y antes de la función, explicó el fundamento de esta experiencia única e irrepetible.

Obviamente, el reencuentro con “Tommy”, que vi por primera vez en las postrimerías de mi adolescencia, es también el reencuentro con The Who, una de las bandas de rock más emblemáticas de las décadas del sesenta y el setenta y protagonista fundamental del paradigmático Festival de Woodstock, que se celebró en 1969 en los Estados Unidos, bajo el lema “Tres días de música, amor y paz”, como parte de una movida cultural destinada a despertar las conciencias adormecidas de los jóvenes de la época en torno a la sangrienta Guerra de Vietnam, a condenar la Guerra Fría y a cuestionar el statu quo del sistema capitalismo hegemónica. También me marcó mi reencuentro con el excepcional e iconoclasta realizador británico Ken Russel, un cineasta de culto para mi generación, autor, entre otras inolvidables películas, de “Los demonios”, una demoledora denuncia de la intransigencia religiosa y la actividad criminal de la Santa Inquisición, que el cineasta definió como “el último clavo del ataúd de mi fe católica”, “Mujeres apasionadas”, “La otra cara del amor”, “El mesías salvaje”, Lisztomanía”, “Mahler”, “Valentino” , “Gothic” y “Prostituta”, entre otras. Toda su filmografía fue jugada e inconformista e incluso lo expuso a ácidas polémicas con los sectores más conservadores de su país, particularmente con la Iglesia, que montó en cólera cuando se estreno “Los demonios”, inspirada en la novela histórica «Los demonios de Loudun» (1952) del escritor británico Aldous Huxley, que recrea el episodio real del enjuiciamiento de un sacerdote que enfrentó a la Iglesia y a la monarquía. En lo personal, de todas las películas que tuve la oportunidad de visionar de este realizador referente, esta es la que más me impactó, por la contundencia de su discurso ideológico y por la barbarie de quienes, en nombre de Dios, asesinaron quemando en la hoguera a miles de personas, bajo acusaciones falsas de brujería, con el único propósito de aplastar a quienes de se oponían. 

Su impronta creativa siempre fue una confluencia de estilos, que enfatizó en el ataque a los dogmas de la religión, a los prejuicios y a grandes íconos de la cultura, que brillaron en el firmamento artístico de respectivas épocas, pero que tuvieron vidas más bien oscuras. Por supuesto, la música siempre estuvo muy presente en su obra, particularmente en  “La otra cara del amor”, que narra los traumas del formidable compositor ruso Piotr Ilich Chaikovski, en “Mahler”, que retrata las obsesiones y los miedos del compositor austríaco, en “Lisztomanía”, un musical ambientado en el siglo XX, que recrea la fama y la guerra de mitos de otra época, aunque en este caso el compositor  húngaro Frank Liszt mute en una suerte de estrella de rock y no sea un emblemático clásico. Es una visión alegórica y hasta surrealista, que poca relación tiene con el personaje real, quien fue uno de los creadores musicales más descollantes de todos los tiempos.

“Tommy” es, sin dudas, una película epocal, porque fue concebida en el contexto de un mundo complejo e impactado por la Guerra Fría, por las heridas aun abiertas de la derrota de Estados Unidos a manos de los heroicos vietnamitas y del escándalo de espionaje política conocido como caso Watergate, que tumbó al presidente republicano Richard Nixon. También eran los tiempos de las criminales dictaduras genocidas que gobernaban con mano de hierro a las naciones latinoamericanas bajo el paraguas del imperialismo norteamericano, de las guerrillas que seguían enfrentado a esos cipayos despotismos, siguiendo la senda del guerrillero argentino cubano Ernesto “Che” Guevara, y hasta del movimiento hippie, que, pese a  todo, seguía impartiendo su ejemplar credo de paz y concordia.

Naturalmente, era, más allá de tragedias colectivas, un tiempo de utopías fraguadas al calor de la lucha –legal o clandestina donde había gobiernos autoritarios-  y de la militancia activa donde se podía y hasta donde se podía, incluso, en el caso de nuestro país, desde el exilio.

En ese tiempo, cuando muchas voces estaban acalladas por las dictaduras o por los totalitarismos, la música seguía siendo una suerte de seductora amante de todas nuestras horas y el rock estaba en auge, por sus cambios radicales, que devinieron en un rock más duro y experimental, como el hard rock, el blues rock, el rock psicodélico y el rock progresivo. En ese contexto, las bandas tal vez más destacadas y exitosas eran Led Zeppelin, Pink Floyd, Jethro Tull, Bee Gees, Queen, Roling Stones,  Black Sabbath, AC/DC, Genesis y Yes, entre otras.

