La política, el ejercicio del poder, la ambición, el amor, los secretos, la desconfianza y las creencias más arraigadas son los siete pilares que sustentan “La gracia: la belleza de la duda”, el aclamado opus del talentoso realizador italiano Paolo Sorrentino, que elabora una intensa poética del desencanto no exenta de esperanza y hasta de dilemas existenciales, que navega entre el drama y la comedia, al mejor estilo del emblemático neorrealismo italiano.
Esta es la nueva película del talentoso director italiano quien, en 2013, impactó y subyugó a las audiencias con “La gran belleza”, una película que destaca por la superlativa belleza de sus imágenes pero también por la profundidad de sus
planteos sociales, políticos y si se quiere hasta psicológicos.
Seguramente, Sorrentino tiene muy claro que resulta muy complejo superar el esplendor y la calidad artística de este film sin dudas singular, que retrata a una Roma entre brillante y decadente, por su pasada historia de grandeza y por su presente ambiguo y contradictorio.
Esa suerte de caleidoscopio social se expresa en las fastuosas fiestas de los burgueses aburridos de sus ociosas rutinas y hasta en los recorridos nocturnos por la Ciudad Eterna, que bajo la lente del cineasta mutan en auténticas aventuras de alegórica fantasía.
Obviamente, el relato no soslaya una vitriólica crítica a ese submundo de ricachones que desperdician cotidianamente sus vidas sin hacer nada productivo, mientras sueñan con comprar prestigio aunque carezcan de talentos, porque les sobra dinero.
Naturalmente, en esta película sin dudas formidable por su discurso y por su acendrada formulación estética plena de excesos estilísticos y de desmesurados barroquismos, no falta un demoledor discurso contra la religión, que anestesia las conciencias y se apropia de la lealtad de sus fieles a cambio de promesas que nunca se cumplen. En ese contexto, no faltan referencias casi nada subliminales a “La doce vita” (1960), un verdadero clásico del cine de todos los tiempos, que incursiona en el período simbolista del venerable y venerado maestro Federico Fellini, uno de los grandes cultores del neorrealismo italiano.
En 2024, Sorrentino nos entregó la deliciosa “Parthenope: los amores de Nápoles”, cuya protagonista es una mujer radicalmente libre que le rinde culto al amor, a la sensualidad y a la sexualidad, como si se tratara de la diosa griega Afrodita, impresa sobre una suerte de lienzo en el paisaje sobrecogedor de una de las ciudades más hermosas de Italia, que otrora fue una floreciente polis de la denominada Magna Grecia y está recostada a la Costa Amalfitana, entre el Mar Tirreno y el Mar Mediterráneo.

Esa circunstancia le otorga a Nápoles una belleza inusual, a lo cual se suma el esplendor de su centro histórico. No en vano, esta urbe inigualable ha sido reconocida por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, por sus monumentos, que representan como pocos la cultura europea y mediterránea. Sobre el particular, es pertinente valorar el rol de Nápoles como cuna de la cultura italiana, incluyendo la literatura, el teatro, la música y la cocina.
Aunque naturalmente la ciudad es la verdadera protagonista de este trabajo cinematográfico, debe competir con la belleza precisamente de Parthenope (magistral Celeste Dalla Porta), una joven que representa la seducción en estado químicamente puro de la feminidad condensada en erotismo, como la también mitológica sirena de la cual toma su nombre.
La historia, que se desarrolla durante casi siete décadas, cobra singular relevancia cuando la joven emerge del mar como si se tratara de la propia Afrodita. Es, sin dudas, un ser humano de características casi oníricas, que subyuga a los hombres no sólo por su impresionante belleza física, sino también por su carisma y su irresistible magnetismo. No en vano, todos los especímenes del sexo masculino caen a sus pies, la desean y hasta la idealizan, pero la aman más por su apariencia que por otras cualidades, como si se tratara de una muñeca de lujo.
Si bien este film no impactó a las audiencias como “La grande belleza” y “Fue la mano de Dios” (2021), igualmente ratificó el talento de este cineasta mayor para retratar personajes y escenografías de singular esplendor y alto valor simbólico.
Sin embargo, “La gracia: la belleza de la duda” marca otro hito en la carrera del conceptuoso autor, quien en este caso redescubre los secretos del poder ya revelados en “El divo”, un film de denuncia sobre las conexiones del ex primer ministro italiano Giulio Andreotti con la mafia, y “Silvio (y los otros), de 2018, que indaga sobre las acusaciones de corrupción que enfrentó el magnate y político derechista Silvio Berlusconi.
