Cruces entre iglesia y dictadura

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(Nota 2 de 2)

Hoy, las iglesias se siguen vaciando y la vida espiritual de cada ser es cada vez más una cuestión de cada individuo, y la disputa por quien decide, si la persona o el Estado, si el fiel o la institución eclesiástica, si el matrimonio consagrado o relaciones de pareja libres de votos y muchas más disyuntivas, permea estos tiempos. En algún momento, la Santa Madre Iglesia se planteó la situación como cursos concurrentes, y fue mucho lo que logró.

Para los 1940, el Vaticano supo comprender el vigor del cambio que abría la modernidad emergente de la II Guerra Mundial sin necesariamente predecir sus alcances, y planteó el Concilio Vaticano II (1962-65) como un parteaguas en la relación de la iglesia católica con los legos, abriendo la institución para que no quedar fuera del nuevo mundo. Lo hizo mediante, fundamentalmente, el desarrollo de la fe, la renovación moral de la vida cristiana y adaptar al tiempo formas y maneras eclesiales.

Al hacerlo, puso a la institución en contacto con una civilidad acuñada en la cultura cristiana y con demandas de igualdad social e insatisfacciones profundas, brindándole a esos reclamos dispersos y de variables decibeles la vértebra de la ideología que es la fe, y el poderoso argumento de la razón histórica fundamentada en el fondo de los tiempos, donde se situaba  el origen del cristianismo.

Fue un choque fuerte, intenso, y sus remezones  pueden sentirse más de medio siglo después. Explicitar lo antedicho se propone para enmarcar la segunda y última parte de la entrevista sobre Iglesia y Dictadura hecha a Nicolás Iglesias, y publicada en https://www.laondadigital.com.uy/archivos/73179.

“La principal preocupación de los sectores de la iglesia opuestos al Concilio Vaticano II era que favorece la infiltración comunista en la Iglesia, tal como para otros grupos conservadores era la infiltración comunista en la educación o en los medios de comunicación”, afirmó Nicolás Iglesias.

En cambio, la idea de un regreso de la Iglesia Católica al Estado, como era la situación en Uruguay hasta la reforma constitucional de 1919, no estaba siquiera planteada. “No la había siquiera en los sectores conservadores de la época, que eran liberales. La excepción podía ser Juan María Bordaberry, que era carlista y profundamente antidemocrático”.

“Había, sí, una añoranza melancólica de la cristiandad, similar a la que hoy puede expresar en sala el senador Guillermo Domenech, plenamente consciente de la imposibilidad de llevarla a cabo.”

En contraposición, había una amplia diversidad de experiencias en las bases y en las parroquias.”La teología de la liberación permeó dentro y fuera de la Iglesia, trasponiendo sus muros institucionales: en el movimiento sindical, en el estudiantil, en los sectores medios bienpensantes. Había un sector de las iglesias, de las bases, de los barrios donde esta cuestión del mundo nuevo, de la utopía y el cambio social, tenía una gran mística. Y por otro lado había un sector importante del cristianismo católico y evangélico que tenía un gran miedo. Su discurso era el del caos moral, de que es necesaria la autoridad y el autoritarismo para ponerle coto, del riesgo en que están los valores tradicionales, de que es bueno que los militares pongan orden”.

“Esas ideas autoritarias. que lo militar da seguridad y orden y que el orden se vincula con la idea de Dios, estaban también en la sociedad uruguaya y en las iglesias uruguayas. Creo yo que convivían incluso adentro de una misma congregación, incluso por ejemplo del campo que podríamos decir progresista, como la Iglesia Valdense, la Iglesia Metodista, Siempre fue clara la presencia de Roger Geymonat, Javier Pioli y otros historiadores vinculados a un movimiento juvenil muy entusiasmado, muy promotor de cambio sociales. Y también había un sector adulto, y quizás vinculado con cierto nivel económico, que veía con mucha sospecha y mucho miedo cualquier idea de cambio adentro de la iglesia y de cambio en la sociedad en general”.