Más allá de su calidad artística y naturalmente musical, estas bandas destacaron por su mensaje con efecto multiplicador, que revelaba las diversas demandas de una juventud inconformista e idealista, que cuestionaba las inequidades del sistema capitalista, la guerra, la opresión y los sistemas educativos represivos y regresivos, como sucede en el caso de  Pink Floyd, en su célebre álbum The Wall (1979). Este trabajo musical la emprende contra los modelos políticos de férreo disciplinamiento, contra la violencia política, contra el patriotismo mal entendido y hasta contra las drogas como paraísos artificiales y productos con valor de mercado. Este disco fue adaptado al cine en un excepcional film homónimo del  cineasta Alan Parker, que data de 1982.

The Who fue precisamente una de las bandas pioneras en incorporar una fuerte crítica social y política en el rock, cuestionando el sistema, la manipulación mediática, las dinámicas de poder y la alienación juvenil. Obviamente, también destacaron en materia musical y en la creación de óperas rock, como 

Tommy y Quadrophenia.

 Esta película, definida como una suerte de musical moderno porque en nada se parece a las edulcoradas comedias musicales estadounidenses que causaron furor entre las décadas del treinta y el cincuenta, ostenta un lenguaje poético,  fantástico y hasta lúdico, que mixtura la narración con la música y el canto.

Es una suerte de sátira surrealista, que aborda los temas más ulcerantes como el trauma, la muerte, la violencia de la guerra, la hipocresía de la religión, el fanatismo religioso, la cultura de masas socavadas en su libertad individual y la espiritualidad, no sólo como dogma sino también como lucrativo negocio.

  • El primer segmento de esta historia explora una tragedia familiar, que tiene como protagonistas a Nora Walker (la actriz y cantante Ann Margret), quien aparentemente quedó viuda por la muerte de su esposo el Capitan Walker (Robert Powell), un aviador que es declarado desaparecido en la Segunda Guerra Mundial. En ese contexto, la mujer se enamora de Frank Hobbs (Oliver Reed), quien oficia como una suerte de esposo y padrastro del niño 

Tommy Walker, que en su edad adulta es encarnado por Roger Daltrey, cantante y compositor, que por entonces era líder de la célebre banda roquera The Who. Como el esposo de la mujer regresa, ya que había sido herido pero no murió, es asesinado accidentalmente por el amante de su mujer. En ese contexto, el niño es instigado por los mayores a olvidar lo sucedido y se torna ciego, sordo y mudo, por efecto de dolor emocional. Obviamente, en esta situación subyace una crisis de cómo la sociedad se torna insensible al dolor y el horror y termina aislándose.

Empero, años después, el joven protagonista despierta de su letargo mental y sensorial mediante un mecanismo que le permite recuperar todas sus facultades y transformarse en el “rey del pinball, que es el clásico flipper, un juego manual con maquinitas que hizo furor desde mediados de la década del cincuenta, aunque, con el tiempo y el advenimiento de las nuevas tecnologías, ya casi ha desaparecido por falta de demanda. La admiración de sus fans, que deviene una suerte de religión, demuestra la necesidad de la sociedad de tener un líder que se erija en ejemplo por su mera habilidad para operar a un juego que es muy burdo y no tiene nada de imaginativo. Es decir, resulta superlativo el grado de mediocridad, al punto que alguien cuya única habilidad es destacarse en el juego puede transformarse en un ídolo y en un ejemplo.

La historia, que jamás abandona su estructura musical, ya que todos cantan incluso los actores que nunca cantaron y aporta una coreografía fantástica muy surrealista que ninguna relación tiene con la estética propia de los clásicos de Broadway, indaga en la cultura del mercado, cuando aun no estaba arraigado el debate sobre el rol de este en la economía de los países, ya que el capitalismo no era tan hegemónico con el presente, porque debía competir con la influencia del socialismo que venía directamente del bloque socialista liderado por la Unión Soviética, Incluso, el sistema era fuertemente cuestionado, particularmente entre los jóvenes, que soñaban con un mundo sin tantas asimetrías sociales y sin explotados ni explotadores, en sintonía con el credo marxista que impactaba fuerte en el ámbito académico y se trasladaba a otros estratos sociales, con el proletariado industrial como vanguardia.