Por ende, es claro que Sorrentino tiene una singular predilección por el cine político. Sin embargo, a diferencia de los dos títulos antes mencionados, en este caso el protagonista es un gobernante de ficción, que funge nada menos que como presidente de la república italiana. Al respecto, es menester aclarar que, a diferencia de lo que sucede en nuestro país, en Italia el presidente, cuya gestión se extiende durante siete años, es electo por votación indirecta por el parlamento, mientras el primer ministro, que es el verdadero jefe de gobierno, es elegido en las urnas mediante el mecanismo del sufragio universal.

Sin embargo, tiene iniciativa sobre leyes en torno a algunos temas social y políticamente sensibles e incluso detenta la facultad de otorgar indultos a condenados por diversos delitos, incluyendo hasta el homicidio. Esa situación lo puede ubicar fácilmente en el ojo de la tormenta de la opinión pública y, por ende, en situaciones sumamente incómodas, en un país en el cual la ética de los gobernantes ha sido puesta recurrentemente en tela de juicio, como en el caso de Giulio Andreotti y Silvio Berlusconi.
El protagonista de esta historia de ficción es Mariano De Santis (Toni Servillo), quien interpreta a un presidente a punto de culminar su mandato, quien es muy respetado por su solvencia jurídica, ya que fue juez y es un reputado abogado, y por su probidad.
Empero, su vida afectiva ha sido truncada por su viudez y, en ese contexto, extraña cada día a su esposa como si no se resignara a su partida. Es, en definitiva, un ser humano desolado por el dolor de la pérdida, que, por su edad, está muy cerca del epílogo de su carrera política, que aspira a cerrar con idéntico nivel de aprobación y con una imagen de persona impoluta.
Empero, salvo en horas de la noche, cuando se dedica a reflexionar y a escuchar rap con auriculares en el apacible ambiente que le brinda el palacio presidencial, en horas del día está rodeado de guardias, consejeros y maestros de protocolo, que lo acosan con los cuidados y la recuerdan sus obligaciones, algunas de las cuales rechaza por ser meramente rituales.
En ese marco, su afecto más cercano es su hija abogada, Dorotea (Anna Ferzetti), quien lo asesora en los temas de agenda, pero le reprocha permanentemente que no tome decisiones, ya que este hombre muy conservador siempre tiene, como lo señala y título de la película, la belleza o bien el beneficio de la duda.
Esa actitud dubitativa lo congela y le impide tomar decisiones que son insoslayables, para cumplir con las obligaciones que le impone su alta investidura y para no dejarle una pesada herencia a su sucesor, que será elegido por el parlamento.
En esas circunstancias, los dos temas que debe resolver antes de volver al llano son la aprobación o no de una ley de eutanasia y la eventual, concesión de sendos indultos a una mujer que mató a su marido golpeador y a un hombre que asesinó a su esposa “por amor”, ya que este padecía demencia senil.
En él prevalece su fe católica, ya que pertenece al hoy desaparecido y otrora poderoso Partido Demócrata Cristiano, a lo cual se suma su formación de jurista que le limita en la aplicación del sentido común y en su capacidad de razonar con un criterio objetivo y eventualmente conmutar la pena de dos homicidas.
Una actitud igualmente vacilante tiene con su caballo que sufre una larga agonía. Sin embargo, él se resiste a que sea sacrificado, porque aplica el mismo criterio que para los humanos.
Otro tema que los perturba es la sospecha que su esposa muerta le haya sido infiel con un político muy cercano. Ese pensamiento se transforma en una suerte de pesadilla, por más que sigue amando intensamente a la mujer con la cual compartió su vida.
Se trata de un hombre muy medido en todas sus reacciones, al punto que, para no fumar demasiado, no tiene cigarrillos. Sin embargo, de tanto en tanto le pide uno a su guardaespaldas
Labaro (Orlando Cinque), mientras observa el cielo de un amanecer bien distendido.
En este film, que como otros títulos de su filmografía tiene momentos desopilantes, el cineasta se burla ácidamente del protocolo, cuando durante la visita del presidente portugués se abate un intenso temporal de lluvia y viento. Sin embargo, pese a las adversas contingencias climáticas, se mantiene intacta la ritualización. En efecto, ni el anfitrión ni su comitiva ni la guardia de honor de mueven, pese a que el mandatario extranjero queda empapado y hasta se resbala en la alfombra húmeda.
