Dino Buzzati (1906-1972) fue un escritor italiano, que insistía en considerarse un periodista que escribía y no un literato. En 1940 produjo un relato titulado El desierto de los tártaros por el que es recordado entre los grandes. En 1976, Valerio Zurlini (1926-1982), uno de los buenos directores de la época de oro del cine italiano, dirigió una película con el título y el guión tomado del libro de Buzzati.
El filme reunió uno de los elencos más extraordinarios de la cinematografía de todos los tiempos. Miren si no: Vittorio Gassman, Giuliano Gemma, Philip Noiret, Francisco Rabal, Fernando Rey, Jean-Louis Trintignant, Max von Sydow y me faltan varios grandes actores más. También es película de culto (junto con El jardín de los Finzi-Contini y Crónicas familiares, también dirigidas por Zurlini).
El argumento en pocas palabras: el protagonista es un joven militar que resulta destacado en un fuerte fronterizo, ante el llamado desierto de los tártaros, en un país innominado y en un lugar extraordinariamente aislado donde se espera una invasión de un enemigo desconocido que nunca aparece.
El desierto es un símbolo del vacío y de lo inalcanzable y las potentes claves simbólicas de la película pueden resumirse en la espera interminable y la frustración por las expectativas que nunca se cumplen.
También se ha dicho que el argumento del libro y la película es un poema sobre la espera, la vida desperdiciada, la resignación ante la rutina y la confrontación con la muerte. Por todo esto es natural que Jorge Luis Borges haya prologado la primera traducción al español de El desierto de los tártaros.
La obra ha tenido secuelas aún más jugadas, como Esperando a los bárbaros, escrita por el sudafricano John Maxwell Coetzee en 1980, que
es uno de los más lúcidos cuestionamientos del imperialismo, el racismo y los regímenes de apartheid.
Sin embargo, en ámbitos de la política y sobre todo del funcionamiento de la justicia en el Uruguay, el argumento de la espera interminable, de los movimientos desconocidos y de la ominosa resignación ante la rutina del “no pasa nada”, es mucho más sensible que el reflejo de las obras literarias, cinematográficas o teatrales.
Las demoras inexplicables e inocultables de procesos donde pervertidos, pedófilos, abusadores, torturadores, asesinos, ladrones, estafadores flotan en el limbo de procesos interminables; donde se barajan los fiscales para poner a dormir causas que tienen que ver con algunos de los escándalos más grandes de todos los tiempos (contratación directa de Cardama un astillero insolvente y fradudulento que nunca pensó en construir nada; otorgamiento de pasaporte al narcotraficante Marset a sabiendas de su peligrosidad con destrucción de documentos y mentira organizada al Parlamento); donde se dilatan denuncias de negociados y descalabros como el inducido para Casa de Galicia, los préstamos exprés que se otorgaron, las compras de servicios con “tarifa plana” para el Círculo Católico beneficiario del descalabro gallego (es decir servicios que se pagan si se usan o si no se usan); las enormes deudas impagas por la administración herrerista y la firma de contratos de último momento antes de abandonar el gobierno; donde se compraron chatarras voladoras o muy poco voladoras (los C-130 para desguace), vehículos que no sirven y lanchas inflables que nunca flotaron, a precios enormes; donde los numerosos cómplices y operadores de las gigantescas estafas de los llamados fondos ganaderos siguen tan campantes sin haber sido siquiera citados y una de las principales encausadas se mantiene en prisión domiciliaria en un coqueto apartamento en Punta del Este (con dos mil dólares mensuales de gastos comunes que salen del dinero que podría resarcir a los estafados); con catorce torturadores, asesinos y ladrones prófugos de la justicia uruguaya que cobran sus jugosas jubilaciones y pensiones en el extranjero; altos jerarcas del Servicio de Retiros y Pensiones de las F.F.A.A. denunciados por fraude, desacato y encubrimiento por autorizar los pagos a los criminales prófugos; los pedófilos y abusadores
responsables de tramas de espionaje y presiones contra testigos, presos en cárceles VIP en procesos interminables pero esperando una próxima liberación; denuncias por violaciones por presas políticas durante la dictadura que permanecen en el limbo; la cónsul que emitió una fe de vida para que un delincuente prófugo siga cobrando su jubilación, que debe estar sometida a una investigación administrativa interminable cuando debería haber sido llamada de retorno al país mientras la misma se sustancia; la adopción exprés de un niño por un oscuro y poderoso empresario italiano y su pareja con antecedentes por proxenetismo en Italia; los ex-presidentes de la Junta Departamental de Maldonado acusados de múltiples delitos que siguen en libertad; los intendentes municipales de Soriano, de Cerro Largo, de Tacuarembó y otros, denunciados por delitos con sobreseimientos sospechosos, persecución a fiscales y otros enredos.
¿Estamos ante el desierto de los tártaros o esperando a los bárbaros? Es una espera interminable, llena de tecnicismos, de ocultamientos, de grandes operativos de blindaje mediático, de coimas y de chanchullos de los que no se conoce sino una sombra difusa o esfumada. ¿Es parte de una enfermedad que carcome la democracia, agota la paciencia y alimenta las peores sospechas, la resignación extrema o la indignación profunda?
Por Lic. Fernando Britos V
Foto portada: Dino Buzzati
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