En tal sentido, el protagonista, que es objeto de veneración y comienza a ver y a escuchar luego de superar el bloqueo provocado por los traumas de la infancia, deviene en una suerte de objeto de consumo masivo, por su prodigioso talento para jugar al pinball, que sus seguidores comercializan con la venta de camisetas y de otros artículos de consumo, por más que sean inútiles y tengan un mero valor simbólico. En este caso, el mensaje es claramente que el capitalismo lo corrompe todo, transformando un mero pasatiempo en un negocio e incluso creando una suerte de religión, que no es otra que la religión del lucro y el dinero. Medio siglo después, esa premisa está más presente que nunca, por el descaecimiento de la sensibilidad, el auge cada vez más arraigado del individualismo y la ausencia casi total de ideales de justicia social, como si este sistema predador, que coloniza todos los días a las nuevas generaciones y la empuja únicamente a consumir, se haya transformado en el amo del planeta.

Sin embargo, la película que está cargada de simbolismos y metáforas acorde a la impronta creativa de un cineasta sin dudas de excepción por lo inclasificable, desafía al auditorio con un mensaje esperanzador, cuando los propios seguidores y admiradores de Tommy destruyen el imperio de irracional veneración y consumo sin ningún sustento, en un ejercicio de emancipación realmente demoledor. Eso le permite al propio joven protagonista también ejercer por primera vez su libertad, dejando atrás un pasado oscuro de traumas y dolores, de ceguera real o simbólica y también la ilusión del consumo y los excesos que promueven el mercado. La representación estética de ese momento sublime, es la observación del sol por parte del joven, en lo que deberíamos interpretar como una experiencia de redescubrimiento.

Esta película realmente emblemática de un director no menos emblemático que siempre incomodó al sistema por su estilo intransferiblemente desafiante e irreverente, es un auténtico prodigio desde todo punto de vista, ya que mixtura una profunda reflexión de naturaleza existencialista con un envase estético de ópera rock, donde la imagen y el sonido se transforman en vasos comunicantes para la transmisión de un mensaje claramente aleccionador.

Por supuesto, a la presencia dominante de la excepcional banda roquera The Who liderada Por Roger Daltrey que encarna precisamente a Tommy, se suman grandes intérpretes de la talla de la actriz y también cantante Ann Margret, Oliver Reed, Robert Powell y Jack Nicholson, en el punto más altos de sus respectivas carreras artísticas, además de otros íconos de la música como Elton John, Tina Turner y Eric Clapton. Todos demuestran una gran versatilidad para adaptarse a las exigencias de un guión que tiene tanto de caótico como de creativo y de maravilloso. 

En efecto, pese a los defectos de una copia bastante añosa y algo desgastada, que tiene la virtud de recordarnos que el cine es antes arte que tecnología, “Tommy” es un film, sin dudas, prodigioso y un auténtico regalo para los sentidos ocular y auditivo.  Empero, por supuesto, no todo es imagen y sonido.  En esta obra, que es de excepción en la filmografía de un realizador que destacó por su talento pero también por su audacia, su frontalidad y su osadía, subyace un mensaje profundamente reflexivo  que tiene la intrínseca virtud de la intemporalidad: la necesidad de resistir y no dejarse colonizar por el amo mercado, por su voracidad consumista ni por los ídolos de pies de barro que nos gobiernan entre bambalinas, desde el pulpito de una iglesia o desde posiciones de poder económico que para la mayoría de nosotros son a priori inalcanzables. 

Incluso dentro de una filmografía tan versátil como la un creador mayor como el británico Ken Russell, “Tommy” es una suerte de hallazgo, porque condensa el alarido de toda una generación de jóvenes inconformistas, que soñaban despiertos con un mundo más justo, más empático, más amable y menor egoísta. No en vano, esta es la versión cinematográfica de una ópera rock de una banda referente del célebre Festival de Woodstock, que, durante tres días, reunió en 1969 a lo mejor de la música de vanguardia de la época, bajo la consigna de “Tres días de música, amor y paz”. Fue la reacción, desde el ámbito de la música y la cultura, de una juventud que rechazaba la guerra y la injusticia y aun abrigaba en su interior la esperanza de un mundo donde todos pudiéramos ser felices, como lo imaginó el filósofo inglés Tomás, Moro en su célebre novela “Utopía”.   

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

FICHA TÉCNICA

Tommy. Reino Unido 1975. Dirección: Ken Russell Guión: Pete Townshend y Ken Russell (basado en el álbum de The Who) Música y Canciones: Pete Townshend y The Who. Fotografía: Dick Bush, Ronnie Taylor y Robin Lehman. Montaje: Stuart Baird. Reparto: Roger Daltrey,, Ann-Margret , Oliver Reed, Robert Powell, Elton John,,Tina Turner, Eric Clapton, Jack Nicholson y Keith Moon. 

 

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