Otra escena regocijante más que por su humor por su valor simbólico, es la concurrencia del mandatario a una cena de
de veteranos de la infantería de montaña italiana los Alpini, una suerte de militares fanáticos que entonan himnos patrioteros. Por supuesto, el tímido presidente se desprende de su timidez y canta junto a sus anfitriones.
Lo mismo sucede con las otras actividades baladíes que están en agenda, aunque al protagonista le otorguen la posibilidad de reencontrarse con Coco Valori (Milvia Marigliano), una ex compañera de estudios y amiga de toda la vida. Se trata de un personaje femenino algo excéntrico muy similar a los de “La gran belleza” y a los de las películas de maestro Federico Fellini. Esta mujer alberga un secreto que juró no revelar, pero que inquieta al protagonista, ya que está ligado a la sospechada infidelidad de su esposa fallecida.
Este último tramo de un mandato que ha limitado su libertad, se transforma para el pusilánime presidente en una suerte de pesadilla, cuando su hija lo insta a aprobar la ley de eutanasia y a resolver en torno al eventual perdón para los dos condenados. Estos temas tensan el vínculo entre el presidente y la mujer, que está ya muy hastiada de cuidar a su padre y aspira a vivir su vida privada sin las ataduras que le imponen su rol de asesora del mandatario.
En ese contexto, abundan los debates de naturaleza ética entre padre e hija. Estas discusiones que enfatizan en los dilemas morales del protagonista, incluye también al Papa, que deliberadamente es negro y bastante más liberal.
Desde el comienzo del relato, todo es deleite, tanto para los sentidos por la acendrada fotografía de exteriores y de interiores, como por los cuadros dramáticos, que en casi ningún momento están exentos de un humor bien sardónico.
Como en películas precedentes, Paolo Sorrentino se mofa desaforadamente de la política y hasta del poder, sugiriendo que, en algunos casos, los gobernantes son esclavos de sus rutinas y de sus obligaciones pero también de statu quo de una sociedad que, más allá de eventuales avances, sigue atesorando algunos rasgos radicalmente conservadores.
La duda a la que alude el título de esta película, es, en este caso, una suerte de privilegio, aunque, en definitiva, barra con todas las certezas y, por supuesto, con los prejuicios. Como el protagonista es un hombre contaminado por los prejuicios, siempre duda antes de tomar una decisión, lo cual lo transforma en inoperante.
Este relato desnuda también la soledad del poder, que en la paleta artística de Paolo Sorrentino se torna notoria, cuando posa el foco de su cámara sobre el presidente sólo en la inmensidad del palacio presencial. En realidad, aunque su hija está pendiente de él, es un ser humano huérfano de afectos y se siente solo y abandonado, aunque todos los días esté rodeado de una corte de funcionarios y alcahuetes de ocasión.
“La grazia: la belleza de la duda” es una película realmente entrañable, en la medida que hurga en la intimidad de un hombre con mucho poder, que, sin embargo, no es feliz porque es vulnerable y experimenta un profundo vacío existencial, entre su duelo perpetuo por el fallecimiento de su esposa y los dilemas morales que le deparan el ejercicio de su alta investidura.
Naturalmente, como en la recordada y memorable “La gran belleza”, Roma es una protagonista más del relato, tanto por el resplandor de su glorioso pasado imperial como por su presente de capital de una de las potencias económicas de Europa.
Paolo Sorrentino corrobora, una vez más, su superlativa sabiduría artística para elaborar una pequeña joyita cinematográfica, que brilla tanto por su envase como por su contenido y su capacidad para desafiar la inteligencia y la cualidad reflexiva del espectador.
Por supuesto, Toni Servillo, el actor fetiche del director italiano, vuelve a descollar en un papel que le calza perfectamente, pese a que es radicalmente diferente al del protagonista de “La gran belleza”. Obviamente, su talento, que está fuera de toda discusión por su formidable lenguaje gestual, destaca tanto en el drama como en la comedia. En este caso, su desempeño actoral es sumamente relevante para transformar a esta película en un producto destinado a paladares exigentes.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
La Gracia: La belleza de la duda (La Grazia) Italia 2025. Guión y dirección: Paolo Sorrentino. Fotografía: Daria D`Antonio, Edición: Cristiano Travaglioli. Reparto: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Massimo Venturiello, Milvia Marigliano, Giuseppe Gaiani, Linda Messerklinger y Vasco Mirandola. .
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