Es claro que la iglesia reflejaba dilemas y posturas de la propia sociedad en la que está. “Las iglesias, tomadas en general, no son movimientos homogéneos. Puede haber grupos muy encuadrados dentro de una y otra ala, pero después hay una buena parte de los sectores que pueden oscilar entre ideas sociales y miedos morales. Claramente, las iglesias reflejaban en términos generales a la sociedad uruguaya, en tanto las iglesias no pueden pensarse fuera de las culturas y las sociedades”.

“Las iglesias uruguayas son uruguayas. En tanto están en una sociedad laica, son muy respetuosas de la democracia; mucho más que en otros paises. Las iglesias están en la cultura, construyen la cultura y reciben la cultura. Dialogan, pues no están apartadas de la realidad cultural. Y por eso, esa polarización y radicalización que hubo en la sociedad uruguaya, las iglesias también la vivieron.”

“Eso sucedió particularmente en el contexto de la Guerra Fría, donde por un lado se dio un discurso muy pro norteamericano, que en muchos sectores evangélicos entró con mucha fuerza porque la influencia norteamericana en iglesias evangélicas es muy grande. Esto, por los misioneros y porque la cultura protestante está muy vinculada a lo anglosajón; por lo menos la cultura protestante de esa época era muy pro anglosajona, y por otro lado el comunismo visto, interpretado como lo que es soviético, tenía una propaganda muy atea.”

“Esa visión dicotómica de Estados Unidos defensor de la libertad y de Dios, y lo que es soviético como totalitario y ateo, era un discurso que estaba muy presente en las iglesias evangélicas y católicas. Era aquella una visión del mundo muy asimilable para los cristianos, y lo sigue siendo hoy. En Brasil, por ejemplo, a Lula le plantea un desafío político fuerte. Se quiso acercar al mundo evangélico para disminuir esa potencia que tenía Bolsonaro en el campo evangélico, y se encontró con que el miedo al demonio rojo, al comunismo e incluso al pietismo, que está obviamente bastante lejos de lo que era el Unión Soviética, igual sigue estando en la subjetividad política evangélica. Esa  esa cosa de que el comunismo es ateo y el materialismo marxista es ateo, es algo que permea mucho.”

Pese a las condiciones y fuerzas adversas, Nicolás Iglesias valora que haya habido “una postura de la Iglesia católica y de las iglesias protestantes del campo ecuménico mayoritariamente crítica de la dictadura, y mayoritariamente solidaria con los perseguidos políticos, solidarios con las familias de ls personas que estaban en la cárcel, y de dar refugio ante la necesidad; espacios de la participación de cultural, social, sindical, política que estaban vedadas a nivel partidario y a nivel de un montón de actores que no tenían permitido organizarse ni reunirse. Las iglesias también estaban controladas por los servicios de inteligencia, pero asímismo había ciertos niveles de garantías”.

“En general, las iglesias tienen un papel protagónico; primero, en la crítica a la violencia de Bordaberry entre el 71 y el 73, referida a los abusos, violencias y torturas y en los primeras actos autoritarios del gobierno. Y después, durante la dictadura, viabiliza denuncias en asociación con las iglesias en el exterior: las iglesias locales tenían mucho menos poder para decir su palabra, pero hay un rol en ese sentido de las iglesias del exterior que visitan a Uruguay: por ejemplo, el Consejo Mundial de Iglesias, y las conferencias de obispos de Estados Unidos o de Europa que venían a Uruguay junto con Amnistía Internacional y otros a ver los estados de las cárceles. Venían a denunciar la violación de Derechos Humanos y hacían lobby, por ejemplo para que Estados Unidos dejara de vender armas a la dictadura uruguaya. Pasan pasan muchas cosas que son a nivel internacional y capaz que en Uruguay no nos enteramos; muchos no se enteraron en esa época, pero está documentado que las iglesias jugaron y juegan un papel muy importante.”

La dictadura no procuró la simpatía de las iglesias “pero sí  de controlar a las que le parecía subversivas”. Una muestra de esto es su grueso libro Las Fuerzas Armadas al Pueblo Oriental, “con todo un capitulo dedicado a todos los grupos religiosos. Los detalla con nombre, apellido y montos y movimientos de dinero, y vínculos a todos los grupos eclesiales y ecuménicos”.

