El racismo, la violencia de las mafias, el poder del dinero, la vida, la muerte y el terror sobrenatural son las seis potentes vertientes temáticas que aborda “Pecadores”, la película del realizador Ryan Coogler, que sorprendentemente obtuvo nada menos que 16 nominaciones a los premios Oscar, superando a las laureadas “Titanic” y “La La Land: ciudad de sueños”, que en su momento aspiraron a 15 estatuillas. Fue, sin lugar a dudas, el hecho más impactante del acto de proclamación de las nominaciones a los preciados galardones que otorga Hollywood, que siempre puede deparar algo inesperado y fuera de los pronósticos previos.
¿Por qué sorprendió que este film se alzara con esa cantidad de nominaciones? Porque, más allá de algunas plausibles virtudes, no parece a priori tener cualidades como para ser tan valorado y, por ende, haberse posicionado como uno de las favoritos para adjudicarse los premios más importantes
de la gala prevista para el 15 de marzo. En efecto, superó, por lo menos en esta primera instancia, a propuestas potentes como “Una batalla tras otra” y “Hamnet”, que son dos títulos en nuestra opinión muy superiores, más allá de sus obvias singularidades.
Tal vez lo que más atrajo a la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood sea su combinación de estilos, que transforma a esta película en una propuesta de vasto espectro y capaz de conquistar el favor de variopintas audiencias.
Otro factor que puso haber incidido es que se trata de un relato interpretado casi exclusivamente por personajes y actores negros, lo que, a priori, al margen de eventuales lecturas políticas, constituye un desafío al poder, en momentos que Estados Unidos está gobernado por un presidente racista y que se ha dedicado a perseguir salvajemente a los inmigrantes, que, al igual que los negros, son odiados por los fascistas supremacistas que constituyen la más importante base de apoyo de un presidente que, además de detentar el poder político, también detenta el poder económico.
¿Por qué la película se llama “Pecadores”, un adjetivo más asociado a la religión que a la cultura laica? Porque para los blancos racistas, ser negro es casi un pecado y lo era más aún en la década del treinta, época en la cual está ambientada la película.

También se consideraba o se considera un pecado que los negros dancen al ritmo del blues, porque existe un mito en relación a este género musical, debido a sus orígenes afro eminentemente espirituales, ya que se le considera en conflicto con los valores cristianos. Incluso, nace desde el sufrimiento de los esclavos que laboraban en condiciones infrahumanas en las plantaciones de algodón. En ese contexto, se baila y se canta para apagar el padecimiento y para desafiar al statu quo de los blancos.
Sin embargo, hay por lo menos dos razones más para que esta película se llame “Pecadores”. Los pecadores de marras serían los blancos que segregan a los negros y conculcan su libertad y aquellos que transgreden las leyes naturales aboliendo la muerte.
El nombre de este largometraje también puede estar vinculado a la condición de delincuentes de sus dos protagonistas, quienes se hacen ricos con su participación en negocios sucios impregnados de violencia, aunque, a comienzos de la década del treinta, con la vigencia de la Ley Seca, se consideraba delito la producción y la venta de alcohol, lo cual ya no es así.
Por supuesto, si a estas referencias le adosamos que en esta película hay vampiros chupasangres, allí estaría el verdadero pecado, de criaturas infernales que desafían a Dios. Por supuesto, los vampiros no existen y son seres míticos, más allá de que Drácula, el vampiro más famoso de la literatura y el cine se inspira en un personaje real: el príncipe Vlad Tepes III, quien pasó a la historia como El Empalador, porque solía empalar a sus víctimas. Es considerado héroe nacional rumano.
Todos estos ingredientes han transformado a “Pecadores” en un suceso, a lo cual se suma que fue uno de los films más taquilleras del año 2025, con recaudaciones que superaron largamente los 300 millones de dólares. Por supuesto, muchos de quienes acudieron a ver este largometraje son fans del cine de terror clase B, un subgénero considerado de baja categoría. Empero, esta película tiene algunas cosas más para aportar.
Cuando visioné este film por primera vez, me vino a la memoria inmediatamente “Del crepúsculo al amanecer”, una película que tiene la virtud de ser dirigida por dos cineastas famosos –Quentin Tarantino y Robert Rodríguez – y que contiene dos relatos radicalmente diferentes. En efecto, en la primera parte es un policial de buena factura cinematográfica. Empero, en la segunda mitad, sorpresivamente, devine en cine de terror de la peor clase B, con algunos guiños humorísticos. Es muy probable que parte del público se haya retirado de la sala bastante antes del final, porque se sintió realmente defraudado, por una propuesta que incluye en su reparto a figuras señeras del cine como George Clooney –en el auge de su carrera- y Harvey Keitel e incluso al propio Tarantino, que despunta el vicio encarnado a un delincuente bastante torpe. En este caso, sucede algo similar, aunque, salvo la analogía mencionada precedentemente, no existe casi ningún punto de contacto entre ambas propuestas artísticas.

