El señor de las azoteas

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El señor de las azoteas nunca quería bajar por temor al mundo que las noticias describían.

Señor de frac negro impecable, rostro de piel pálida y zapatos con suela de goma para que no lo escuchen en la noche al caminar. Figura esbelta con movimientos sigilosos para trepar y nunca caer. Ciego por momentos. Admirador de todas las bellezas.

Siempre fumaba detrás de una chimenea para que no lo reconocieran. De día era solo un rumor. De noche se sabía que estaba pero nunca nadie se atrevería a reconocer su presencia.

Señor de frac negro impecable, cara de yeso con mirada eterna. Su poder era saber que él podía estar en el lugar y momento justo que quisiera sin que nadie lo viera o lo presintiera. No era invisible. Era más rápido que cualquier gesto y/o suerte humana. De dios también se burlaba y no operaba para la muerte.

Su virtud era bailar y desplazarse a gran velocidad sobre los pretiles. Siempre fue su juego. Sus sombras no reflejaban su imagen. Eran figuras proyectadas que tomaban distintas formas así engañaba a cualquier presencia animal o humana. Reía también sin ruidos ni gestos.

Su debilidad era la curiosidad entre el mundo exterior de abajo y las cuevas interiores de los hogares. Conocer las soledades grupales y humanas para contraponerlas con sus apariencias.

Le gustaban los desafíos. Buscaba reflejos en cuadros colgados de las paredes para alcanzar sus objetivos o alguna rendija detrás de alguna cortina semiabierta. Las claraboyas eran muy tontas. Por lo tanto prefería lo misterioso de las banderolas. Así fue que se llevó grandes sorpresas. Sus manos siempre cubiertas con guantes de seda negra para no dejar rastro nunca de sus huellas.

Entre movimientos vertiginosos vio un mundo ideal de fotos desdibujarse como una pintura de acuarelas bajo la tormenta.

No solo vio al reino de Opus traicionar a dios con sus juguetes placeres si no ver también amantes ocupar la cama de los amores.

No solo vio a hombres caballeros traicionar a dios con sus modales si no ver también a esos hombres tan agresivos y asesinos como el recuerdo del verdugo de Carrasco.

No solo vio a esos padres traicionar a dios en no cumplir su rol de padres si no verlos también jurar por sus niños con una moña del momento como Diego Armando.

No solo vio a esos botijas resueltos en las calles tan desencajados traicionar a dios si no luego verlos también domesticados angelicales al lado de sus papis y mamis.

No solo vio a esas ladies tan refinadas traicionar a dios en los restaurantes si no verlas también tan cerdas y cochinas cuando van al baño pero nunca tanto como sus hombres delicados y perfumados.

No solo vio a esos abuelitos tan ágiles traicionar a dios en los supermercados si no verlos también tan convalecientes en las sillas de sus hogares.

No solo vio a esas familias especiales traicionar a dios con paseos de fotos ideales si no verlos también tan tristes en los almuerzos familiares.

No solo vio al Arzobispo de Montevideo traicionar a dios con sus irresponsabilidades si no escucharlo también desinfla hasta a un elefante o un enjambre de globos aerostáticos.

Cardenal dice «cuando rezan los ricos piensan y los pobres piden». Así fue que el señor de las azoteas perdió sus pupilas y rodaron por un desagüe. Hasta que un dron lo encandiló y le preguntó:
¿Usted quién es?.
Soy el señor de las azoteas.
¿Qué hace por acá?.
Tranquilo. Acá soy feliz. En esta soledad está la verdad.
¿La verdad?.
Sí. En la hipocresía humana está la verdad.

La verdad está en el mundo de las azoteas por más tristes que parezcan y no en tus fachadas por más lindas y amables que sean.

¿Usted sabe que por seguridad no puede estar acá?.

Pero no molesto a nadie y conozco la verdad. ¿Usted conoce la verdad?. ¿Por qué no me ayuda a encontrar mis pupilas?. ¿Ves las humedades o con el aire acondicionado ya le basta?. Usted señor del dron sabe que con la seguridad también mintieron. No solo ya no se cree en dios si no que dios ya no cree en ustedes. Lo lamento.

Por Andrés Legnani  

 

 

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