“La dictadura logró atemorizar bastante, sí; logró generar una situación de desconfianza y miedo, logró hacer desaparecer y desarmar a grupos completos de jóvenes. El Estado uruguayo hizo terrorismo sobre las iglesias, y especialmente algunas sufrieron muchísimo la violencia del Estado, principalmente la Iglesia metodista central como ícono”. La biblia era un texto prohibido en la cárcel, y en su libro ¿De qué lado está Cristo?,  del que Iglesias es coautor, se ennumeran casos de represión, vejámenes, torturas y cárcel a religiosos por parte de la dictadura uruguaya, y se cita un trabajo en el que se afirma que entre 1964 y 1978, con las dictaduras de la región a años de ceder el gobierno, más de 850 religiosos de América Latina habían sido ya víctimas de la represión.

El 14 de abril de 1972, el MLN Tupamaros copa la Iglesia Metodista Central, y desde allí asesina al entonces subsecretario de Interior, Armando Acosta y Lara, a quien sindica como jefe de los escuadrones de la muerte, o “comando caza tupamaros”. En represalia, una bomba detona en la puerta de la iglesia, y a partir de allí, la iglesia pierde simpatía popular. 

“Era gente que no tenía un compromiso muy, muy claro con las causas sociales, o tenía  miedo. Le dio mucho miedo a la gente. A los jóvenes les daba miedo ir al grupo de jóvenes en esa Iglesia, que podía ser antesala del comunismo, del socialismo, de la izquierda. Ya no era solo el control de inteligencia de los sermones e interrogatorios de  pastores presos, sino que había espacios que la violencia volvió difíciles de habitar.  Otro lugar de mucha resistencia y mucho control sobre la iglesia católica fueron Conventuales y SERPAJ y a esto se agregan “muchos grupos culturales, sociales, vinculados a las iglesias que estaban controlados, los periódicos censurados, la radio, los programas levantados”.

A eso, Iglesias agrega “el martirio de gente cristiana asesinada o perseguida por la dictadura que fueran reprimidos o perseguidos en su calidad de militantes sociales. Y llegaron a esa militancia social por su fe cristiana. Nuestra cultura laica no nos deja a veces visibilizar o entender la dimensión religiosa;  lo vemos solo como militantes políticos, a veces en la escuela se enseña que Martin Luther King era un activista por los derechos humanos y no se dice que es pastor, lo que invisibiliza la dimensión religiosa de las causas”,

La dictadura no le dobló el cuello a las iglesias. “ Cuando termina la dictadura, la teología de la liberación todavía tiene referentes y activismos, pero tal como dice el pastor metodista Óscar Bolioli, indujeron miedo e impusieron mecanismos de control, desmantelamiento y desarticulación de montón de espacios eclesiales progresistas. Algo que empezó incluso antes de la dictadura. Los servicios de inteligencia empiezan a controlar a  pastores y teólogos en el año 1963 por miedo al comunismo soviético. Es que ya en esa época pastores como Julio Santana y Emilio Castro iban a espacios de diálogo con los cristianos que vivían en países socialistas. A la vuelta,  contaban si era posible ser cristianos en un país soviético, que era una de las cosas que se decía”. Tampoco era tan fácil ser cristiano practicante en los países del bloque socialista”.

“Pero ya a mediados de los 60, los servicios de inteligencia controlaban a Julio Santana, Hiber Conteris, Emilio Castro y Carlos Partelli, muchísimo antes de la dictadura. Yo pienso que por más que las ideas no desaparecieran, el daño de la dictadura sobre la estructura y sobre la membrecía de algunas iglesias fue gigante. Y eso genera que cuando se volvió a la democracia, esa participación sociopolítica se traslada a otros espacios laicos, ONG´s o partidos políticos. Sí, en mi balance la dictadura generó una violencia sobre algunas instituciones cristianas muy importantes que en otros países serian hasta objeto de reparación histórica del Estado.”

Foto Portada; Pastor Emilio Castro 

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