Esta película está ambientada en el Delta de Mississippi, lugar considerado como la cuna del blues y, por supuesto, está casi íntegramente protagonizada por negros. Allí, por entonces seguía operando el Ku Klux Klan, una organización racista nacida en el siglo XIX, que en el pasado asoló a la población negra, como reacción a la derrota sureña en la Guerra de Secesión y a la abolición de la esclavitud. Aunque se suele afirmar que ya no existe, en las manifestaciones en apoyo al actual presidente Donald Trump y particularmente en el asalto al Capitolio de 2021, se pudieron observar algunos emblemas de estos racistas supremacistas, así como la bandera de los confederados, que fueron derrotados por los norteños en la guerra civil.
Es decir, aunque el tiempo ha transcurrido e incluso Estados Unidos llegó a elegir en dos oportunidades a un presidente de etnia negra como Barak Obama, el tema del racismo no está saldado en la potencia del Norte y, obviamente, en la década del treinta, conservaba toda su virulencia.
Este film tiene una primera parte impregnada de tinte social, que se concentra en los 45 minutos iniciales. En este tramo, los protagonistas casi exclusivos son los gemelos Smoke y Stack, ambos encarnados por Michael B. Jordan, quienes regresan desde Chicago a su Mississippi natal, transformados en dos personas ricas, gracias al dinero obtenido en delitos y negocios sucios. En ese contexto, como aspiran a dejar atrás sus vidas de delincuentes, abren una cantina, donde se servirá abundante licor amenizado con blues interpretado naturalmente por músicos negros. La idea, además de crecer económicamente y otorgarle al pueblo un sitio de esparcimiento, es disputarle el territorio a los supremacistas blancos del Klan, que siguen imperando mediante el terror en esa comarca. Aquí se plantea el primer escenario de confrontación, que tiene como protagonistas a dos negros ricos que pretenden terminar con el poder de la etnia blanca, en una dicotomía que, alimentada por el odio, siempre terminó en violencia.
El otro personaje que entra en escena, que también es de color, es Sammy (encarnado por el cantante Miles Caton), un sobrino de los mellizos que canta y toca blues con su guitarra. Se trata del hijo de un predicador, quien censura a su vástago por su afición a una música que considera una mala influencia.

No en vano, el film comienza con una escena removedora, cuando el joven, visiblemente herido y aterrorizado, irrumpe en la iglesia en la cual su padre está oficiando misa. Nadie sabe qué le pasó, porque el chico está virtualmente congelado de miedo. El devenir del relato, que retrocede en el tiempo, le permitirá entender al espectador y descubrir una verdad realmente estremecedora, que pone los pelos de punta.
Luego que los hermanos mellizos se imponen, compran el local y desalojan a un prepotente blanco, que evidentemente es un líder del temido Klan, la historia deviene en una suerte de jolgorio, con Delta Slim (Deroy Lindo) como gran estrella de la noche, ya que toca el piano y, a puro blues, ameniza la noche. Obviamente, abunda el licor, el baile, hermosas mujeres y hasta el sexo, en una suerte de bacanal que transforma a la mayoritaria comunidad negra en protagonista excluyente del lugar.

