Ya no tronaban las díadas de detonaciones y descargas, ni zumbaban los plomos. Había cesado el vocerío y se habían acallado los gritos de dolor por la carne macerada, el rechinar de sables y el golpe seco, entre trapos, del metal rasgando tripas. Una de las pocas mulas que salvaron la batalla, herida de lanza, permanecía empacada en una quietud estatuaria, cabeza gacha y ladeada, orejas retraídas, sin siquiera lamer la coyunda, en un silencio agudo aturdidor, con un hombre colgado a grupas y otro que aun la uncía, tendido con las ijadas al cielo, desbordantes de entrañas que ungían el barro de sangre y orina.
Así recordaba José la serena desolación que siguió a la batalla, mientras el Jefe lo ascendía a Teniente del cuerpo de Patricios, pues – “…para facilitar la marcha de la artillería en medio de la escasez de caballos que se experimentaba en el acto de la batalla, había cargado sobre sus hombros un cajón de municiones, conduciéndole así no corta distancia.” – su intrepidez valió su ascenso y también el reconocimiento que recibieron sus capitanes.
Relato histórico de la batalla de Las Piedras y de los años previos. José, el personaje ascendido por Artigas a Teniente de Patricios, existió y se llamaba José Roa, según cuanto consta en el parte de la batalla escrito por el mismo Artigas, al cual he tenido acceso. Yo soy bis-chozno de José Roa y coincidentemente siete generaciones después, Laura Bozzo, mi señora, es bis-chozna de Artigas.
“El día en que se llevaron a mi padre – recordaba José a voces – fui consciente por vez primera,que iba a prestar mi vida a los riesgos de una guerra. Ese día no me llevaron. Cuando por fin atropellaron en mi casa, decididos a apresarme, yo ya no estaba allí.” Los curas franciscanos del convento, leales al levantamiento del ocho, escondieron a José en un cubículo socavado a mitad de un túnel subterráneo al cual se accedía por una tronera secretada detrás del retablo de la capilla. Sólo los monjes más ancianos conocían la existencia de ese túnel, excavado por debajo de la cripta, que otrora llegaba al Fuerte de San José, antes que cegaran su foso provocando un colapso. Los más jóvenes, aunque desconocían los detalles, los igualaban en lealtad. “Me voy para afuera” – se repetía José.
Era necesario traspasar el portón de San Pedro, siempre custodiado por una guardia de al menos dos fusileros que pedían salvoconductos. Abrían el portón a las seis de la mañana y lo cerraban a las cinco de la tarde. El que no estaba en los horarios se embromaba, dormía Al abrigo de la noche Seudónimo: Triscapasto afuera.
A lo sumo podía pedir gancho, para que le alcanzaran desde la sumidad del Parque
de Artillería, al final de la calle San Luis, o desde la del Cubo Norte, vituallas y petates con qué pasar la noche o para alcanzar o recibir mensajes. Poco antes de las seis de la mañana, las sombras agigantadas de las carretas de las huertas, las aguateras y las cargadas con otros aprovisionamientos, y la de los de hombres, bueyes, mulas y perros que las acompañaban, se agolpaban al pie de los muros y sobre ellos, esperando adentrarse en la ciudad. Con el Sol todavía alto, cuando estaba ya cerrándose el portón, no faltaba quien llegara a galope tendido por el camino del Cordón, algún jinete demorado, triscando pastos con el apero revuelto, o algún coche apurado, perdiendo en la urgencia toda su elegancia.
En la mañana del 30 de abril, mientras se preparaban los jolgorios vespertinos que se
repetirían en la mañana siguiente para recordar el martirio de los apóstoles San Felipe y Santiago, Patronos de Montevideo, no llamó la atención de la gente, una fila de curas
encapuchados en monótona marcha hacia la Iglesia Matriz, sino la gracia de un coche que rodaba suavemente sobre sopandas, pasando limpia y hábilmente entre las bestias de paso cansino que tiraban de rechinantes carretas, y las carretas mismas, por la imponencia con que transportaban su abundante y cimbreante carga, hasta su puesto en la plaza de las verduras. Aprovechando tales distracciones, los ruidos del desorden con el que los carreros llegaban y montaban sus puestos, y la confusión de quienes buscando perfumes de frutas, rehuían los recios vahos de tibios excrementos y orinas, José, que también llevaba una fosca sotana en parte raída por los muchos usos, abandonó de súbito la fila de monjes de la austera orden mendicante y en la misma arremetida, subió a la carreta acordada. Su boyero, que ya había sido advertido por los curas, lo ocultó entre barricas de vino y de sal, serones de frutas y espuertas de verduras, para llevarlo consigo al ir para afuera de muros. Ya en fila para salir de la ciudad, la guardia del portón de San Pedro pidió los salvoconductos y revisó con avidez la carga de la carreta que precedía a la de José.
De pronto, saltó de ella unmulato que corrió desesperadamente campo afuera. A poco de comenzada su corta carrera, fue alcanzado por el fuego de la tropa acantonada al pie de los muros. Al verlo caer muerto y rodar por un poco donde su inercia aún viva lo arrojaba, José saltó de la carreta. En ese mismo momento los bueyes azuzados por los ecos de los estallidos de los fusiles de chispa, propagados por la cúspide del portón, adelantaron la carreta hacia un lado, de modo que José quedó agazapado, solo y al descubierto, en medio de la calle. Un negro pastelero que había visto y entendido todo, llegó a cubrirlo con su gran bandeja de pasteles que llevaba en la cintura, colgada de tiradores ceñidos al cuello. Ambos lograron perderse entre el gentío que curioseaba la muerte del mulato. Esa tarde, todos querían ver pasar al Gobernador y a los Ediles, a caballo, marchando en formación con arreos de gala, vestes de terciopelo, sombrero de pico y pendón real, por calles coronadas de luces y ramas de laurel. En tal confusión un monje franciscano encapuchado mostró su salvoconducto, declaró que iba a impartir el agua bendita por los arrabales, y casi sin detenerse ante la guardia, traspasó el portón.
