Las ridículas imposturas de la rancia aristocracia británica con impronta racista e imperialista, constituyen la materia temática que aborda “Victoria and Abdul”, la regocijante comedia dramática del realizador inglés Stephen Frears.
El guión de este film se inspira en un libro de la periodista hindú Shrabani Basu, quien, en el curso de una investigación, sintió una profundiza curiosidad por saber quién era el desconocido registrado en numerosos retratos con la reina Victoria.

El personaje era Abdul, un indio de religión musulmana, quien permaneció en el anonimato hasta 2010, cuando se conoció su diario escrito en lengua urdu, que narra su experiencia al servicio de la poderosa monarca. Obviamente, ese documento prueba su existencia, al igual que el diario de la propia reina.
Con ese invalorable material, fue elaborada la historia luego devenida en película, que narra la extraña relación entre Victoria y su sirviente o consejero.
La reina Victoria (1819-1901) fue la monarca más poderosa del imperio británico, que gobernó durante más de sesenta años, desde 1937 hasta su fallecimiento. Como emperatriz de La India fue la primera en ostentar el título, desde enero de 1877.
En esta oportunidad, al igual que en la recordada “Mrs. Brown” (1997), el papel de la reina Victoria es interpretado por la magistral actriz Judy Dench, quien, a los 82 años de edad, conserva intacto su talento y su reconocida versatilidad.
No en vano se luce ampliamente en un papel hecho a su medida, como la mujer más poderosa de su época y cabeza de un imperio que otrora se expandió por todos los continentes del planeta.
Con el intransferible humor británico como signo de identidad, “Victoria and Abdul” es una comedia inteligente y ciertamente disfrutable, que no soslaya apuntes satíricos sobre las costumbres de la monarquía de ese país.
Ya en las primeras secuencias, cuando la reina es despertada por una muchedumbre de criados en sus aposentos, aflora esa lectura sardónica sobre la idiosincrasia de la clase aristocrática, partiendo de la premisa que la reina es tan humana como cualquiera de nosotros. En efecto, cuando duerme, ronca como cualquier plebeyo o proletario y hasta padece estreñimientos que angustian al médico oficial de la corte.
La radical diferencia se presenta cuando despierta, porque en ese momento debe soportar estoicamente que su secretario personal le lea la extenuante agenda de actividades protocolares que debe cumplir, acorde con su condición de figura icónica de la corona.
Otro tanto sucede cuando se sienta a la mesa y devora con la misma avidez, velocidad y fruición que otros humanos. Sin embargo, cuando ella termina, la servidumbre retira los platos y los cortesanos que aun no han ingerido su alimento se quedan sin comer.
Esa es la primera viñeta que aportan Frears y su equipo de producción, que transforman el almuerzo en uno de los momentos más caóticos y desenfadados de esta historia, entre sirvientes que marchan al paso marcial de un ejército y comensales estresados.
Sin embargo, la verdadera materia temática del relato es la relación entre la reina y Abdul (Ali Fazal), un sirviente indio de religión musulmana, quien llega desde la lejana India en compañía de un compatriota a participar en los fastos conmemorativos del jubileo real.
El único objetivo del prolongado viaje en barco es obsequiar a la reina una moneda y luego retornar a su país, que es una de las más preciadas colonias del imperio británico.
No obstante, Victoria se siente profundamente atraída por el carisma, la simpatía y la inteligencia de Abdul, por lo cual resuelve que este permanezca en la corte como su sirviente.
En efecto, a diferencia de la fauna que la rodea, donde abundan el acartonamiento y la hipocresía, este ignoto visitante es una persona sencilla y sensible, que hasta osa transformarse en maestro de su anfitriona e incluso le enseña su lengua natal.
Naturalmente, esa decisión provoca un auténtico escándalo en la corte, por la baja extracción social y el color de la piel del “intruso”, que para todos, es una suerte de plebeyo indigno de acercarse y de compartir el mismo espacio físico de la reina.
La rebelión es encabezada por el primer ministro Lord Salisbury (Michael Gambon), James Reid (Paul Higgins), el médico de cabecera, la dama de compañía Miss Phipps (Fenella Woolgar), la baronesa Churchill (Olivia Williams), su ayudante de cámara Alick Yorke (Julian Wadham), su secretario personal Sir Henry Ponsonby (Tim Piggott-Smith) y su hijo, el Príncipe de Gales (Eddie Izzard).
“Victoria and Abdul” es una desmelenada sátira que se mofa sin pudor de la aristocracia, sus ritualismos, sus delirios de grandeza, sus tradiciones, su rancia impronta clasista y, por supuesto, su odio racista.

El film también cuestiona las costumbres de la religión musulmana. En tal sentido, la imagen de la esposa y la suegra del sirviente indio cubiertas de pieza a cabeza con una larga túnica negra (burka) que no deja ver ni los rostros, constituye un elocuente testimonio de represión hacia la mujer que impacta incluso hasta a los británicos ultra-conservadores.
Aunque está película está concebida con un formato de comedia, no soslaya críticas a la intransigencia y el desprecio de una clase social ociosa, frívola, egoísta y vanidosa.
Obviamente, la actuación protagónica de Judy Dench es ciertamente superlativa, muy bien secundada por Ali Fazal y un reparto de alta calificación actoral, que otorga particular lucimiento a los personajes secundarios.
Otra de las virtudes del film es la acendrada reconstrucción de época, acorde con la mejor tradición del cine británico.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
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