Tras un comienzo que pinta un paisaje costumbrista y que mixtura el thriller con la comedia, el film ingresa en un territorio que hasta ese momento era absolutamente insospechado, por la irrupción de un grupo de vampiros liderados por un blanco, que, aunque pueda parecer insólito, también son músicos. Tal vez esta sea la mayor novedad de este film, que incluye a chupasangres con talento y gusto musical, lo cual no reduce, en modo alguno, el impacto provocado por estos monstruos que se alimentan de hemoglobina, cuya presencia en la pantalla ancha se remonta a los albores del cine. En efecto, concretamente el primer vampiro cinematográfico irrumpió en “La mansión del diablo” (1896), del precursor George Mélie. Empero, la obra cumbre y fundacional del género es “Nosferatu” (1922), que hizo historia en el cine mudo y fue referente para decenas de películas posteriores de Drácula, que adaptaron, de un modo y otro, la célebre novela del escritor irlandés Bram Stoker.
Esta película, que tiene una cuidada reconstrucción de época, mixtura a la vez varios géneros: el policial, el musical, el drama y el cine terrorífico, en una progresión de va escalando tensión, desde un comienzo violento, pasando por una meseta donde prevalece la armonía y el jolgorio, hasta un final a tambor batiente, en el cual abundan la sangre, los colmillos bien afilados, los cuellos mordidos y los cuerpos atravesados por puntiagudas estacas, además de amaneceres que disipan peligros, en el entendido que el Diablo representaría a la oscuridad y la luz al Dios cristiano.
Sin embargo, el cristianismo y concretamente el catolicismo no siempre representó la luz. También representó la oscuridad en la época de los verdugos de la Gran Inquisición, quienes enviaron a la hoguera a miles de presuntos “infieles”. Incluso, el propio Ku Klux Klan, aunque es protestante, y es una organización racista, comulga con el cristianismo. Además, en el momento de asumir, algunos presidentes estadounidenses juran sobre la Biblia, como el criminal Donald Trump, quien juró sobre dos biblias.
Aunque es una historia algo despareja y, por momentos, hasta errática, esta película plantea más de un tema para la reflexión, que excede largamente a su sorpresiva mutación en una propuesta de terror gótico. En efecto, la eterna lucha entre el bien y el mal adquiere ribetes políticos, porque el líder de los vampiros es blanco y, en este caso, las víctimas serían los negros, como lo fueron en la aberrante época de la esclavitud.

Si bien no hay certeza que esa sea la intención del realizador, es claro que la confrontación entre etnias y entre el esclavista y el esclavo y la segregación ética siguen siendo un traumático problema en la sociedad norteamericana.
Otros elementos revulsivos son la religión y la música, por más que en este film haya negros cristianos, como el padre de uno de los protagonistas, y los blancos supremacistas también adhieran a esa corriente religiosa, devenida, en este caso, en una suerte de vampirismo contranatura.
En el relato, la música, que es una protagonista más porque recorre virtualmente todo el metraje, puede ser una suerte de anticuerpo contra la expoliación de la esclavitud, ya que el blues nació en los campos de algodón del Delta del Mississippi, o contra el horror que imponen los esclavistas supremacistas, que aun existen en la contradictoria potencia del Norte, blanca, occidental y cristiana.
Aunque no hay discursos ideológicos y la película deriva en su segunda mitad en un mero film de terror como otros tantos exponentes de este exitoso subgénero, es evidente que la disputa racial está presente no en su expresión subliminal sido explícita.

Incluso, en una lectura tal vez más fina, podríamos también intuir un paralelismo entre los negros arrancados compulsivamente de las entrañas de África y, por ende condenados al sufrimiento, y los propios vampiros que, por su condición de inmortales, también están condenados a seguir padeciendo, sin ninguna posibilidad de descansar en paz.
“Pecadores” es un film realmente original, porque tiene la virtud de reunir a un amplio espectro de espectadores, en la medida que transita, en forma simultánea, a través del territorio del drama, del policial, del cine de terror y hasta del musical, porque el blues marca permanentemente los tiempos narrativos. Si bien no justifica tantas nominaciones al Oscar, es igualmente una propuesta bastante interesante, en la medida que reflexiona sobre temas tan cruciales como la violencia y el odio racial, que aun hoy, en pleno tercer milenio, siguen contaminando a algunas sociedades del planeta.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Pecadores (Sinners) Estados Unidos 2025. Guión y dirección: Ryan Coogler. Fotografía: Autumn Durald Arkapaw. Edición: Michael P. Shawver. Música: Ryan Coogler.
Reparto: Michael P. Jordan, Miles Caton, Jack O’Connell, Deroy Lindo, Hailee Steinfeld, Wunmi Mosaku, Jayme Lawson y Li Jun Li.
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