No había dado más que unos cuantos pasos cuando volvió sobre ellos y declaró, sin
mostrar el salvoconducto, que volvía a buscar la redoma de aguas benditas que no
encontraba en los bolsillos de su sotana, pero que de seguro había recibido mientras cantaba las vísperas junto a otros monjes acompañados del órgano de la Iglesia Matriz, y que también recibiría mañana antes que sonaran los maitines del 1° de mayo. Entró en Montevideo haciendo ademanes entre sus trapos, como estaba planeado, para confundir su figura con la de José, quien entonces desanduvo los pasos del monje, pasó por delante del fusilero y traspasó el portón diciendo “¡Encontré la redoma; la encontré!” El fusilero no atinó a repetir los controles; pero una vez que dejó pasar la carreta, le dio la voz de alto a José que se detuvo sin darse vuelta. José esperaba el momento en que le habrían disparado como al mulato, cuando el fusilero se acercó y le pidió el salvoconducto. Como permanecía inmóvil bajo la capucha, el fusilero le descubrió el rostro. Hubo un momento de silencio irreal en el que el fusilero, sin tomar decisión o acción alguna, miraba a José y José miraba un pupilo que había aprendido matemáticas con él en el convento franciscano… José se alejó de Montevideo por el Camino del Cordón dirigiendo de tanto en tanto la vista atrás. Aún a respetable distancia, cuando ya no podía distinguir el foso, la Ciudadela le pareció imponente e inexpugnable.
Atravesó el cerco de tunas de tallos planos y ovales, erizados por racimos de púas, con aceradas espinas de cruz abrazadas al pie, que mordía todo el largo de la vera de ida y de vuelta del Camino, separándolo de los campos, en una interminable secuencia de la que no se llegaba a divisar el término. Más allá de las tunas, altos maizales y montes de duraznos escondieron a José hasta que alcanzó las márgenes del arroyo De los Pocitos y aún después de cruzarlo. “Corrí hacia el Este, trepando cuchillas y descendiendo valles – evocaba José a voces – tantas veces como no me es dable recordar.
Difundí en la campaña la infausta noticia de 1809, más que para inculcar la desesperanza, para prevenir contra nuevas incursiones realistas. Todo era pavesa y destrucción, un saco de
vituperios y desolación. No había quedado en los campos, un solo hijo de esta banda.
Todos habían salido perseguidos de sus propias vidas, de lo que ellas habrían debido ser.
En 1811 tuve por más acertado sumarme a una división de voluntarios en San Carlos, con
la que marchamos hacia Montevideo, al encuentro de otras fuerzas que engrosaban el
ejército de la Patria al mando de dos viejos amigos de mi padre, compadres desde el
mismísimo día en que él desembarcara en Montevideo: los hermanos Don José y Don
Manuel. Varias veces los había oído debatir en mi casa hasta altas horas, con su primo el
menor, mi padre y el dueño del horno de pan de la calle de las tiendas, también castellano
como él, sobre el curso que las represiones realistas habrían tomado y sobre el estratégico
Al abrigo de la noche Seudónimo: Triscapasto
paso norte del arroyo De Las Piedras, que controla el suministro por tierra a Montevideo.
‘Salíamos a puestas de Sol y marchábamos al abrigo de la noche, pasando a la vista de
fogones enemigos.’ Llegamos al arroyo Pando el 12 de mayo, donde cerró la noche con
copiosas lluvias del Sudeste. Los insurgentes realistas parapetados en Las Piedras nos
superaban en número y artillería. Los patriotas contábamos con algunos viejos arcabuces y
mosquetes, unos pocos fusiles robados a los ingleses y en su gran mayoría con boleadoras,
bolas locas y picanas boyeras de caña tacuara con cuchillos enastados en la punta, para
picar desde lejos, los ijares de los reales. La tarde del 17 de mayo llegamos a las puntas del
Canelón Chico, donde Don José. Las lluvias cesaron. El frío había hecho del suelo un barro
duro y helado. Con los fogones de poco apagados y la insuficiencia de ropa, aguantamos el
frío de lluvias y desvelos, trincando plomos a golpe de baqueta. Cuando nadie siquiera
pitaba, oí decir a los Jefes, que si queríamos honrar nuestros afanes y respetar la memoria
de nuestros sacrificios, solo cabía la victoria de los argentinos orientales en Las Piedras…
O la revolución recién nacida, habría de morir antes de terminar de nacer, pues Belgrano
había sido derrotado en Paraguay y en la banda oriental del Paraná.
¡Y vencimos! Los flanqueamos y cercamos, y se ahogaron en sus propias armas. Tomamos
la ciudad y dominamos el paso. La revolución, ya muerta, resucitó entre Las Piedras.”
“Los que me miran lo saben porque junto a ellos me he entreverado en la batalla” – agregó
José. En los meandros de su mente, aturdida por la sangre que había perdido, continuaba a
resonar el fragor de la batalla, mientras un nuevo Sol amanecía impetuoso, curaba heridas,
levantaba escarchas y cincelaba, como en la piedra sagrada, un cielo infinito de verdes
llanuras que tremolaban como la palma de una mano, avenada por dobleces del suelo
tallados por aguas mansamente corrientes, flanqueadas por una enana arbolada de fronda
agreste y espesa, donde custodiar celoso los horizontes sin límites de la libertad
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